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Papeles del Psicólogo es una revista científico-profesional, cuyo objetivo es publicar revisiones, meta-análisis, soluciones, descubrimientos, guías, experiencias y métodos de utilidad para abordar problemas y cuestiones que surgen en la práctica profesional de cualquier área de la Psicología. Se ofrece también como foro para contrastar opiniones y fomentar el debate sobre enfoques o cuestiones que suscitan controversia.

PAPELES DEL PSICÓLOGO
  • Director: Serafín Lemos Giráldez
  • Difusión: (Noviembre 2013)
         Media de difusión: 57.900 ejemplares
  • Periodicidad: Enero-Abril | Mayo-Agosto | Septiembre-Diciembre
  • ISSN: 0214 - 7823
  • ISSN Electrónico: 1886-1415
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Papeles del Psicólogo, 1992. Vol. (54).




EL PSICÓLOGO EN ESPAÑA. IDEAS ANTE UNA POSIBLE CRISIS

HELIO CARPINTERO.

Universidad Complutense. Madrid

No es inoportuno, sino todo lo contrario, que se reflexione sobre la situación del psicólogo en el marco de la España de los 90.

Tanto en lo social como en lo científico y lo profesional, lo que ha ocurrido ha sido un desarrollo de instituciones y una enorme y colectiva voluntad de superar las circunstancias de un pasado condicionado por las coordenadas políticas surgidas de la Guerra Civil, Democracia, pluralismo, libertad, autonomías, europeización, son algunos de los logros básicos de estos años.

Han pasado veinte años desde que los primeros licenciados salieron de las aulas universitarias. Ha cambiado radicalmente el marco político, las coordenadas internacionales de nuestro país, el mapa de las fuerzas sociales en que nos hemos de mover. Y, a la par, se ha transformado de un modo decisivo el horizonte de la Psicología española. En nuestro país ha cobrado existencia la Psicología como una actividad científica y también como una profesión.

No estoy seguro de que esas dos dimensiones sean separables. Más todavía, estoy convencido de que no es conveniente separarlas. Nuestra profesión está caracterizada por orientarse a la intervención con complejos de relaciones humanas, en planos ya sociales, ya personales, para resolver problemas y hacer posible el logro de niveles superiores de adaptación y calidad de vida en individuos o grupos. Se trata de una intervención que ha de estar respaldada por una teoría, y no por el simple deseo de beneficencia, ni por la pura compasión, o la voluntad de solidaridad que empuja a colaborar y actuar en pro de los demás.

El psicólogo de nuestro tiempo es, debe ser, un técnico en la adaptación del hombre a su grupo y a su mundo, y como tal técnico debe basar su acción en un previo esquema conceptual, en un conocimiento previo de la eficacia de ciertas acciones posibles y del valor de unos determinados instrumentos para el logro de unos previsibles resultados.

Por eso, lejos de ser una actuación guiada por el mero deseo, su acción incluye un momento de conocimiento científico y de preparación técnica. En suma, la profesión del psicólogo es un saber hacer ciertas cosas concretas con su por qué y su para qué, aprovechando los recursos que hoy poseen nuestras sociedades en la última parte ya del siglo XX. La voluntad de ayuda técnica a los demás, actualizada en su modo de planteamiento y ejecución, forma el núcleo de fondo de la moral de nuestra profesión.

Y esto nos lleva al centro de nuestra situación actual.

El crecimiento de nuestro colectivo profesional ha sido descrito reiteradamente como una explosión. Hace veinte años había unos 2.000 diplomados en todo el país; dos década después ese número se ha multiplicado por diez, tal vez por veinte. Tal incremento no ha ido precedido ni preparado por la deseable creación de unos cuadros docentes en las Universidades capaces, por su abundancia y cualificación, de evitar la enseñanza masificada que ha habido que soportar. Nuestros grupos académicos también han debido crecer desordenadamente, acuciados por las exigencias del volumen estudiante siempre creciente -sólo ahora, al parecer, empieza a estabilizarse esa demanda.

Nos movemos, pues, ante un pequeño coloso, que entre todos hemos contribuido a crear, y cuyo tamaño no excluye la existencia de ciertas limitaciones. Sus dimensiones sociales están bien presentadas en el detallado estudio de Ricardo Díaz e Ismael Quintanilla, aparecido en estos Papeles, que sintetiza resultados de una excelente tesis del primero, dirigida por el segundo. Esta obra, entre otras cosas, demuestra la utilidad y aplicabilidad de los trabajos académicos que se realizan con la vista puesta en la realidad.

El estudio, completísimo en el nivel en que se sitúa, patentiza muchos de los logros y de los problemas que afectan al rol del psicólogo en nuestro país. La diversidad de niveles de ingreso, la existencia de trabajadores no cubiertos por un contrato reglamentado, los solapamientos parciales que se producen entre diversas especialidades, la significativa masa de licenciados que trabajan solo parcialmente en funciones estrictamente psicológicas, son algunos de los datos que, aunque ya conocidos, surgen con nueva precisión en el mencionado estudio. Es ésta una especialización que todavía padece un nivel de semidesarrollo profesional, al tiempo que pretende cubrir con sus diversas opciones casi la totalidad del espectro de actividad humana -la educación, el trabajo, los grupos, las alteraciones emocionales y comportamentales, la conducta en la prisión, el automóvil, el deporte, los negocios, tantas y tantas formas variadas de la vida del hombre de hoy.

El informe nos enseña mucho acerca de la posición social del psicólogo entre nosotros. (Entre paréntesis: habrá también que saber de lo que sucede con los psicólogos de Cataluña, y desde luego de los no colegiados, si queremos saber de verdad lo que ocurre en toda España, ampliando en una segunda parte deseable y necesaria que incluya lo relativo a esos otros extremos). A mí modo de ver, la consecuencia que se extrae de esos datos es simple: constituimos un grupo profesional con problemas de consolidación social y de delimitación de su rol frente a otros colectivos más o menos cercanos. Y eso da mayor urgencia a las cuestiones de índole medular de esta profesión, esto es, a las de sus componentes técnicos y científicos. Nos guste o no, lo cierto es que el psicólogo de hoy está esencialmente condicionado por la Psicología que se enseña y se hace en los departamentos universitarios donde se le forma.

Hay ciertos signos de los tiempos, en este mundo académico en el que hace ya muchos años que me muevo, que me parecen positivos. Me parece positivo, desde luego, que se aproximen los grupos profesionales a los investigadores y académicos. Varias sociedades han nacido en estos años dedicadas a campos especiales de interés para el psicólogo -evaluación, modificación de conducta, tests proyectivos, Psicología de las Organizaciones, entre otras-. Pues bien, sus congresos y reuniones cuentan normalmente con una asistencia nutrida de profesionales, y no sólo de académicos». Complementariamente, estos últimos toman parte en congresos organizados por el Colegio Oficial de Psicólogos, llevan a ellos sus trabajos, publican en las revistas del Colegio, y de este modo se multiplica la interacción entre ambos sectores, el profesional y el académico con los beneficios para ambos. La distancia que tal vez hace unos años los separaba disminuyendo, y con la proximidad ha ido creciendo el conocimiento mutuo y la comprensión.

Pero hay también signos preocupantes.

La formación masificada de nuestros licenciados aún no ha desaparecido del todo, Las posibilidades de una formación no sólo teórica, sino también técnico-práctica son limitadas. La necesidad de un centro anejo a cada Facultad de Psicología, centro de diagnóstico y de intervención que pudiera equivaler a lo que es, o ha sido, el hospital clínico para los estudiantes de Medicina o la escuela aneja para los de Magisterio, es una auténtica «asignatura pendientes de nuestra Universidad. Sin una potente y rigurosa formación práctica, nuestros estudiantes están cerca de parecerse -como también ocurre en otras licenciaturas- al «príncipe que todo lo aprendió en los libros».

Hay, además, hasta donde mi corta experiencia me enseña, demasiado poca preocupación entre nuestros profesionales por disponer de instrumentos calibrados y baremados para su aplicación a nuestra población española. A veces algunos de nuestros profesionales parecen no preocuparse demasiado de tales tecnicismos, como sí el médico o el ingeniero pudiera emplear sus aparatos sin tenerlos perfectamente controlados para las dimensiones de los casos en que los aplica. Se tiene a veces la impresión de que no se repara tanto en el cómo, en el método, cuanto en el propósito genérico que inspira la intervención del profesional, como si ésta pudiera quedar bien fundada tan sólo por el motivo que la inspira y no por el conocimiento racional que ha de conducirla en sus diversos pasos.

Finalmente, la reciente creación por el Ministerio de Educación y Ciencia de una licenciatura en Psicopedagogía, destinada a producir un especialista en el campo de la Psicología Escolar que hasta ahora interesaba al psicólogo educativo, y al pedagogo, y que sin duda no está lejos -el estudio de Díaz y Quintanilla lo muestra- del quehacer del psicólogo clínico, puede llegar a tener insospechadas consecuencias, en un campo todavía tan necesitado de consolidación como lo es el del psicólogo.

La formación de unos nuevos profesionales -los psicopedagogos del mañana- casi indistinguibles por su nombre y su rol de los psicólogos educativos de hoy, con una reducida base formativa en las disciplinas estructurales propias de la formación del psicólogo, difícilmente puede concebirse que vaya a redundar en una formación técnica y científica superior a la de los que hoy se especializan en esos temas, Desde el punto de vista de la sociedad, además, la nueva titulación casi inevitablemente vendrá a desdibujar la figura del psicólogo, a sólo veinte años de su nacimiento, y cuando está ya afectada por importantes problemas de paro, como de todos es sabido. En vez, pues, de reducir el número de nuevos profesionales, parecen nuestras autoridades académicas haber optado por el fomento de una nueva -y segunda explosión «demográfica» de graduados en el área de los temas psicológicos, sin base real en las necesidades de la sociedad, y cuando aún no se han absorbido los resultados de la primera.

No puedo dejar de ver, pues, ciertos peligros próximos y no ligeros en el entorno del psicólogo de hoy. No obstante, esas amenazas me parecen incluir, en su misma naturaleza, una posible vía de superación.

El psicólogo de hoy, en nuestra sociedad, tiene que reforzar al máximo su condición de técnico formado en una ciencia que ofrece conocimientos y métodos disecados racionalmente, justificados y comprobados, dentro de los límites que una ciencia empírica tiene siempre que aceptar. Más aún, tiene que ser un profesional dispuesto siempre a evaluar sus intervenciones, así como las de los de aquéllos que se inspiran en sabores bien diferentes, y evidenciar con ello la justificación que apoya sus programas y planes de acción.

El psicólogo de hoy, en nuestro país, se encuentra en una situación en que los problemas le fuerzan a huir sólo hacia adelante: hacia una mayor competencia, una mayor formación en su ciencia, un mejor conocimiento de sus instrumentos, de sus posibilidades y, también, de sus propios límites. Tiene que asumir el riesgo y el mérito de justificar socialmente su existencia precisamente por su saber y por sus resultados. Las horas de crisis que me parece ver delante de nosotros deberían ser, precisamente, de una crisis de perfeccionamiento y consolidación, en un contexto cada vez menos localista, y más europeo.

Una vez publicada la revista, el texto integro de todos los artículos se encuentra disponible en
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