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Junio , nº 56 , 1993 Copyright 1993 © Papeles del Psicólogo
ISSN 0214 - 7823

PATOLOGÍAS Y ACTORES EN LA TORTURA

JESÚS Mª BIURRUN MONREAL.

Profesor de Psicopatología. Facultad de Psicología Universidad del País Vasco.

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En la observación de la tortura la atención se dirige espontáneamente hacia sus actores, aún antes que hacia sus prácticas. No es éste, sin embargo, un ejercicio tan simple e inocente. La pareja formada por torturador-torturado (que de estos actores se trataba) está integrada, en realidad, por cuantos cumplen un rol, voluntario o no, activo o pasivo, atento o indiferente, en esa relación. Su clasificación más obvia los sitúa sobre dos rectas que aquí representaremos formando un ángulo e interrelaciones por/en distintos marcos.

No deja de ser la que aquí exponemos una expresión indicativa -a la vez que sumaria- de un fenómeno tan complejo. Encontraremos en ella, a partir del torturado y el torturador (Tdo, Tdor) y en orden descendente, al grupo de próximos (Gp pr) y a las autoridades jerárquicas (Aut J) que incluyen, respectivamente, a las familias, amigos, compañeros, y a los mandos militares y políticos que planifican e imparten las órdenes. Siguen el grupo de referencia (Gp R) y las autoridades competentes (Aut C), o sea, a la comunidad configurada por la clase social o la nación y a los jueces, médicos, psicólogos, entre otros. En último lugar tendremos a la sociedad en ambos casos, pero vista desde roles diferentes: el de destinataria de una versión de los efectos (Soc D) y el de consumidora de una versión dé, la realidad (Soc C). Las versiones a las que nos referimos son las elaboradas por el Emisor de poder, aunque también emiten las suyas los grupos victimizados. En consecuencia, se referirán al efecto que se desprende de la naturaleza de la transgresión que precedió a la tortura y al consumo de la realidad de hecho. En el primer caso la versión se dirigirá a un actor dinámico y le hablará del pasado y el futuro, sus modelos y propósitos, y las ominosas expectativas que penden sobre ellos. En el segundo, proporcionarán el alimento destinado a confirmar el presente. Allí creación de amedrentamiento y parálisis de la acción; aquí creación de conformidad y estabilidad. En ambos casos los mensajes estarán destinados a la emotividad y la conducta antes que al pensamiento.

Son tres los marcos considerados más significativos. El constituido por el torturado y el torturador (A1), el que involucro a los restantes autores citados (M2) y el producido, hoy día de modo dominante, por los medios de comunicación (M3) que engloba al conjunto de los actores, incluidos los medios.

Cada uno de los marcos ofrece -con desigual intensidad- tres planos de sentido principales para el estudio de la tortura. También tres enfoques o un triple valor. Son éstos: un sentido físico en cuanto ámbito espacio-temporal en suyo seno se produce la relación de tortura; un valor comunicacional y un enfoque desde el orden de la salud. De modo que quien estudie el acto de la tortura (M1) podrá atender a las condiciones espacio-temporales, al diálogo torturador-torturado o a los factores (psico) patológicos presentes. Quien se incline por el poder torturador (M2) podrá analizar la arquitectura y los rituales que actúan como sus significantes ominosos, o bien la interrelación que con ellos se mantiene, o bien la patología y los mecanismos de defensa.

Quien se ocupe del discurso de la tortura (M3) podrá dirigir su atención hacia el espacio-tiempo social. Esto requiere una explicación. Entendemos el espacio-tiempo a través de sus formalizaciones fenoménicas. He aquí algunas: la forma ideológica, respecto de la cual puede preguntarse si se trata de una ideología torturadora; la forma histórica (avatares relacionados con la tortura) o la cultural (repárese en los sistemas culturales que la incluyen como un elemento más).

El sentido o enfoque comunicacional parece claro, tratándose de los medios y su influencia. No lo está tanto. Suele entenderse como un análisis del mensaje mediático o como un estudio de efectos. La forma envolvente que atribuimos en el gráfico a este marco sugiere el valor que le otorgamos: fuente de versiones de la realidad y universo de realidades posibles (1) él mismo. Desde esta perspectiva, el medio se contempla como útero y mundo. O, si se prefiere, como escenario sobre el que se representa el espectáculo público (público hoy en día, sí) de la tortura. Un análisis que se sitúe en este enfoque nos parece particularmente oportuno.

Por fin, el sentido sanitario que en este marco se fijará, sobre todo, en la salud comunitaria. Indagará la existencia, alcance o formas de una psicopatología social de la tortura. Tarea hoy urgente que puede -y debe- afrontarse también desde criterios diferentes al del M3, aquí expuesto.

No termina la función de este gráfico en la esquematización de un grupo de conceptos. Se confía a él la misión de hacer visible la riqueza de un fenómeno que sufre de dos deformaciones: su invisibilización (2) o transparencia y la idea de que la relación de tortura es un suceso protagonizado por dos individuos.

La forma expuesta de organizar el estudio de la tortura, una más de las posibles incluye buena parte de los objetos de estudio más significativos y las preguntas más frecuentes. Permite, así mismo, replantear viejas cuestiones como la fascinación (perversa o psicopática) por la experiencia. Alienta la identificación de relaciones esclarecedoras como la que une experiencia y espacio, de la que forma parte la existente entre clausura y horror (3). Relación emparentado, a su vez, con temas tan diversos como son los trabajos de Seligman (4) sobre la indefensión o la cuestión del laberinto. O bien permiten volver la vista sobre la persona del torturador. En otras palabras, escudriñar la máquina del ejecutor de torturas. No la que aplica, sino la que ese actor es.

Nos quedaremos con este último caso. El torturador ha merecido desde antiguo más atención teórica (y material: se le protegía, se le pagaba) que el propio torturado. Incluso cuando éste comienza a ser objeto de atención clínica, el torturador le seguirá pronto a la consulta del psicoterapeuta. Las autoridades velarán por su equilibrio mental como se haría para preservar la eficacia de un instrumento necesario. Cierto que no se reconocerá en esos términos, sino como pruebas o medidas de rutina, o destinadas a mantener la moral o la operatividad de la Fuerza.

De uno u otro modo, la cuestión se planteaba en estos términos: qué le pasa al torturador. Y la respuesta se escindía en dos variantes: lo que el sujeto era (anormal, enfermo) y en lo que se transformó (un paciente). Objeto, respectivamente, de la psicopatología o la psicología social, y de la psicopatología social o la experimental. Siendo notablemente más concurrido el primer planteamiento que el segundo.

Aún menos habitual resulta la pregunta sobre el actor social. Supone el paso del cómo es el sujeto y cuáles sus condiciones laborales, al cómo es la sociedad en que se practica la tortura y sus instituciones. Qué les pasa a éstas.

No vamos a olvidar la cuestión más peligrosa por sus desarrollos epistemológico o manipulador posibles, pero también la más inquietante. Se dirige al actor naturaleza o, si queremos disposición natural, instinto, pulsión u otros. Qué le pasa a la naturaleza humana, qué puede esperarse de ella, es la pregunta. Y, del mismo modo, qué pasa en la cultura, esa segunda naturaleza en la que hoy se ven atributos propios de la primera. Qué decir de la (nuestra) civilización. No es una cuestión cerrada y si algo puede desearse en este fin de siglo es que permanezca abierta. Frustrando a un tiempo todo fatalismo y toda ilusión, y alentando una actitud inquisitiva ante realidades como la que aquí nos ocupa.

Como se ve la cuestión acerca del torturador no tiene por qué reducirse a los estrechos márgenes conocidos. A ese discurso fundado en una obsesiva proyección culpabilizadora que opera de coartada defensiva, garantiza la propia inocencia y clausura de raíz todo interés indagatorio. Renuncia al pensamiento denominamos en otro lugar a este proceso enajenador-alienador (1) que consiste en la privación-recepción de la palabra suficiente. El sujeto, guiado por una economía del deseo, renunciará al saber superfluo. (No necesariamente al conocimiento, que ya no será lúcido, sino malicioso). No (se) importunará con preguntas.

Recapitulando, hemos mencionado a tres actores conviviendo en la figura simple y sabida del torturador: el ejecutor personal, la sociedad-institución y la naturaleza/cultura. Existen otros. No es éste el lugar para su clasificación ni para el desarrollo de los citados. Nos bastará con exponer la oportunidad de una disposición analítica como la aquí propuesta con un breve desarrollo del primer actor.

Son tres los aspectos que destacaremos del ejecutor de torturas:

1. La desadaptación. El estrés generado por el sistema de la tortura en su ejecutor puede ocasionarle trastornos, sufrimientos y conducta desadaptada. Estamos en un terreno casi exclusivo de la psicopatología y de la clínica convencionales No se trata de un proceso necesario. Su aparición, forma y morbilidad dependerá de cada individuo, de sus condiciones laborales y de factores históricos y culturales. Así, podrá augurarse un aumento de la patología cuando el torturado represente, más allá de los muros del Centro, una presencia repudiadora u ominosa. Por ejemplo, cuando el medio social reconozca la tortura y rechace a su ejecutor, o cuando éste se crea en peligro físico. En consecuencia, las medidas preventivas que procurará un sistema de la tortura que se preocupe por la salud de sus miembros tenderán a la anulación de los riesgos físicos y a la legitimación social de sus operarios mediante los recursos oportunos: la desaparición de su denuncia pública, la demonización del torturado (se merece cualquier cosa) o el silencio acerca de la tortura (palabra inconveniente, no académica, sospechosa ...) entre otros.

El objeto de tales medidas preventivas es procurarle al torturador un lecho social de acogida. De ahí se desprende la necesidad de intervenir sobre la conciencia social de diversos modos. Citaremos algunos:

- Atribuir al cuerpo torturable un valor de riesgo. De forma que se active en las personas así influidas una respuesta de supervivencia: no se objeta la destrucción del cuerpo dañino.

- Atribuir a ese ser una naturaleza o condición diferente a la común. De forma que se induzca una actitud de desvinculación cognitiva y emocional: no hay identificación posible con el extraño y si desinterés y desafección por su destino.

- Resemantizar prácticas características de la tecnología de la tortura. Mencionaremos sucintamente algunos casos. a) La suspensión de derechos imprescriptibles y fundantes de un orden jurídico-social (p. ej., el derecho de defensa de todo detenido). El suceso no es explicado, sino dicho -y aún esto de manera implícita- como excepcional. La necesidad argumentada -del derecho se decolora y extingue ante la excepcionalidad afirmada o insinuada -de la transgresión-. b) El chantaje (p. ej., ofrecer asistencia sanitaria o libertad a cambio de conversión o colaboración). Será neosemantizado como oferta generosa cuyo rechazo delata la perversidad del paciente. e) La violación de la intimidad (p. ej., de las comunicaciones de toda índole y momento de la persona detenida, acompañada o no de la manipulación y exhibición pública de sus contenidos). Práctica resemantizada como medida de seguridad o como lucha contra el delito.

La extensión en la conciencia social de tales atribuciones y mensajes constituirá, como se ha indicado, una eficaz medida preventiva del deterioro psíquico por estrés de tortura.

Los síntomas y conductas desadaptadas muestran, a menudo, una relación ostensible con la práctica de la tortura. De entre los escasos trabajos clínicos independientes sobre lo que podríamos denominar el síndrome del torturador destacaremos los ya clásicos y perfectamente actuales de Fanon (5). Los tendremos en cuenta en las líneas siguientes.

Las alteraciones del torturador se agrupan en sufrimiento y sintomatología puntual, conductas desordenadas y agresivas, y trastornos más severos. En el primer apartado, el malestar podría ser la expresión de un conflicto entre el código moral y la tarea desempeñada. Se detectarán entonces sentimientos de culpa. Su profundidad o superficialidad dependerá de si es la censura interna o la exterior (la del medio) la principal responsable del conflicto. De ser lo último, la incomodidad o el miedo al «qué dirán», pues de eso se trata, sólo secundariamente exigirán un ajuste psicoterapéutico. Por otra parte, entre los síntomas puntuales cabe citar el insomnio, la ineficacia en el trabajo o el estado permanente de irritabilidad y tensión.

La frialdad afectiva se contará entre los síntomas a identificar por el terapeuta, pues el interesado rara vez vivirá mal ese hecho y ni siquiera reparará en él. El bajo tono afectivo tanto podrá ser consecuencia del entrenamiento para la tortura recibido como de un mecanismo de defensa para reprimir el conflicto. También serán frecuentes las formaciones delirantes y las ideas paranoides y de suicidio.

En el segundo apartado se encuentran las reacciones sociopáticas, irresponsables o impulsivas. Maltratará a los hijos, se comportará como un matón en la calle o en la discoteca. Realizará actos delictivos -habitualmente impunes- fuera del trabajo, y dentro podrá tener problemas con los compañeros y fallos importantes en el desempeño de su tarea.

Entre los trastornos más severos se hallan las alteraciones psicosomáticas, como crisis asmáticas o problemas digestivos. Patologías simples aunque graves como la drogodependencia o el alcoholismo. o patologías más complejas: depresión, psicosis.

Resulta clara, con frecuencia, la resonancia del trabajo en la patología. Lo que nos permite plantear, sin ánimo de hacer paradojas, que el trastorno consiste en llevarse trabajo a casa o continuar trabajando más allá del lugar y horas destinadas a ello. Lo que puede entenderse como una prueba de surmenage, a decir de Fanon, o compulsión neurótico.

Se golpea a la mujer, se amenaza a los hijos, se avasalla a los ciudadanos, se delinque fuera de las horas de servicio... porque se sigue trabajando. No se descansa. Incluso el que debiera ser el momento de reparación por excelencia, el sueño, puede verse alterado. Padecerá entonces insomnio o pesadillas con reviviscencia del episodio (escenas, gritos, rostros) del trabajo. En estos casos la patología aparece como un problema de estrés y en ese sentido se expresa la demanda del afectado. Se confía en el profesional de la salud para reparar un mecanismo algo acelerado, de forma que pueda cumplir con sus funciones familiares, sociales y laborales satisfactoriamente.

Otros elementos no exclusivos, pero si frecuentes en las conductas psicopáticas son la anomia y la desvinculación de códigos éticos. Ambas se verán estimuladas por la fluidez normativa que el sujeto vive en su medio laboral. La misma acción será delito o motivo de felicitación según se realice durante el trabajo o fuera de él, según la persona afectada o según la última disposición de la autoridad.

El entrenamiento para la tortura, fijado por Pérez Arza (6) en cinco puntos (deshumanización del enemigo, habituación a la crueldad, obediencia automática oferta de impunidad y oferta de poder), resuena igualmente en ciertos episodios y síntomas. La insensibilidad emocional, la rigidez autoritaria, la incapacidad para la identificación, las conductas prepotentes, exhibicionistas o psicopáticas, pueden tener su aliento, si no origen, en el mencionado entrenamiento. Por otro lado, a los puntos señalados habrá que añadir otros como el pensamiento maniqueo (las gentes son buenas o malas) y narcisista instrumental (yo estoy en el lado del bien e impregno de ese valor a cuanto hago), o las experiencias del dolor físico, la humillación y el miedo. Conductas sadomasoquistas, o ideas megalomaníacas o paranoides pueden hallar ahí un factor patógeno de valor variable.

1.2 Los estilos. El estilo de tortura permite extender el juicio del individuo al grupo. También a la institución y a la sociedad, por lo que un apartado similar podría figurar en la exposición que se haga de ese actor.

Existe una clasificación clásica, la de Bydlowski, Guiton y Milhaud-Bydlowski (7), que describe dos tipos. En términos psicodinámicos, el anal y el fálico, representados por sus prototipos: el SS y el paracaidista. Cada uno con su red de connotaciones de muy diversa índole. El primero, alemán, campo de concentración, nazismo, años cuarenta. El segundo, francés, comisaría-cuartel, democracia, años cincuenta.

Rasgos del anal serán la obsesión, el ritualismo, la compulsividad; diferentes mecanismos de defensa: formación reactiva y compensación, negación, aislamiento e intelectualización; analidad explícita en los insultos y el placer del juego -mental o por mediación del prisionero- con las heces; por fin, desatención genital: trato igualitario a ambos géneros.

El modelo fálico coincide con el anterior en el temor a la castración, pero si allí se resolvía simbólicamente (corte de pelo) aquí se manifiesta en un trato atento y selectivo de la genitalidad: a la mujer, la caricia y la violación, y al varón la tortura sexual. Donde allí había compulsividad aquí se encuentra labilidad emocional (paso de la angustia a la manía) y conductual (de la caricia a la violencia extrema). Las formaciones reactivas con que se combate el miedo a la regresión y la pasividad consistirán en tormentas agresivas y la destrucción del otro. Por último, conductas temerarias, de exhibición de la propia potencia (fálica) y narcisista.

En Rallo (8) la cuestión del estilo retorna al individuo. Se fija. este autor en la patología de los instintos, el desarrolló y la estructura de la personalidad. Su alteración será leve, próxima a conductas cotidianas, a menudo transitoria y con buen pronóstico en el tipo neurótico. Frente a él se encuentran las patologías con perturbaciones más severas y con peor pronóstico. Son el grupo heterogéneo de los perversos, psicóticos y psicópatas. Hemos de suponer al primer grupo un estilo menos destructivo, con mayor autocontrol, más negociador y previsible. Mientras que la destructividad, el precario autocontrol, la mayor patología comunicativo y la incertidumbre respecto de su conducta y propósitos se hallarán entre los integrantes del segundo grupo.

Rescatamos de la exposición anterior dos rasgos: el autocontrol y la eficacia al servicio de un propósito sistémico (no personal, por tanto). Constituirán el criterio que nos permitirá hablar de dos estilos personales: el neutro o profesional y el implicado o psicológicamente afectado. Bastará con describir el primero. Desprende este individuo una imagen de estabilidad y firmeza no fundados en la rigidez. No trasluce en su comportamiento la naturaleza del trabajo que desempeña. Actúa en él con economía de esfuerzo, tiempo y daño. Le mueve un objetivo definido con precisión: obtener una información, probar una hipótesis médica o psicopatológica, o quebrar una determinación juzgada disfuncional. Sin que lo demore o condicione su propio placer, impulso o interés. La emoción cede el puesto a la cortesía y el sadismo a la asepsia del trabajo bien hecho. Masuy parece el prototipo de este estilo. No tan perfecto, en realidad, si se repara en su narcisismo de inventor y esteta o en el exhibicionismo soterrado que delatan algunos de los hechos por él referidos en el proceso que lo condenara a muerte en 1947 (véase Mellor (9)).

1.3 Las condiciones laborales. El primero de los elementos del mundo laboral a destacar es el propio trabajo en una sociedad -o en unos sectores de su población- en los que ése es un bien apreciado y escaso. El torturador tiene trabajo y, si lo deja, queda en el desempleo. Tiene también un poder económico, estatus social, imagen pública (en cuanto funcionario) de los que de otro modo carecería. Son cosas a las que hay que reconocer su valor psicológico, a veces de supervivencia (ser alguien económicamente o para las personas significativas, o no serlo). Existen otros motivos, desde luego: ideológicos, tradición familiar, deseo de aventura o personalidad sociopática.

Rara vez se acepta de modo consciente este trabajo. No es tortura, sino que se va convirtiendo en tortura. Incluso cuando ya lo sea de un modo inequívoco y exclusivo se dirá que es una cosa diferente: una guerra, una labor cívica, una cruzada...

Recibirá un entrenamiento que tiene dos objetos: trabajar correctamente y sentirse bien haciéndolo. Podrá tratarse de un entrenamiento especifico, como el citado en otro lugar, o informal: impartido por las rutinas, prácticas y compañeros del Centro, en especial los superiores y los más antiguos.

A través de un género u otro de entrenamiento se evoca la aparición de un conglomerado de factores psicológicos propicio a la práctica de la tortura. Varía su composición y operatividad según la situación sociohistórica e incluso, según la perdona. Es esta diversidad de los elementos y formas del proceso lo que nos aconseja hablar de conglomerado en vez de estructura. Sea como sea, no sobre los sujetos en orden al cumplimiento continuado de su tarea. Enunciaremos algunos de tales factores, que se suman a los ya citados:

- La exposición a la pérdida. Si el torturador renuncia se expone a una cascada de pérdidas. La posición económica y el estatus son las más obvias, pero éstas arrastran otras como la estabilidad o bienestar familiar. En último lugar se expondrá al rechazo de sus compañeros -sin haber merecido la acogida de sus adversarios-. Una soledad que no termina en el ostracismo de la tierra de nadie y el cambio de medio o identidad. Puede llegar a su persecución como traidor con el riesgo consiguiente que él mejor que nadie sabe valorar. Por cierto que ante tal dilema el deterioro mental se ofrece como una alternativa. Haciendo mal el trabajo por «problemas personales» (alcoholismo, vida desordenada, problemas familiares) o por trastornos severos (v. gr., una crisis delirante) será apartado del mismo sin exponerse a buena parte de los riesgos citados.

- El resentimiento social y el vindicacionismo. La tortura ofrece la posibilidad de ser alguien y ser más. En especial cuando la víctima es una persona superior o inaccesible para él fuera de ese ámbito. El paso al acto del resentimiento es la venganza. La ofensa que se repara tanto podrá ser personal o social, genérica o particular, imaginaria o real.

- La implicación en el crimen. Se le hará sentir que ha ido tan lejos en esa práctica que su justificación y mantenimiento se ha convertido en una necesidad para su supervivencia psicológica, social y física. La racionalización, el desplazamiento y otros mecanismos consolidarán una estructura de personalidad y de conducta que reprimirá la autocrítica y el cambio.

- La inculcación de un dispositivo circular autoconfirmador. Se compone de los siguientes elementos: a) Maniqueísmo: la sociedad se divide en buenos y malos. b) Conflicto inexorable: no es posible evitarlo. c) Conflicto esencial: lo que está en juego tiene un valor de supervivencia (en los ámbitos nacional, de la fe, ideológico). No hay neutrales. d) Posibilidad primordial: el valor defendido con la tortura representa la bondad superior o, al menos, de tal magnitud que ante ella otros códigos suspenden su vigencia (puede martirizarse al semejante) o modifican su sentido (hay que respetar al semejante, pero la tortura se le aplica por su bien y/o el de la comunidad). En este punto el sujeto, sometido a un dilema inexcusable y mortal, recibe la única respuesta: puede torturar. Tal es el desarrollo teórico general, por más que cada caso tenga una inserción diferente en él.

- La satisfacción de necesidades no confesadas. La tortura proporciona la posibilidad de legalizar y satisfacer deseos sexuales, fantasías sadomasoquistas o exhibicionistas, u obtener sobregratificaciones narcisistas.

Este dispositivo admite otras versiones, pero de un modo u otro, se hallará presente en el modelo de la tortura aquí descrito. Puede consultarse en este sentido a Víctor (10), A. I. (11) o a Vidal (12), entre la notable bibliografía disponible.

BIBLIOGRAFÍA

(1) Biurrun, J.: Norma y patología en el discurso de la agresividad. Libertarias/prodhufi, Madrid 1992.

(2) Barel, Y.: La marginalité sociale, PUF, París 1983.

(3) Divugnaud, F.: El cuerpo del horror, FCE, México 1987.

(4) Seligman, M. E. P.: Indefensión. En la depresión, el desarrollo y la muerte, Pluma-Debate, Bogotá-Madrid 1981.

(5) Fanon, F.: Por la revolución africana, FCE, México 1965.

(6) Pérez Arza, E. «Acerca de cinco ex-torturadores», en CODEPU, Tortura: aspectos médicos, psicológicos y sociales. Prevención y Tratamiento, CODEPU, Santiago de Chile 1990, págs. 62-73.

(7) Bydlowski R,; Guiton, M., y Mithaud-Bydlowski, M.: «La tortura y el torturador», en GUITON, M. y otros, Psicología del torturador, Rodolfo Alonso, Buenos Aires 1973, págs. 9-27.

(8) Rallo, J.: «Psicología del torturador. (Punto de vista psicoanalítico», en COROMINAS, J. y FARRE, J. M., Contra la tortura, Fontanella, Barcelona 1978, págs. 95-109.

(9) Mellor, A.: La tortura, Estela, Barcelona 1964.

(10) Víctor, J.: Confesiones de un torturador, Laia, Barcelona 1.981.

(11) Amnistía internacional. La tortura en Grecia. El primer proceso por tortura en 1975, Blume, Barcelona 1978.

(12) Vidal, M.: «Lo igual y lo distinto en los problemas psicopatológicos ligados a la represión política», en CODEPU, Tortura: aspectos médicos, psicológicos y sociales. Prevención y tratamiento, CODEPU, Santiago de Chile, págs. 125-131.

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