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Septiembre , nº 68 , 1997 Copyright 1997 © Papeles del Psicólogo
ISSN 0214 - 7823

INTERVENCIÓN PSICOLÓGICA INMEDIATA CON VÍCTIMAS DE UNA CATÁSTROFE NATURAL

José Antonio Aranda Romero

Programa Municipal de Drogodependientes. Ayuntamiento de Parla.

En este artículo se describe la intervención psicológica inmediata y sobre el terreno, con los familiares y las víctimas de la riada que arrasó el camping "Las Nieves" en Biescas (Huesca) el 7 de Agosto de 1996.

Concretamente se analiza:

- Las características de las personas que acudían a la Pista de Hielo de Jaca para realizar las identificaciones de los cadáveres.

- El proceso de estructuración familiar que posibilitaba el afrontamiento de esta tarea.

- El procedimiento de atención seguido por los psicólogos y los voluntarios.

- Cuestiones relativas al diseño ambiental del espacio en el que trabajaban.

- Los objetivos generales que orientaban la intervención según se tratase de personas que cumplían con los criterios diagnósticos de estrés post-traumático o los familiares que no habían sufrido la riada.

- Las técnicas cognitivo-conductuales aplicadas a estos casos.

- El impacto emocional sobre el personal que realizaba tareas asistenciales.

Y, por último, se ofrecen las razones que a juicio del autor, ponen de manifiesto la necesidad de contar con profesionales de la psicología clínica en la respuesta institucional ante este tipo de catástrofe natural.

This article describes the rapid and on the spot psychological intervention with the relatives and victims of the flash flood wisch swept way the camping site for vehicles in Biescas (Huesca) on August 7, 1996.

Specifically, the following are analyzed:

- The types of persons who came to the Indoor Hockey Rink of Jaca to identify the bodies;

- The means employed to enable family and friens to meet this task.

- The ways that Psychologists and volunteers attended to their duties.

- Problems related to the design and atmosphere of the working spaces.

- The main objectives which oriented the intervention according to whether the persons treated fulfilled the diagnostic criteria of post-traumatic stress or did not actually experience the flash flood.

- The cognitive behavior tecniques applied in these cases.

- The emotional impact on personnel who assisted in the various tasks.

Lastly are presented the reasons which, in the author’s opinion, show clearly the need to rely on professionals in the filed of clinical psychology in any institutional reaction to this type of natural catastrophe.

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En la tarde del 7 de Agosto de 1996, Biescas una tranquila población del Pirineo Oscense, se vio azotada por una tromba de agua que, junto con otras circunstancias, terminó provocando una riada de consecuencias catastróficas, especialmente para quienes estaban en el Camping "Las Nieves".

El saldo de esta tragedia fue de 86 muertos, más de 100 heridos y cuantiosos daños materiales, en torno a los 4500 millones de ptas.

A través de televisión y radio se hizo un llamamiento, por parte de la organización que estaba afrontando el desastre, para que acudiesen Psicólogos, Psiquiatras y Trabajadores Sociales en apoyo de los damnificados por este suceso.

Desde Madrid nos desplazamos 19 Psicólogos, 1 Psiquiatra, 1 intérprete, 1 voluntario y una representante de la revista "Aire Libre" que había organizado el viaje.

Llegamos a Jaca 24 horas después de haberse producido la riada. En este lugar se habían centralizado los servicios de Información, acogida de supervivientes y familiares, recepción de material necesario, reconocimiento y depósito de cadáveres. En aquellos momentos se estaba preparando el traslado de la infraestructura ubicada en el Tanatorio Municipal a la Pista de Hielo, porque el primero era insuficiente para acoger la cantidad de fallecidos que se preveía podía haber en los alrededores de Biescas y río abajo, en la Presa de Sabiñánigo.

Por otra parte, el fenomenal comportamiento de vecinos y veraneantes de la zona, había posibilitado que las necesidades de alojamiento, alimentación, ropa, comunicación con familiares y atención sanitaria de los supervivientes estuviesen cubiertas de forma satisfactoria (Giménez, 1996).

A continuación iremos exponiendo las características de las personas que estuvimos atendiendo, los objetivos, el procedimiento seguido, las técnicas empleadas y sus contenidos, finalmente trataremos la cuestión del impacto emocional sobre los técnicos y voluntarios que estuvimos trabajando en las instalaciones de la Pista de Hielo.

DescripciÓn de las personas atendidas

A lo largo de 40 horas atendí a unas 30 personas, pertenecientes a 6 familias. El rango de edad iba desde los 17 años a los 80 años, la media de edad estaría en torno a los 40 años. Esta muestra estaba constituida mayoritariamente por varones, en una proporción próxima a 3:2

Se podían distinguir dos perfiles comportamentales claramente relacionados con haber pasado por la experiencia de la riada o bien haber acudido después de que ésta se hubiese producido.

Personas que habian sobrevivido a la riada y tenian amigos o familiares muertos y/o desaparecidos

En estos casos se daban dos circunstancias que contribuían a definir su estado psicológico. Por una parte habían tenido la experiencia de ser arrastrados por dos oleadas de agua, barro, piedras, coches, caravanas, etc. con los consiguientes golpes y lesiones.

Algunos verbalizaban que se habían podido agarrar a algo o sacar la cabeza cuando ya estaban a punto de ahogarse. Por si esto no fuera suficiente, habían presenciado cómo sus hijos, mujeres, maridos y/o hermanos desaparecían, a veces resbalando de sus propios brazos.

Su aspecto físico denotaba el cansancio producto de la experiencia y de las pocas o nulas horas de sueño que habían conseguido.

La expresión facial podía ir de la tristeza depresiva a la rabia, pasando por la manifestación de una afectividad plana. Eran frecuentes los llantos, junto con expresiones de incredulidad y/o estupor.

Generalmente se mostraban como ensimismados, como más tarde nos aclararían, en esos momentos estaban visualizando lo que les había pasado, en ocasiones, aunque ellos no quisiesen ver esas imágenes, volvían una y otra vez. Subrayaban aquellos momentos en los que se había producido la separación de sus familiares y lo que habían hecho o dejado de hacer, en definitiva responsabilizándose por lo ocurrido.

Su capacidad para tomar decisiones sobre cuestiones tales como cambiarse de ropa, acercarnos a la improvisada cafetería o realizar alguna gestión se encontraba seriamente afectada. No mostraban interés por las cuestiones prácticas y tardaban en responder a los ofrecimientos, que frecuentemente realizaban los voluntarios/as, para que tomasen alimentos o bebidas.

Su expresión verbal era muy escasa, generalmente giraban en torno a reproches por no haber hecho o por haber hecho, preguntas "¿Por qué yo?" "¿Que voy a hacer sin mi mujer/hija?. A veces manifestaban quejas sobre dolores de espalda, piernas, cuello y/o cabeza.

A nivel motor presentaban movimientos enlentecidos e hipoactividad, necesidad de contacto físico de familiares o personas próximas. Agarrar y tocar se intercalaban con momentos en los que se mostraban alienados y separados del resto de la familia.

Evidentemente, la experiencia de la riada no forma parte del conjunto de experiencias "normales" por las que pasamos habitualmente, además los diferentes elementos de tensión presentes: rapidez del suceso, ámbito de impacto, cantidad de destrucción de las infraestructuras y bienes personales, pérdidas humanas, heridos, etc., hacían que el riesgo de que las victimas desarrollasen un Trastorno por Estrés Postraumático (308.30 D.S.M. III) fuese muy elevado (Sarasua, Echeburúa, y De Corral, 1993).

De hecho se estima que entre un 15% y un 25% de las personas expuestas a hechos traumáticos necesitarán asistencia especializada (Meichenbaum, 1993) además de un aumento en la psicopatología de un 17% comparado con grupos control o niveles psicopatológicos anteriores a un desastre (Ruboins y Bickman, 1991; Mc Farlane, 1989)

Familiares de personas desaparecidas y/o muertas identificadas positivamente que se habian desplazado a la zona despues de la riada

Una vez que se informó de lo sucedido por los medios de comunicación o al ser telefoneados directamente desde Biescas o Jaca, los familiares y amigos de los que estaban en el Cámping se desplazaron a la zona.

Normalmente eran derivados al Palacio de Congresos de Jaca, lugar en el que se centralizaba la información sobre víctimas, heridos y supervivientes, además de facilitar comida y alojamiento a los que lo necesitasen.

Cuando los empezamos a recibir en la Pista de Hielo, algunos ya habían pasado por el trance de los reconocimientos en el Tanatorio Municipal, otros seguían teniendo a familiares desaparecidos y podían tener algún familiar hospitalizado, incluso había gente que tenía a familiares en todas las categorías, fallecidos, desaparecidos, hospitalizados y supervivientes con lesiones físicas leves.

Este colectivo era mucho más heterogéneo en cuanto a las manifestaciones que adoptaba el afrontamiento personal de la situación y nos introducía en la complejidad de las interacciones familiares.

Físicamente presentaban el aspecto de una persona que ha dormido poco, todos confirmaban las dificultaban para conciliar el sueño y el despertar precoz.

A nivel afectivo encontrábamos conductas que iban desde una disforia, que no interfería significativamente ni en su competencia verbal, ni en sus habilidades cognitivas, hasta cuadros claramente depresivos con un importante componente ansiógeno, en el que estaban presentes la pérdida de apetito, enlentecimiento motor, hablar enlentecido y monocorde, tristeza, sentimiento de culpa, dificultades de concentración e indecisión. En algún caso, pudimos observar conductas agresivas a la salida de la Pista de Hielo, cuando los intentaban filmar o fotografiar profesionales de los medios de comunicación, a pesar de haberles indicado su negativa a ser utilizados de esa forma.

Por lo que respecta al sistema familiar, pudimos observar que recorrían un proceso caracterizado por los siguientes momentos:

A)Búsqueda de información

En las primeras horas después de la riada, ante las dudas sobre el paradero y situación de los familiares, todas sus actividades se orientaban a satisfacer la necesidad de saber cuál era la situación de quienes estaban buscando.

Mantenían niveles importantes de ansiedad, que se concretaban en hipervigilancia y agitación motora, a nivel cognitivo destacaba la confrontación entre las expectativas de encontrarlos vivos y el constatar cómo se incrementaba la lista de muertos y/o desaparecidos.

B) Desmoronamiento y descarga emocional

El paso a esta fase se producía como consecuencia de dos circunstancias:

- Se había localizado e identificado el cuerpo sin vida de un familiar.

- Habían pasado 24 horas y no se tenían noticias del familiar desaparecido.

Lo característico de esta fase era que el nivel de actividad disminuía radicalmente, la comunicación entre los familiares también decaía y aparecían las manifestaciones de los sentimientos de culpa, angustia y dolor. Hasta estos momentos existía un predominio de la individualidad sobre lo grupal.

C) Alianzas y confrontación

La propia dinámica de la situación abocaba a los familiares a tener que tomar decisiones:

- ¿ Dónde esperamos noticias de "X"?

- ¿ Qué hacemos con los supervivientes?

- ¿ Es mejor que espere en casa o que venga al Tanatorio?.

- ¿ Quién arregla los papeles del Seguro?

- ¿ Quién hace los reconocimientos?

- ¿ Cómo se organiza el traslado del féretro?

- ¿ Dónde y cómo se organiza el funeral?

- ¿ Es mejor esperar por si aparece "X"?

La toma de decisiones se complicaba porque los grupos de familiares estaban compuestos por miembros de diferentes familias de origen, con intereses diferentes y en ocasiones con conflictos anteriores, que dificultaban llegar a acuerdos respecto a qué hacer en esos momentos

Generalmente se configuraban diferentes subgrupos de opinión que trataban de imponer sus criterios sobre el resto de la familia. Este proceso contribuía a que se fuesen perfilando los candidatos a liderar el grupo amplio.

D) Definición del líder y distribución de funciones

Los diferentes candidatos se enfrentaban entre sí bajo diferentes formas: aparentemente podían estar discutiendo sobre la Iglesia en la que se iba a celebrar el funeral, pero realmente lo que se tenía que dilucidar era quién dirigia la toma de decisiones en aquellos momentos.

Sorprendentemente, estas confrontaciones se resolvían con relativa celeridad, de tal forma que aparecía un líder con un estilo que se aproximaba más al directivo que a cualquier otro.

A partir de entonces esa persona era la referencia a la hora de tomar decisiones, comunicarle la inminencia de los reconocimientos y efectuarlos, cumplimentar el acta de defunción o recoger los objetos personales de los fallecidos.

Quizás las variables que determinaban en mayor medida sobre quién recaía el liderazgo era:

- El prestigio de que gozase antes del suceso.

- La demora en el inicio del proceso de duelo.

Variables como la edad, el sexo y proximidad de parentesco no parecían tener relevancia.

Una vez que se había definido el líder la familia empezaba a actuar de forma unitaria con una distribución de funciones suficientemente definidas.

Procedimiento de atencion

El procedimiento era el siguiente:

1º.- Llegada a la Pista de Hielo. Eran recogidos por un/a Psicólogo/a y un/a voluntario/a, tras las presentaciones, éstos les informaban sobre si se habían producido nuevos ingresos y si estaban o no disponibles las fotografías para la identificación, a la vez que recogíamos el número de orden para ver las fotos.

A diferencia de lo que había pasado en los primeros momentos, la disponibilidad de las fotografías (cámara instantánea) junto con las descripciones pormenorizadas de los desaparecidos, posibilitaba que solamente se visualizase la foto de aquella cara que podría coincidir con la de su familiar. Esto incrementaba la eficacia en el reconocimiento y disminuía el coste emocional del que tenía que hacerlo. Los propios familiares valoraron muy positivamente la medida de ver primero la foto, respecto a la etapa anterior, en la que se veían directamente los cadáveres.

2º.- Reconocimiento a través de foto. Se había delimitado un espacio para que la Policía Judicial mostrase las fotografías. Este espacio estaba próximo a la puerta de entrada donde estaban los cadáveres por identificar y separado de la sala de espera.

3º.- Reconocimiento directo. En el caso de que se identificase la fotografía o tuviesen dudas, se pasaba al familiar a un pequeño espacio separado de la entrada principal y de la sala de espera, en el que se formaba el grupo de identificación (un policía judicial, secretaria del Juzgado, un miembro del equipo forense, un/a psicólogo/a y el familiar o familiares). Cuando estaban todos se pasaba a la Pista de Hielo y se veía el cadáver.

En el caso de que la identificación fuese positiva, se salía por otra puerta que daba directamente a la "sala de los Psicólogos" en la que podían descargar la tensión de esos momentos y recuperarse mínimamente para afrontar los trámites administrativos. Hasta el paso 6ª no se volvía a pasar por la sala de espera.

4º.- Oficina del Juzgado. Un administrativo cumplimentaba el Acta de Defunción, para posteriormente ser firmada por el/los familiares y el Juez.

5º.- Funeraria. En donde se resolvían los trámites para el traslado del féretro a su destino definitivo.

6º.- Recogida de objetos personales. En donde se entregaban a los familiares aquellos objetos con los que habían aparecido los fallecidos. También se tuvo que habilitar una oficina para presentar denuncias por la desaparición de objetos, generalmente joyas, que portaban las víctimas en el momento de la riada y que posteriormente no habían aparecido.

Puede parecer que las consideraciones sobre la ubicación de las diferentes dependencias, así como la descripción del itinerario seguido, no es pertinente para los fines de esta exposición. Sin embargo, si hago hincapié en esta cuestión, es porque considero que el diseño ambiental, en este tipo de infraestructura es una dimensión de lo más relevante, puede facilitar o dificultar enormemente las diferentes tareas que se tienen que llevar a cabo y contribuye a crear un clima emocional que suavice, en la medida de lo posible, o dramatice aún más, una experiencia, que en cualquier caso, es demoledora. En este sentido, las instalaciones de la Pista de Hielo de Jaca pueden considerarse como una solución satisfactoria (Gráfico nº 1).

MetodologÍa de la intervenciÓn PsicolÓgica

Objetivos

Tanto el intercambio de conocimientos y experiencias durante el viaje hasta Jaca como las explicaciones de las Psicólogas que habían empezado a trabajar inmediatamente después de la riada, fueron definiendo los objetivos generales que debían guiar nuestra intervención.

Básicamente eran los siguientes:

1º Facilitar información a los familiares de las víctimas sobre el procedimiento de actuación e incidencias que se fuesen produciendo en relación a su caso.

2º Incrementar sus habilidades de afrontamiento a las demandas que, los cambios en la situación, iba imponiendo: espera, reconocimiento del cadáver, trámites administrativos, inicio del proceso de duelo y vuelta a casa.

Estos objetivos generales se concretaban en objetivos más específicos dependiendo de que se interviniese con familiares que no habían sufrido la riada o que sí estaban durante la misma o los dos tipos juntos.

Así para los familiares que presentaban estrés postraumático agudo los objetivos eran:

- Facilitar el inicio del proceso de duelo.

- Disminuir la credibilidad de los pensamientos relativos a su culpabilidad por la pérdida de sus familiares.

- Disminuir la intensidad de la sintomatología ansiógena.

Para los familiares que no habían sufrido la riada:

- Prepararles para afrontar el momento del reconocimiento a través de las fotografías y posteriormente de forma directa.

- Incrementar la operatividad de las familias en el proceso de toma de decisiones.

- Orientarlos sobre estrategias de afrontamiento de las posibles complicaciones que podrían presentarse a lo largo del proceso de duelo en los familiares más directamente afectados. Trastornos depresivos, ansiosos, intentos de suicidio, conductas de evitación en las áreas social, laboral y relaciones imaginarias con algunos de los fallecidos (Madakasira y O,Obrien, 1987; Mc Farlane, 1988)

Estrategias de intervencion

Contexto Terapéutico

Las estrategias de intervención en crisis del tipo que estamos tratando, presenta algunas características diferenciales respecto a las condiciones habituales bajo las que se da la relación terapéutica:

- La intervención no es consecuencia de la expresión de una demanda por parte del afectado.

Todo lo contrario, eran los propios técnicos los que se ofrecían, en función de la receptividad a esta oferta, se continuaba o, caso excepcional, se retiraban.

- No estaban fijados de antemano ni el tiempo, ni el espacio en el que se desarrollaba la intervención, esto dependía de circunstancias tales como el hallazgo de cadáveres, el estado de descomposición de los mismos, la disponibilidad de fotografías, etc.

- Brevedad e intensidad de la intervención terapéutica.

- El contexto de la relación era muy particular: Policía, Guardia Civil, periodistas, miembros del Gobierno, etc, aunque en el interior de las instalaciones de la Pista de Hielo, reinaba el orden y teníamos espacios idóneos para desarrollar nuestra actividad, lo cierto es que no era fácil sustraerse a todo aquel montaje.

- La intensidad de las emociones, tanto en lo cualitativo, como en lo cuantitativo, era abrumadora, de tal forma que resultaba complicado mantener una actitud "profesional".

- El contacto físico, era mucho más frecuente e intenso, expresiones como "fundirse en un abrazo" cobraban su auténtico significado.

Técnicas empleadas

Aunque el criterio para presentar las técnicas utilizadas coincide con la secuencia de intervenciones que se realizaban a lo largo del tiempo, en ocasiones se variaba en función de las demandas específicas que provocaba la situación o la composición y características de nuestros interlocutores.

Fase 1: LLegada a la Pista de Hielo.

Nada más entrar por la puerta, tras pasar el control policial, eran recibidos por un/a Psicólogo/a y un/a voluntario/a.

Estos se presentaban como tales, además de llevar unas pegatinas que había facilitado la organización, con su identificación (Nombre y función, posteriormente también DNI).

Los elementos importantes de esa presentación eran los siguientes:

A)Seguridad y sensación de control

En este momento los aspectos no verbales de la comunicación eran fundamentales: mirada, tono de voz, orientación corporal y contacto físico (cogerle el brazo, estrechar manos, etc.) manifestaciones todas de una actitud de empatía y de que existía una organización que tenía la situación "bajo control".

Se les transmitía que nuestra función consistía en facilitarles al máximo las diferentes tareas que tendrían que realizar y mantenerlos informados sobre cualquier circunstancia relativa a su familiar/es desaparecidos, que se recibiese.

También se les indicaba que lo primero que tendríamos que hacer era recoger un número de orden para visualizar las fotografías y pasar a la sala de espera. En ese instante se les comunicaba que, si ellos no deseaban nuestros servicios, era absolutamente comprensible y que podrían acceder directamente a la información en los puntos establecidos para ese fin. Si aceptaban nuestro ofrecimiento, generalmente ocurría de esa manera, pasábamos a la sala de espera.

B)Análisis de necesidades

Para empezar se les preguntaba sí querían tomar algo, se había improvisado un servicio de cafetería, magníficamente abastecido y atendido por voluntarios. Después se repasaban las posibles carencias que pudiesen tener en alojamiento, comida, ropa y/o transporte con el fin de podérselas cubrir de forma inmediata.

C)Evaluación inicial

El o ellos se presentaban. Se les planteaban cuestiones relativas a: la relación con los desaparecidos, cuándo y cómo habían llegado, qué gestiones habían realizado hasta ese momento, cuál era su situación respecto a sueño, alimentación, necesidad de atención médica, su actividad laboral, por último y de la forma más delicada posible se indagaba sobre su situación física y emocional. Llegados a este punto se animaba para que expresasen sus emociones y expectativas de la forma que las sintiesen o deseasen sin reprimir ni el llanto, ni las quejas o simplemente el silencio.

D)Exposición en imaginación a las circunstancias bajo las que se había producido la pérdida.

Este era un paso realmente difícil para todos, pero sin duda, conveniente (Echeburúa y cols, 1990; Stektee y Foa, 1987; Mc Caffrey y Fairbank ,1985; Foa y cols, 1989).

Si estaba presente un familiar que hubiese sufrido la riada, era él quien debía revivir lo ocurrido. Nuestra tarea consistía en: por una parte fomentar que se expresase verbalmente, qué había hecho, visto, pensado y sentido durante esa tarde trágica. Las técnicas complementarias empleadas eran: escucha activa, reforzamiento positivo, a través de señales verbales y no verbales, contingente con los comentarios descriptivos, no evaluativos, que emitía el "narrador". Por otra parte teníamos que reconducir su discurso cuando éste derivaba hacia temas ajenos a lo ocurrido o cuando se centraba en la culpabilización por "no haber sido capaz de agarrarlo o sujetarlo o ....." Todo ello, manteniendo una actitud de firmeza respecto al logro del objetivo, a la vez que de flexibilidad y comprensión respecto a las dificultades para concluir con la tarea.

Una vez que se había descrito lo sucedido, resultaban evidentes las razones por las que supuestamente era "culpable" de lo ocurrido, además aparecía claramente el momento que estaban visualizando una y otra vez cuando se mantenía ensimismado.

Se prestaba una atención especial a esas circunstancias concretas, intentando mediante preguntas, nunca afirmaciones, que él o ellos contemplasen la escena desde la perspectiva de las posibilidades reales de sobrevivir a una corriente de agua, barro, piedras, árboles, coches y caravanas, capaz de modificar la topografía de un valle y a la vez ayudar a otros, en definitiva buscar pruebas de realidad de que su comportamiento pudiese haber sido diferente y cuál podría haber sido el resultado. No obstante se admitía la legitimidad de pensar y sentir como lo hacía aunque se recomendase introducir esas "pruebas de realidad" en el curso de su pensamiento. Las razones por las que resulta aconsejable esta estrategia son numerosas. En primer lugar, es sobradamente conocido el efecto de "alivio por la práctica" tras la exposición en imaginación o el role-playing (Marks 1981; Avia, 1992) de un hecho traumático. En segundo lugar, constituye una estrategia válida para cortar con el pensamiento obsesivo de la culpa, ya que introduce en la escena elementos de realidad de indudable peso en el resultado emocional final. Da la oportunidad de que se manifiesten posibles atribuciones de responsabilidad por parte de otros miembros de la familia. Por último, constituye un paso ineludible para iniciar el proceso de duelo, en este sentido, la bibliografía sobre el tema, así lo pone de manifiesto (Itzigsohn y Dasberg, 1985) incluso cuando se analizan las intervenciones desde enfoques psicodinámicos o conductuales.

Cuando se superaba ese escollo, la relación terapéutica estaba firmemente consolidada. Entonces era oportuno acudir a la cafetería a tomar un caldo de verdura y carne con toda la familia, sus efectos reconstituyentes resultaban incuestionables.

Bajo estas condiciones se podían abordar los síntomas de ansiedad y dolores, de cabeza, espalda, riñones y piernas que estaban estrechamente relacionados con la tensión muscular.

Se introducía la técnica de Respiración Diafragmática (Davis, McKay y Eshelman, 1985), el procedimiento abreviado de la Relajación Progresiva de Jacobson (idem anterior) con autoinstrucciones de relajación y lo que resultaba más eficaz, el masaje sobre las zonas doloridas. La posibilidad de instruir y practicar la utilización de estas técnicas resultaba muy útil para afrontar los reconocimientos.

A lo largo de ese proceso y en paralelo al mismo se habían ido produciendo los cambios en la estructura familiar. Desde el punto de vista del terapeuta se perfilaban dos cuestiones prioritarias:

- Incrementar la operatividad de las familias en la toma de decisiones sobre problemas inmediatos.

- Disminuir las incertidumbres respecto a la posible evolución de los familiares que se encontraban más perturbados.

Respecto al primer objetivo, parecía necesario terminar de consolidar la figura de autoridad y la estructura familiar para posibilitar un procedimiento de evaluación de problemas y de producción de alternativas de solución, que limitase al mínimo el paso de un tema a otro o la confrontación personal en torno a problemas ajenos al que se tenía que resolver, centrándonos en la tarea e incrementando las posibilidades de que la familia resultase un apoyo válido para los que habían sufrido la riada y se encontraban en peores condiciones (Caplan, 1980).

Los problemas que implícita o explícitamente se planteaban eran los descritos en la 3ª fase del proceso de reestructuración familiar.

La técnica utilizada coincide básicamente con la ideada por T. D'Zurilla y M. Goldfried (1971) para la solución de problemas, concretamente consistía en: describir el problema de la forma más operativa posible, precisar las diferentes alternativas para resolverlo, analizar las consecuencias positivas y negativas de cada una de ellas, enlazándolas con el objetivo que deseaban alcanzar y finalmente llegar a una solución única con la que se comprometiesen todos o al menos no intentasen boicotear en su aplicación.

El terapeuta centraba su intervención en reforzar al líder, enunciar los diferentes pasos y limitar al mínimo las derivaciones improcedentes, sin interferir en los contenidos de las alternativas o de las consecuencias que preveían.

Por lo que respecta al objetivo de las incertidumbres respecto a la evolución futura, tal como se detallaban en la 5ª fase del proceso de reestructuración familiar, el factor común que presentaban eran las conductas de evitación (en lo social, familiar y laboral). Generalmente los familiares tendían a considerar que era preferible proteger a los supervivientes mediante estrategias de evitación.

El criterio seguido ante estas cuestiones era el de abordarlas únicamente a demanda de los familiares. A pesar de que el terapeuta pueda considerar que son de la máxima importancia para una evolución favorable y que la influencia de la familia, en esa dirección puede representar un obstáculo tanto para el tratamiento del estrés post-traumático como para la reducción de las complicaciones del proceso de duelo. (Caplan 1980; Meichenbaum, 1993). Sin embargo, dado que nuestra intervención se producía inmediatamente después de la catástrofe, es comprensible que los afectados se vuelquen en la problemática de "aquí y ahora", que ya es bastante, dejando aparcadas las cuestiones de futuro, aunque éste sea tan inmediato que realmente era presente. La única excepción a esta regla, la constituía la recomendación de consultar con profesionales, una vez hubiesen concluido con los rituales funerarios en sus pueblos o ciudades, si observaban complicaciones que no se sintiesen capaces de afrontar con el paso del tiempo.

En los casos en los que se suscitaban estas preguntas, las orientaciones dadas iban en la misma dirección que cuando tratamos trastornos de ansiedad, es decir, la conveniencia de la exposición y con la demora temporal mínima, (Marks 1981; Ellis 1983). Una vez se consolidaba la base de no fomentar ni facilitar las respuestas de evitación en cualquiera de las áreas afectadas, aunque advirtiendo que también tendrían que dar treguas y descansos, se entraba en las matizaciones de las diferentes estrategias, desde la Exposición en Imaginación con Prevención de respuestas hasta la Inundación, pasando por Aproximaciones Sucesivas o Desensibilización Sistemática. En cualquier caso, se subrayaba la pertinencia de contar con apoyo profesional para aplicarlas en función del caso concreto.

También requería una atención especial la posibilidad de que alguno de los afectados realizase un intento de suicidio, con más motivo, cuando incluso se verbalizaba la ideación suicida.

Aunque considerabamos que este riesgo no era inminente, sin embargo, cuando finalizasen los rituales funerarios y se diese la previsible disminución del apoyo familiar y social, transcurrido algún tiempo, parecía probable que se pudiese presentar algún comportamiento de este tipo.

Frente a la verbalización de la idea suicida: se consideraba como una posibilidad más y dado que esa opción podía realizarse en cualquier momento, se proponía dejarla en suspenso durante un tiempo para poder pensarla mejor, junto con el resto de opciones. Por otra parte, había que buscar la posibilidad de tener una conversación "aparte" con aquel familiar que mostraba un mayor grado de competencia en aquellos momentos para informarle sobre los comportamientos que generalmente anteceden al intento suicida, sobre todo esas "mejorías sorprendentes" o aquel "está tan tranquilo" (Beck, 1983) para finalmente recomendarles enérgicamente la consulta con un profesional (Psicólogo o Psiquiátra) en su lugar de residencia.

Fase 2: Reconocimiento del cadáver mediante fotografía.

Estábamos informados sobre las características de los cadáveres que iban encontrando y/o llegando y las tareas previas a los reconocimientos (lavado, autopsia, congelación) nos daban tiempo, hasta 3 horas, para preparar a los familiares para ese momento del reconocimiento.

En esas condiciones nuestras intervenciones se orientaban a: recabar más información sobre rasgos distintivos físicos de los desaparecidos, repetir los ejercicios de respiración, relajación y autoinstrucciones y finalmente contribuir a decidir quién realizaría el reconocimiento.

La clave de esta fase radicaba en propiciar un nivel de estimulación importante y variado, a la vez que controlábamos el momento en que nos tocaría acudir a la oficina de la Policía Judicial para realizar el reconocimiento, evitando tener que hacer cola y ver/oir a los que ya estaban haciéndolo. Por consiguiente, llegado el momento, el "golpazo" lo recibían en menos de un minuto

Fase 3 Reconocimiento directo del cadáver.

Frío, olor a formol y peso, los pies pesaban mucho, hasta que oías "sí es él/ella" o "no, no es él/ella". Durante el tiempo que transcurría desde que retiraban la sábana al cadáver hasta que decían la frase, silencio, silencio, silencio.

Retirar la sábana y sentir una fuerza que te deslizaba hacia atrás.

Andar, aguantar el tirón y salir sin poder quitarte el FRIO.

Cuando llegábamos a la "Sala de Psicólogos" se ofrecían infusiones y caldo, por lo demás el dolor no dejaba espacio para nada más que escuchar y abrazar.

En algunos casos, teníamos que salir del improvisado tanatorio, para que los familiares, que habían hecho la identificación, les comunicasen al resto de la familia, que ya había terminado la espera. Previamente se les instruía sobre la necesidad de ser categóricos en la autenticidad del reconocimiento positivo del cadáver y dar la posibilidad (según casos) de que también lo viesen ellos, era necesario para poder empezar a "enterrar" a los muertos.

A partir de ese momento, el objetivo era resolver rápida y de la forma más cómoda posible los trámites administrativos, para ello hacíamos de guías por los diferentes despachos: Acta de Defunción en el Juzgado, Funeraria, para arreglar el traslado del féretro y recogida de objetos personales del fallecido/a.

Resueltos los trámites, a pesar de las recomendaciones de que descansasen antes de hacer el viaje de vuelta, las familias estaban decididas a marcharse cuanto antes y así lo hacían.

Ni que decir tiene que, las despedidas constituían otro momento con una fuerte carga emocional.

Impacto sobre los tÉcnicos

La intervención en crisis, tales como las descritas, constituyen una experiencia profesional que, a pesar del distanciamiento y los intentos/logros de evitación en la identificación con los afectados, transciende hacia lo personal.

Durante la intervención es necesario mantener constantemente presentes unos objetivos terapéuticos mínimos y realistas, claramente jerarquizados, centrados en el abordaje de la problemática inmediata, asumiendo que el desgarro emocional de los supervivientes y los familiares es un elemento más de los que configuran el contexto de la intervención y no debe erigirse en el "objetivo", ya que en ese caso, el acecho persistente de la sensación de impotencia y la consiguiente inhibición de la actividad profesional, pasarían de posibilidad a hecho consumado.

Así pues, no creo que resulte desproporcionado, afirmar que, la intervención en crisis representa una reválida para el psicólogo clínico en la que recursos personales y técnicos tales como resistencia física, capacidad de autorregulación del esfuerzo (la señal del cansancio no aparece con su función de alarma y se demora hasta límites sorprendentes), competencia para el distanciamiento-empatía, autocontrol emocional, pragmatismo, dominio técnico, flexibilidad y rapidez de razonamiento se tienen que poner en juego.

Bajo estas circunstancias, la relación terapéutica carece de la mayoría de las variables independientes que de forma inespecífica (símbolos de status y competencia profesional, procedimientos de admisión y/o derivación, espacio en el que se desarrolla la actividad), contribuyen en la explicación del logro de objetivos en la intervención psicológica, de ahí que los factores específicos mencionados anteriormente, cobren mayor protagonismo si cabe.

Otro aspecto a tener en cuenta es el coste personal una vez que concluye la tarea. A través de diferentes conversaciones con otros técnicos que estuvieron allí podemos extraer algunas consideraciones comunes en nuestra experiencia.

Nada más volver, empezábamos por sentir un cansancio físico aplastante, que tampoco facilitaba un sueño reparador desde la primera noche. A las 48 horas te sentías bastante más susceptible e irritable de lo habitual. Si estabas de vacaciones, las actividades habían perdido interés y si ya estabas trabajando, cualquier actividad, por nimia que fuese, resultaba agotadora, carente de sentido.

Eran frecuentes los pensamientos, recuerdos, relacionados con Jaca, en ocasiones motivados por estímulos asociados, en mayor o menor medida a lo sucedido, pero otras veces, sin que existiesen o pudiesen detectarse estímulos antecedentes. Durante las dos o tres semanas posteriores experimentabas dificultades para conciliar el sueño o despertar precoz y disminución del apetito.

Generalmente al cabo de un mes toda esta sintomatología había ido desapareciendo, dando paso a la posibilidad de afrontar la experiencia con mayor tranquilidad.

Conclusiones

Ante cuestiones tales como: "¿Es necesaria la inclusión de Psicólogos en el afrontamiento de las consecuencias de catástrofes naturales?" o "¿Qué es lo específico que pueden aportar los Psicólogos en circunstancias como la de Biescas?", la experiencia nos ha aportado algunas respuestas y nuevos interrogantes.

Entre las respuestas, sin duda parciales, podemos encontrar las siguientes:

La intervención psicológica con víctimas de la riada y familiares resultó válida y oportuna, tanto desde el punto de vista conceptual, como desde el puramente práctico. Conceptualmente, en una intervención que (podríamos situarla en un nivel de prevención primaria en unos casos y secundaria en otros) se desarrolla en un contexto y con unas personas bajo unas condiciones de riesgo a presentar trastornos, si orientamos nuestra actividad a reducir la frecuencia e intensidad de los antecedentes externos, los dependientes de la situación, la organización y las infraestructuras que se crearon, que pueden incrementar la vulnerabilidad y además aportamos recursos y habilidades personales como factores de protección, es razonable suponer que estaremos disminuyendo la probabilidad de aparición de conductas desadaptativas o complicaciones añadidas a los trastornos ya existentes y, por consiguiente reduciendo el impacto

negativo y los costes: sociales, laborales, familiares y personales.

En la práctica se puso de manifiesto la necesidad de la intervención psicológica en diferentes momentos: durante las horas de espera, en la preparación para los reconocimientos de cadáveres, en la ayuda para realizar los trámites administrativos posteriores y en las orientaciones relativas al futuro de los afectados. Prueba de ello, es el reconocimiento público que expresaron Médicos Forenses, Policía Judicial y Guardia Civil, profesionales más familiarizados con aquellas circunstancias, así como las favorables valoraciones que hicieron los propios afectados.

Lo específico que podemos aportar los Psicólogos está relacionado con la familiaridad, metodología y técnicas de intervención, en este caso particular, los diferentes enfoques psicológicos convergen sobre planteamientos similares aunque se mantengan las diferencias de vocabulario.

Básicamente la intervención se asienta sobre tres criterios (Auerbach, y Kilmam 1977):

- Afrontamiento junto con el terapeuta de la experiencia traumatizante y expresión de emociones en relación a la misma.

- Aprendizaje y/o práctica de habilidades y recursos personales para el afrontamiento de aquellas actividades, lugares, personas, objetos, con los que se había tenido relación junto a las personas fallecidas, que provocará un grado importante de ansiedad y hará probable que se emitan conductas de escape o evitación. Por todo ello es recomendable reanudar las actividades laborales, sociales y de ocio cuanto antes mejor.

- Papel directivo, escucha activa y apoyo emocional como actitudes idóneas por parte del terapeuta en la intervención en crisis posterior al hecho traumatizante.

Evidentemente esta experiencia nos plantea multitud de interrogantes: ¿En qué medida es eficaz la intervención psicológica? ¿Cúal o cuáles son las técnicas más eficaces? ¿En qué medida se reducen los tiempos y costes de la recuperación si se ha tenido una intervención terapéutica temprana (48 horas después del hecho)?, si es posterior, ¿de qué manera influye el tiempo?, o si no se tiene, ¿qué diferencias presenta respecto a los dos supuestos anteriores?. ¿Cuales son los factores de pronóstico favorable o desfavorable? ¿Existen diferencias con los resultados de las relaciones de ayuda que realizaban los voluntarios? ¿Cómo y en qué medida facilita la recuperación el apoyo social recibido de forma inmediata?

¿Cuál es la eficacia de la terapia farmacológica en solitario o en combinación con el tratamiento psicológico?

¿Es posible aplicar una metodología experimental a la resolución de todas estas preguntas?. En caso afirmativo ¿Quién le pone el cascabel al gato?.

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