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Noviembre , nº 74 , 1999 Copyright 1999 © Papeles del Psicólogo
ISSN 0214 - 7823

CALIDAD DE VIDA Y CALIDAD HUMANA

Ferrán Casas

Director del Instituto de Investigación sobre Calidad de Vida. Universitat de Girona.

Entre la pluralidad de acepciones que en la actualidad se le dan al concepto calidad de vida, existe al menos una que la concibe como un ámbito de estudio interdisciplinar interesado por una realidad social con netos componentes psicosociales. En esta tradición científica, con notorios desarrollos básicos y aplicados, y cuya breve historia intenta aquí describirse someramente en algunas de sus coordenadas, se ha estudiado el bienestar social a la vez que se ha profundizado en el estudio del bienestar psicológico y de sus componentes. Sin embargo, existe una creciente confusión cuando la calidad de vida es considerada como un valor, y con ello como objetivo de aspiraciones sociales. Aunque las aspiraciones compartidas forman parte de la realidad psicosocial, sus objetivos no pueden confundirse con la misma; a lo sumo pueden operacionalizarse, constituyendo estándares de comparación. Para ello es necesario retomar a los debates sobre la calidad de la vida humana, en el contexto de las formas de intervención social y psicosocial que pueden permitir mejorarla y promoverla de forma colectiva.

The concept quality of life has a broad range of different meanings in common language. However, a scientific tradition exists considering quality of life as a well defined field of interdisciplinary research, with important psychosocial components. Such tradition has outstandingly contributed to basic and applied knowledge and some of its relevant axes are briefly presented. It has studyed social welfare, but it has mainly researched in depth the functioning of psychological well-being. At present there is a growing confusion when quality of life is considered a value, and therefore a goal of social aspirations. Even if shared aspirations participate of the psychosocial reality, we should not confuse it with a goal. Goals may be operationalised, and so be used as standards of comparision. But to be able to do so, we need to retake the debates on quality of human life, in the context of that kinds of social and psychosocial intervention that may allow us to improve and promote quality of life in a collective way.

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Correspondencia: Ferrán Casas. Institut de Recerca sobre Qualitat de Vida. Pl. S. Domènec, 9. 17071 Girona. España. E-mail: ferran.casas@pas.udg.es

VALORES POSTMATERIALES Y CONCEPTO DE CALIDAD HUMANA

La expresión calidad de vida se ha convertido en patrimonio del lenguaje cotidiano, en el que más que con un significado preciso, se utiliza como un término de uso polivalente, que alude a una amplia diversidad de situaciones valoradas muy positivamente o consideradas deseables para las personas o para las comunidades humanas.

Aunque el economista Pigou ya había propuesto su uso, allá por 1932, y Thorndike calculó el primer índice de calidad de vida para 310 ciudades de los EUA en 1939, las acepciones actualmente más al uso sobre calidad de vida aparecen con los grandes debates sociales y científicos de finales de los años 60, iniciados en Norteamérica y propagados rápidamente por Europa occidental.

El análisis de Inglehart (1977; 1990) sobre lo que él denomina la crisis de valores en la sociedades industriales avanzadas, y la consecuente expansión de las aspiraciones orientadas por los valores postmateriales, ofrece un marco interpretativo muy productivo del nuevo sentido que se le da al concepto calidad de vida a partir de la segunda mitad de la década de los 60 (Casas, 1996).

A partir de ese período, la calidad de la vida humana, vista en perspectiva macrosocial, rompe su fundamentación exclusivamente centrada en las condiciones materiales de vida (y, en definitiva, económicas), para empezar a entenderse como fuertemente impregnada de componentes que empiezan a denominarse equívocamente subjetivos, y que, en definitiva son psicosociales (Blanco, 1985; Casas, 1989; 1996).

El debate filosófico-ideológico más específico sobre la calidad humana empezó a tener especiales resonancias en Europa a partir de los debates y publicaciones promovidos por el autodenominado Círculo de Roma (más conocido como el Club de Roma). Cuando Peccei (1976) define como objetivo primordial de la humanidad perfeccionar la calidad de la persona humana, nunca acaba de definir muy bien qué entiende por calidad. Conceptos como capacidad de la población y renovación humana, son próximos a la idea de calidad, y los plantea como retos o aspiraciones colectivas. Quizás la divulgación de información apropiada para mejorar las condiciones de vida en el planeta fuera para Peccei una de las cuestiones más nucleares. Incluso llegó a proponer para ello una publicación periódica que se titulara Informaciones a los ciudadanos del mundo.

Peccei (1976) propuso seis misiones para la humanidad, para comenzar a perfeccionar la calidad de la persona humana a escala planetaria:

- Conocer y dar a conocer los límites exteriores, particularmente los biofísicos, que se oponen a la expansión de la presencia y actividad del hombre, dado que la Tierra no tienen una capacidad ilimitada de sostén de la vida.

- Conocer y dar a conocer los límites interiores, es decir, los de las capacidades físicas y psíquicas del hombre. El hombre "civilizado" parece haber perdido capacidad de reaccionar a agentes exteriores, y tiene cada vez más necesidad de proteger su organismo y su salud por medios artificiales.

- Conocer y preservar la herencia cultural, tanto del patrimonio de la humanidad, como en el sentido de defender y preservar la identidad cultural de pueblos y naciones.

- Promover una comunidad mundial, para la instauración de un orden mundial estable, no basado en instituciones que tienden a perpetuarse.

- Promover un hábitat humano, es decir, ser capaces de conjugar el enorme crecimiento demográfico del planeta, que conlleva la expansión de las megápolis inhabitables, con la reordenación de los territorios, sin hacer desaparecer las zonas verdes.

- Reorganizar el aparato productivo mundial, para que el sistema económico pueda servir efectivamente a aquella comunidad mundial que emerja de las transformaciones planetarias, que verosímilmente ocurrirán durante el próximo porvenir.

La extrapolación de la calidad humana individual a la social catapultó rápidamente el concepto calidad de vida como valor, pero también como idea aglutinadora de aspiraciones colectivas ampliamente compartidas, de anhelos de cambio social a mejor. A partir de ahí, el reto social de la calidad, se implanta como un objetivo, tanto para el desarrollo de políticas, como de intervenciones profesionales en muchos ámbitos, incluido particularmente el de las políticas sociales en su más amplia acepción.

La calidad como objetivo y como proceso empezará a tener desarrollos concretos según el ámbito de actuación en el que sea adoptado. Pero en cada ámbito estará obligada a buscar las formas de conciliarse con los desarrollos previos, sean de carácter científico, político o técnico. De ahí que su significado concreto en diferentes ámbitos sea, en la actualidad, sensiblemente distinto.

En algunos ámbitos la cuestión de la calidad de los logros empezó como una reflexión alternativa a la cantidad. Ello conlleva importantes polémicas incluso en el seno de las ciencias sociales (Demo, 1985). Actualmente, los debates más productivos han dado esta confrontación por superada, abandonando una significación de la calidad por oposición a algo, para adquirir entidad por sí misma.

En el terreno de la práctica política y profesional de la intervención social (a esta última se la acostumbra a denominar práctica técnica en las administraciones públicas españolas) la noción de calidad se fue identificando con la de calidad de los servicios prestados, que inmediatamente se relacionó con mediciones de la satisfacción de los usuarios.

En el mundo y en psicología de las organizaciones se viene insistiendo en el concepto de calidad total, como noción que abarca tanto la calidad objetiva de los productos y servicios, como la satisfacción de todos los implicados, incluidos los usuarios o consumidores.

La magia de la calidad ha llegado a ser muy confusa cuando se aplica a la vida. En definitiva, cuando hablamos de calidad de vida como realidad observable y no tanto como valor o aspiración, el significado que le damos se refiere a ………

- Disponer de muchos productos de calidad.

- Vivir rodeados de un entorno (medio ambiente) de calidad.

- Apreciar que hay calidad en los distintos ámbitos de nuestra vida (tema que conlleva la pregunta: ¿en qué ámbitos? ¿cuáles son básicos para toda persona?).

- Poder satisfacer las propias aspiraciones de confort o bienestar.

- ………………….?

En la literatura científica se pueden identificar definiciones precisas de calidad de vida, pero ello no significa, en absoluto, que haya un acuerdo. Distintas disciplinas científicas utilizan concepciones diversas, habiendo sido a veces notorio el desacuerdo (cuando no incluso enfrentamiento abierto), por ejemplo, entre economistas y psicólogos sociales (Casas, 1989). Tras algunos de tales debates aparecieron posturas muy radicalizadas (psicologistas o economicistas), desestimando el valor de los datos aportados por la contraparte, y alejándose de posturas pluralistas e interdisciplinarias que hoy resultan ya inexcusables para avanzar en el estudio y la mejora de la calidad de vida en cualquier entorno.

También en el seno de cualquier disciplina interesada por la calidad de vida podemos encontrar distintas corrientes y formas de conceptualizarla (lo cual, en la actualidad, es evidente tanto en las ciencias sociales, como en las ciencias de la salud). Es cada vez más frecuente, por ejemplo, encontrar literatura especializada sobre calidad de vida de pacientes de enfermedades concretas (cardiacas, oncológicas, diabetes, trasplantes, etc.) en la que nadie se interesa por el punto de vista de los sujetos de la enfermedad, y ni siquiera se plantean preguntarles nada. Si su vida tiene o no calidad parece depender sólo de las atribuciones de calidad que hacen los expertos. Esta postura resulta inadmisible desde la perspectiva psicosocial de estudio de la calidad de vida que nació a finales de los años 60 y que la concibe necesariamente como un ámbito de estudio multidisciplinar.

Entre las propuestas de definiciones científicas encontramos asimismo las de autores que consideran los conceptos de bienestar, bienestar psicológico, bienestar subjetivo, satisfacción vital u otros, como intercambiables con el de calidad de vida. En cambio, para otros calidad de vida es un concepto de orden superior, que subsume a todos los demás (Diener, 1984; Rice, 1984; Cheng, 1988; George, 1992; Evans, 1994). En tanto que otros autores, en fin, han destacado que a pesar de las diferentes definiciones hay alta interrelación entre estos constructos (Costa y McCrea, 1980; Faden y Leplège, 1992; Pavot y Diener, 1993).

DIMENSIONES PSICOSOCIALES DE LA CALIDAD DE VIDA

Lo que resulta indiscutible es que desde el denominado movimiento de los indicadores sociales nació, primero en los EUA y después en Canadá y Europa, una sólida conceptualización teórica de la calidad de vida desde posicionamientos psicosociales (Evans et al., 1985; Casas, 1989), que se consolidó con las dos grandes obras aparecidas el año 1976: La de Andrews y Whitey (1976) y la de Campbell, Converse y Rodgers (1976). Para esta corriente, hablar de calidad de vida, hace innecesario hablar de bienestar social, porque aquel concepto integra éste último. El bienestar social representa las condiciones materiales, objetivamente observables de la calidad de vida. La calidad de vida es función del entorno material (bienestar social) y del entorno psicosocial (bienestar psicológico; y a menudo otros componentes, dependiendo del autor)(Casas, 1989; 1996).

Esta formulación abre las puertas a un nuevo tipo de debate: ¿Qué dimensiones componen el entorno psicosocial, que participa en la calidad de vida? Mientras que algunos autores plantean una única dimensión (generalmente denominada bienestar subjetivo o bienestar psicológico), otros defienden la necesidad de considerar varias. Por ejemplo, Lawton (1983), postuló la necesidad de estudiar por separado la competencia conductual, la calidad de vida percibida y el bienestar psicológico, como componentes distintos de la calidad de vida, además del entorno objetivo.

Sin embargo, insistamos, esta concepción de la calidad de vida integrativa del bienestar social no es la única imperante en la actualidad ni en la cancha internacional, ni entre los científicos y profesionales de la intervención social españoles. Por lo que, una solución que para unos puede ser redundante, pero para otros resulta clarificadora, es hablar conjuntamente de bienestar social y calidad de vida. De todas formas, vamos a ver con más calma las implicaciones de todas estas consideraciones.

Entre nosotros, la revisión pionera que realizó Blanco (1985) sobre la calidad de vida, dejó fuera de toda duda las múltiples implicaciones psicosociales del concepto, que planteó articuladamente con su contexto socio-político, y en su proceso histórico. Este trabajo tuvo su broche en el capítulo siguiente sobre evaluación de la calidad de vida (Blanco y Chacón, 1985), en el que se repasaban distintos instrumentos de medición de carácter relativamente macrosocial.

Con todo, después de tan notorio inicio, la literatura psicosocial española parece haber eludido pronunciamientos más precisos acerca de la calidad de vida como ámbito de intervención, barajándola muy a menudo como componente asociado a ámbitos consolidados. Así, en distintos congresos o jornadas encontramos ámbitos denominados medio ambiente y calidad de vida; salud y calidad de vida; calidad de vida laboral.

No faltan encuentros científicos y publicaciones en los que, sea la calidad de vida, sea el bienestar social, se identifican con un amplio abanico de ámbitos de intervención social (es decir, de realidades sociales sobre las que se quieren lograr cambios a mejor), tradicionalmente vinculados a las políticas sociales. Por ejemplo, en las I Jornadas Internacionales de Política Social y Calidad de Vida, celebradas en Granada en marzo de 1994 (Gualda, Delgado y Rodríguez Fernández, 1995), se adoptaron las siguientes áreas temáticas:

- Infancia y familia.

- Mujer.

- Personas de edad avanzada.

- Personas con discapacidad.

- Drogodependencias.

- Marginación social en las grandes ciudades.

- Migraciones.

- Pobreza y exclusión social.

- Educación.

- Participación ciudadana.

- Intervención comunitaria.

- Evaluación de programas.

- Planificación estratégica.

- Inciativa social y gestión de recursos.

- Metodología de la intervención.

- Ciudades saludables.

Por contraste, la calidad de vida, como también el bienestar, aparecen en innumerables ocasiones como objetivo, ya no sólo de cambio o mejora social (es decir, del trabajo interventivo psicosocial), sino de la propia disciplina psicológica o psicosocial.

En su famoso discurso de toma de posesión como presidente de la A.P.A., en 1969, G.A. Miller defendió una psicología como medio de promoción del bienestar humano, asignándole un papel revolucionario, refiriéndose al reto del psicólogo por alcanzar un mayor compromiso de psicólogo con la realidad social en que vive, y particularmente con los problemas sociales de nuestro tiempo. Uno de los caminos que apuntó, fue la incidencia sobre la opinión pública en general, mediante una nueva concepción de qué es posible y deseable. Para, en última instancia plantear que es necesario hacer entrega de la psicología a quienes la necesitan realmente, y eso significa entregarla a todos. (Texto reproducido en Murphy, John y Brown, eds., 1985).

Para autores como Iscoe y Harris (1984), la intervención psicosocial tiene como propósito la mejoría de la condición humana a través de esfuerzos dirigidos principalmente hacia la asistencia de los pobres, menos privilegiados y dependientes para enfrentarse con los problemas y mejorar o mantener una calidad de vida.

Bloom (1980) la define como cualquier intervención (preventiva o restauradora) que intente tener un impacto en el bienestar psicológico de un grupo de población definido.

Mientras que Kelly et al. (1977) definieron la intervención social como influencias, planificadas o no, en la vida de un grupo pequeño, organización o comunidad (para) (...) prevenir o reducir la desorganización social y personal y promover el bienestar de la comunidad.

Y, por poner un último ejemplo, Barriga, León y Martínez (1987) afirmaron que la intervención social halla su justificación tanto en una sociedad en desequilibrio (solucionando problemas), como en una sociedad que se desarrolla (promocionando la calidad de vida) hacia niveles cada vez mayores de plenitud humana.

La noción de calidad, al menos entre algunos autores psicosociales, contiene más un sentido de tendencia hacia, que de objetivo concreto. Se refiere a una tendencia utópica (a menudo en el sentido freiriano de inédito viable), inalcanzable en sus últimas consecuencias porque señalan un camino concreto que va hacia una meta borrosa, que a veces denominamos objetivo último (por ejemplo, cuando en las definiciones de prevención primaria se la identifica con un conjunto de actuaciones con el objetivo último de mejorar el bienestar y la calidad de vida de una comunidad; Casas, 1994; 1996).

El logro de la felicidad (dimensión más afectiva, en los estudios sobre bienestar psicológico) y de la satisfacción (dimensión más cognitiva) con la vida, o con determinados ámbitos de la vida (todo lo cual forma parte de la noción psicosocial de calidad de vida), parecen corresponderse a aspiraciones respetables y valores consensuables desde una racionalidad moral (racionalidad psicosocial, en el sentido weberiano), que abre las puertas a una utopía psicosocial crítica, que se corresponde con la dimensión crítica o utópica de la psicología social que se orienta por un modelo de hombre psicosocial (Fernández Dols, 1990). Utopía y crítica son un par de conceptos epistemológicamente implicados (Munné, 1984).

CALIDAD DE VIDA Y BIENESTAR SOCIAL

El bienestar social se refiere al orden social para promover la satisfacción de las necesidades individuales que son compartidas, así como a las necesidades pluripersonales. El gran esfuerzo que caracteriza muchas investigaciones sobre el bienestar social es la búsqueda de mediciones objetivas sobre situaciones observables, que permitan la comparación, y, en consecuencia, la detección de las desigualdades sociales.

Se han definido como características del bienestar social (Moix, 1980):

- la objetividad, es decir, se refiere a condiciones y circunstancias objetivas de una realidad social.

- el hecho de ser una realidad externa, es decir, apreciable por los demás.

- el hecho de partir de unos mínimos, es decir, de lo que se considere indispensable.

Existen diversas acepciones del concepto bienestar social. Al igual que el de calidad de vida, se refiere también a situaciones valoradas positivamente o consideradas deseables, o bien, en un sentido social amplio, al hecho de ir las cosas bien, o ir las cosas a mejor. De hecho, los términos ingleses que indistintamente traducimos por bienestar, tienen una etimología connotada positivamente: "wel-fare", alude a ir por buen camino, señalando una dimensión material y socialmente amplia, mientras que la de well-being, estar o sentirse bien, señala una dimensión más psicológica o psicosocial. Recientemente se ha introducido en el debate científico anglosajón el concepto well-becoming, cuando se quiere poner énfasis en los objetivos o aspiraciones que se pretenden lograr a lo largo de un proceso. Desde luego, en las lenguas latinas, esta riqueza de matices se pierde y se confunde en un conglomerado de sentidos diversos (Moix, 1980; Casas, 1989; 1996; Amérigo, 1993).

A lo largo de su desarrollo histórico es posible identificar tres procesos de conceptualización diferenciados que se refieren al bienestar social y la calidad de vida: Un desarrollo que se ha dado más en el mundo académico, otro en un ámbito de concreción de las políticas sociales, y otro en el terreno de los objetivos, valores y aspiraciones que orientan distintos debates ciudadanos (políticos o sociales).

Aunque estos desarrollos pueden ser concebidos como contrapuestos, también puede hacerse una lectura de los mismos como complementarios. En todos ellos subyace la idea de conseguir cambios sociales positivos, es decir, transformaciones de la realidad a través de distintas prácticas políticas y profesionales que consigan cambios en las dinámicas sociales que puedan consensuarse que van a mejor, conscientes de que la consideración a mejor está cargada de contenidos ideológicos y de intereses y expectativas a veces contrapuestos, pero a veces negociables y consensuables.

Es posible, e incluso coherente y relevante como propósito, aprovechar los conocimientos y debates desarrollados desde las distintas perspectivas que hemos planteado para abrir nuevas vías de trabajo en torno a este amplio ámbito que podemos denominar bienestar social y calidad de vida. De hecho, esta propuesta no es novedosa, porque con una etiqueta más breve, poniendo sólo calidad de vida, es lo que ya viene haciendo Alex Michalos y su escuela, buena parte de cuya línea de trabajo se refleja en los artículos aparecidos en la revista Social Indicators Research en su ya dilatada trayectoria. Perspectiva posteriormente asumida y concretada en cooperaciones interdisciplinarias por parte de la ISQOLS (International Society for Quality of Life Studies).

Desde hace pocos años una pregunta que ha ido levantando nuevas curiosidades en espacios políticos y científicos a la vez es: El bienestar que proporciona o dice proporcionar el Estado del Bienestar, ¿cuánta felicidad proporciona realmente a los ciudadanos? (Veenhoven, 1991). En este planteamiento aparece una contraposición no sólo de aspectos sociales versus individuales del estar bien, sino también de aspectos macropolíticos versus micropolíticos, de aspectos supuestamente objetivos y objetivables versus aspectos supuestamente subjetivos de la vida de las personas, y más específicamente, de la racionalidad de la planificación social versus las percepciones y juicios de valor que las personas tienen acerca de su propio bienestar.

Estas confrontaciones, que aluden a cuestiones y debates reiteradamente presentes en la historia de la psicología social, aunque sea en otros ámbitos, apuntan precisamente hacia un espacio con dimensiones netamente psicosociales, en el que concurren conocimientos desarrollados desde perspectivas y disciplinas distintas, y en el que es posible avanzar en nuevos desarrollos más integrativos conceptualmente.

CALIDAD DE VIDA Y BIENESTAR PSICOLÓGICO

Algunos autores han definido el bienestar psicológico o la calidad de vida como un continuum entre bienestar y malestar, o entre una situación positiva y una negativa. Sin embargo hay abundante evidencia científica de que no funciona así, ya desde los trabajos de Bradburn (1969) en los que demostraba que los afectos positivos y los afectos negativos como componentes del bienestar o de la calidad de vida funcionan de manera independiente, es decir, no correlacionan entre sí.

Una discusión importante en la tradición de estudio del bienestar psicológico se refiere a la relación existente entre el bienestar global con la propia vida y el bienestar considerando la vida como dominios o ámbitos (familia, trabajo, salud, ocio, amistades, etc.). El nacimiento de los estudios sobre bienestar está estrechamente vinculado al bienestar global de las personas considerando la vida como un todo. Paralelamente, el estudio con profundidad de distintos aspectos de la vida ha sido muy productivo (piénsese en la satisfacción con el trabajo, o con la relación de pareja). El famoso modelo inicial de Andrews y Withey (1976) fue superado en poco tiempo, al demostrarse que el funcionamiento multidimensional del bienestar no quedaba reflejado en una simple suma de los bienestares de cada ámbito de la vida. Ello dio lugar a modelos teóricos cada vez más complejos (como por ejemplo, el de la TDM, Teoría de las Discrepancias Múltiples, de Michalos, 1985; 1986; 1991; 1995).

Entre las características que se atribuyen al fenómeno denominado bienestar psicológico, como campo de estudio científico, destacan tres:

a) se basa en la propia experiencia del individuo, y en sus percepciones y evaluaciones sobre la misma. Aunque su contexto físico y material de vida se admite que influye sobre el bienestar psicológico, no es siempre visto como parte inherente y necesaria del mismo.

b) incluye medidas positivas, y no sólo (la ausencia de) aspectos negativos. Ello distancia este campo de estudio de los enfoques tradicionales sobre salud mental. La relación entre aspectos positivos y negativos es un tema de preocupación por parte de los estudiosos del bienestar psicológico, dado que dista aún mucho de ser bien comprendida. Actualmente ambos aspectos están contemplados de una manera u otra en casi todos los modelos teóricos propuestos los años recientes (Evans, 1994; Parmenter, 1994).

c) incluye algún tipo de evaluación global sobre toda la vida de una persona (a menudo denominada satisfacción vital).

Si nos centramos en el bienestar psicológico como dimensión de la calidad de vida, un autor que ha contribuido de forma destacable a situar los aspectos teóricos del concepto es Diener (1984), al reflexionar sobre los antecedentes filosóficos y las perspectivas teóricas que se pueden identificar en el estudio del que él denomina bienestar subjetivo, y que considera equivalente a la felicidad. Este autor analiza las siguientes perspectivas:

- teorías finalistas o teleológicas: el bienestar se consigue cuando se logra un estado o situación perseguido, que resulta ser un objetivo u aspiración.

- teorías del placer-dolor: el bienestar es el resultado de determinadas combinaciones entre el placer y el displacer.

- teorías de la actividad: el bienestar es un producto de la actividad humana "bien hecha".

- teorías del top-down versus bottom-up, que plantean relaciones y procesos entre predisposiciones personales a la felicidad, y la acumulación de experiencias de felicidad (un análisis de la situación actual de estas teorías se encuentra en Kozma, Stone y Stones, 1997).

- teorías asociacionistas: consideran la felicidad a partir de una predisposición y en base a las redes asociativas en la memoria, al condicionamiento o a las cogniciones de cada cual.

- teorías de juicio, o teorías valorativas: consideran que la felicidad resulta de comparar unas situaciones estándar con las condiciones reales.

Según Diener (1984) todas estas perspectivas clásicas para entender la felicidad, se encuentran vivas, en formas visibles o más o menos encubiertas en las diferentes teorías científicas que han investigado el bienestar los años recientes.

Un repaso más actualizado y muy interesante de distintos aspectos psicosociales del bienestar psicológico, en perspectiva interdisciplinar, se encuentra en la obra coordinada por Strack, Argyle y Schwarts (1991).

La controversia entre la aproximación felicidad y la aproximación satisfacción, en el seno de la cual se iniciaron buena parte de los trabajos científicos de los años 60 y principios de los 70, se superó con los trabajos de Campbell (1976), cuando alertó sobre la baja explicación de la variancia que consiguen ambos procedimientos, cosa que invita a estudiar más factores. Paralelamente se llegó a la conclusión de que la aproximación felicidad había sido capaz de medir mejor los aspectos afectivos del bienestar (afectos positivos y negativos), mientras que la aproximación satisfacción había sido capaz de detectar mejor los aspectos cognitivos, por lo que una articulación entre ambas y entre sus respectivos instrumentos de medición se hacía imprescindible (Abbey y Andrews, 1985; Casas, 1989; 1996; Groenland, 1990; Headey y Wearing, 1991; Pavot y Diener, 1993).

Es así como, a pesar de la diversidad, la conclusión provisional apunta hacia que son los modelos basados en teorías del juicio los que más consolidación han conseguido, empezando con el modelo de Campbell, Converse y Rodgers (1976), que ya planteaba una multidimensionalidad que incluía medidas globales de felicidad o satisfacción vital. La famosa TDM de Michalos es un modelo que recuerda bastante el de Campbell, Converse y Rodgers, aunque es mucho más minucioso con los mecanismos de contrastación de las discrepancias. En este tipo de modelos el problema de fondo es siempre cuáles son los estándares de comparación que se supone que adoptamos habitualmente o idóneamente, al emitir un juicio de bienestar (Evans, 1994).

Para mediciones globales de la calidad de vida, hubo una primera época entre los psicólogos sociales en que abundaron las posturas psicologistas radicales, afirmando que la calidad de vida es fundamentalmente subjetiva (Cheng, 1988; Casas, 1989; Chaturvedi, 1991). Poco a poco parece que el cauce de las aguas ha vuelto a la normalidad, y hoy son mayoritarios los autores que defienden que la calidad de vida debe medirse mediante combinaciones de indicadores de condiciones materiales (objetivos) y psicosociales (subjetivos) (Allen, 1991; Casas, 1996).

Con los años se ha ido consolidando la postura de que, tanto la calidad de vida como el bienestar psicológico, deben ser tratados como conceptos multidimensionales. Ello no quita que abunden y sigan siendo productivos los estudios unidimensionales sobre satisfacción vital, es decir, aquellos en que se indaga las percepciones del sujeto sobre su propia vida como un todo (una revisión más reciente al respecto se encuentra en Veenhoven, 1994). Muchos de los modelos utilizados, tanto uni como multidimensionales, disponen de protocolos estandarizados que han sido incluso aplicados a estudios transnacionales, comparando resultados entre países. Un repaso de distintos tipos de estudio desarrollados las últimas décadas puede encontrarse en Evans (1994), quien propone un modelo básico de estudio a la luz de los distintos resultados obtenidos hasta la fecha.

CONCLUSIONES

En las discusiones en torno al Estado del Bienestar, a nivel macrosocial, y en los debates más profesionales relacionados con la intervención social y psicosocial, a un nivel mucho más específico, el problema de los objetivos y valores que han de orientar la acción ha sido un tema de creciente debate. La calidad de vida cada vez recibe más a menudo la atribución de objetivo último en cualquiera de estos niveles de discusión.

Calidad de vida además de ser un objeto de estudio concreto como componente de la realidad social, se ha convertido también en un objetivo difuso y abstracto de aspiraciones sociales extraordinariamente diversas.

Hoy en día parece de perogrullo decir que los objetivos del Estado del Bienestar se centran o deben centrarse en mejorar el bienestar y la calidad de vida de todos los ciudadanos, porque suena a tautología de discurso político, aunque esta definición podamos encontrarla en algunos manuales. El bienestar social se ha ido asociando a otros conceptos entre los que destacan precisamente la satisfacción de los ciudadanos y la calidad de vida a un nivel social amplio; y con el bienestar psicológico y la felicidad en un nivel más personalizado. Los debates e intentos de definición y medición de estos conceptos "próximos" o asociados al bienestar social, han sido netamente incorporados en muchos discursos, hasta el punto que se utilizan, sea como sinónimos (como ocurre frecuentemente con la calidad de vida), sea como valores asumidos e integrados en el concepto de bienestar social cuando se le considera más globalizante (como ocurre en ciertos discursos políticos sobre el Estado del Bienestar).

A medida que el término calidad ha devenido más un objetivo genérico (como lo ha sido el de progreso), convirtiéndose en una especie de bandera polivalente, su contenido conceptual ha quedado cada vez más confuso.

En psicología social y en ciencias sociales disponemos de una tradición que científicamente ha sido muy productiva y algunos de cuyos avances pueden considerarse hoy por hoy bien consolidados. No es la única y posiblemente tampoco la que tiene más seguidores. El hecho que esté decididamente abierta a planteamientos multidisciplinares la hace turbulenta. Con todo, creemos que considerar la calidad de vida como una función conjunta del entorno material y del entorno psicosocial es el único planteamiento que hace posible abordar la realidad en toda su amplitud y complejidad, reconociendo a las personas "objeto de estudio" como sujetos de una realidad sobre la que ellos también tienen conocimientos válidos, y comprometiéndose en unas dinámicas sociales y políticas que quieren ser democráticas, participativas y promotoras de profundo respeto a los derechos humanos.

Consolidar científicamente esta perspectiva puede haber llevado, sin duda, a una tecnificación de diversos aspectos de su estudio y comprensión. Es por ello que quizás, después de haber debatido mucho sobre el significado de calidad, debiéramos dedicar más energías a debatir la parte del concepto que parece obvia, "de vida", y aunque las teorías sobre Gaia puedan argumentar que vida y vida humana son obviamente inseparables, prestar más atención y profundizar en la perspectiva "de vida humana".

La tradición de estudio sobre calidad de vida en que me he posicionado se interesa destacadamente y desde sus inicios por las percepciones, evaluaciones y aspiraciones de las personas, y por ello ha dedicado grandes esfuerzos a su estudio (Casas, 1996).

Su investigación ha sido tanto básica como orientada a desarrollar aplicaciones. Ambos aspectos de la investigación, complementarios e indisolubles, podemos considerarlos históricamente jóvenes, porque los estudios sobre la calidad de vida invirtieron sus dos primeras décadas de existencia en muchos debates internos que limitaron su perspectiva.

Hoy en día, no obstante, su abordaje de la complejidad y su vocación interdisciplinar lo han consolidado como un campo con un amplísimo abanico de aplicaciones, que van desde el turismo a las finanzas, y desde el medio ambiente a los sistemas de protección social.

En el ámbito de las políticas sociales, la perspectiva de la calidad de vida se hace claramente incómoda a muchos seguidores de viejas dinámicas. Por una parte, porque dan un gran valor a la perspectiva y a la opinión del usuario de servicios, desmontando las clásicas atribuciones devaluadoras de los mismos por "subjetividad", y apuntando hacia la participación y la proactividad. Por otra, porque su óptica globalizante obliga a referirse a la interdisciplinariedad y a la integralidad, cuando las políticas integrales siguen siendo una asignatura pendiente. Si bien es cierto que cada vez disponemos en nuestro país de más documentos con la denominación de "planes integrales", también lo es que en una amplia mayoría la "integralidad" se entiende de forma decididamente restrictiva y parcial.

Quizás se el momento de recordar, para concluir, aún otras ventajas que la perspectiva de la calidad de vida nos ofrece en particular a los psicólogos, y que como ya he apuntado en otros lugares (Casas, 1996) sugieren la conveniencia de incorporarla más decididamente en el amplio ámbito de la intervención psicosocial:

- permite la incorporación de una perspectiva claramente positiva en un campo profesional lleno de conceptos con cargas semánticas negativas (problemas sociales, marginación, inadaptación, pobreza, malos tratos, etc...), lo cual repercute sin duda en la configuración de la cultura profesional de aquellos que trabajan en la intervención social.

- clarifica las posibles y necesarias aportaciones que en el terreno aplicado puede desarrollar el profesional de la psicología, al tratarse de un concepto con inexcusables componentes psicosociales.

- hace posible que los profesionales no se queden atrapados en la transmisión involuntaria de una visión únicamente pesimista del mundo, lo cual organiza defensas de los ciudadanos ante los propios profesionales.

- permite articular lo individual y lo social, ya que establece conexiones inexcusables entre el bienestar psicológico y las dinámicas psicosociales.

- Se sitúa en el terreno de la promoción y la prevención en su sentido más amplio, siendo perfectamente asumible desde perspectivas comunitarias y desde dinámicas interdisciplinares.

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