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Diciembre , nº 7 , 1982 Copyright 1982 © Papeles del Psicólogo
ISSN 0214 - 7823

UNA APORTACIÓN DE LA PSICOLOGÍA DE LA INTERVENCIÓN AL REPLANTEAMIENTO DE LOS ESTUDIOS DE PSICOLOGÍA EN ESPAÑA

Ramón Bayés

Profesor del Departamento de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona

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Trabajo presentado en la Reunión Nacional sobre Intervención Psicología celebrada en Murcia, Marzo-Abril, 1982.

En fechas recientes, diversos autores (Bayés, 1974, 1979a, 1979b, 1980, 1982; Campos y Aguado, 1977; Cruz Hernández, 1981; Delclaux, 1980; Delval, 1980; Ferrándiz, 1980; García-Hoz Rosales y Delval, 1976; Labrador, 1981; Ortega y Picazo, 1980; Siguán, 1978) han señalado la necesidad de que en nuestro país se lleve a cabo un replanteamiento de los estudios de Psicología que abarca, según los casos, desde una reestructuración a fondo de los actuales planes de estudio de licenciatura o la elaboración de programas sistemáticos para la formación de investigadores, hasta la búsqueda de nuevos sistemas didácticos capaces de hacer frente, con mayor eficacia que los actuales, a la situación por la que atraviesa la enseñanza de la Psicología en nuestras Universidades: masificación del alumnado, escasez de medios económicos, etc., situación que se encuentra, sin duda, agravada por la falta de continuidad histórica de nuestra tradición psicológica (Carpintero, 1980, Yela, 1976) y por los problemas metodológicos y epistemológicos que afectan, en todo el mundo, a nuestra disciplina (Pinillos, 1980; Ribes, 1982a; Seoane, 1982).

Aún cuando no hay duda de que las tecnologías didácticas elaboradas dentro de la que se ha denominado Psicología de la Intervención (Genovard, 1980; Pelechano, 1980, 1981), pueden proporcionar a la enseñanza superior una ayuda valiosa (Bijou y Rayek, 1978; Whaley y Malott, 1971), en la presente comunicación -necesariamente limitada- centraremos su posible aportación en la ayuda que representa dicho enfoque para el planteamiento de algunas preguntas fundamentales. Como ha señalada Speller (1978), aún cuando el uso sistemático del sistema de instrucción personalizada de Keller, por ejemplo, permita obtener, en muchos casos, notables ventajas académicas -perfecto dominio de la información proporcionada, adquisición o mejora de hábitos de estudio, etc.-, de hecho, no cuestiona los contenidos de la enseñanza: se enseña lo mismo que antes pero con mayor eficacia. Sin despreciar en absoluto la forma -problema al que hemos dedicado nuestro esfuerzo en otras ocasiones- consideramos que debemos afrontar -o, por lo menos, que debemos tratar de afrontar- las preguntas previas: ¿Qué es lo que debemos enseñar? Y ¿por qué debemos enseñar esto y no otra cosa?.

Algunos autores que trabajan dentro del campo conductual, como Ulrich (1973), han tratado de contestar estas preguntas inductivamente, mediante un simple acercamiento empírico de los estudiantes y profesores de Psicología a los problemas concretos que afectan a la sociedad. Otros, como Ribes, han enfocado el problema con una óptica, a nuestro juicio, más coherente y sistemática en la que este acercamiento del futuro psicólogo a los problemas reales de la sociedad no sólo no se desdeña sino que se encuentra convenientemente programado con base a un plan previamente establecido (Ribes, Fernández, Rueda, Talento y López, 1980).

En todo caso, consideramos que la Psicología de la Intervención, con su énfasis en la fijación de objetivos, no puede proporcionar una ayuda valiosa. En efecto, si intentamos resolver el problema desde esta perspectiva, la primera pregunta a la que tendremos que encontrar respuesta será, probablemente: "¿Qué finalidad perseguimos con nuestra carrera de Psicología?"; y si la contestación que recibimos es "Formar Psicólogos", la pregunta siguiente surgirá con rapidez: "¿Qué debe decir y hacer un estudiante al terminar la carrera para que podamos decir que es un psicólogo?", e inmediatamente se planteará otra: "Si el estudiante dice y hace estas cosas, "¿qué función social está preparado para cumplir?". En otras palabras, si defendemos la necesidad de unos estudios de Psicología y pedimos a la sociedad medios económicos adecuados para su docencia e investigación, en mi opinión, demos encontrarnos dispuestos a: a) demostrar que los psicólogos cumplen una función social necesaria; b) demostrar que esta función es diferente de las demás carreras previamente establecidas; y c) que las soluciones y resultados que aportan los licenciados en Psicología, son mejores que los que ofrecen los profanos. Personalmente, estamos convencidos de que en los momentos de crisis económica por los que atravesamos y dada la gravedad de los problemas de todo tipo a los que la sociedad tiene que hacer frente, estas demostraciones tienen que ser empíricas y que los argumentos meramente especulativos y racionales son insuficientes. Más directamente preguntamos: "¿Qué debe saber y hacer un psicólogo para que pueda cumplir una función profesional eficaz y, a la vez, diferenciada tanto de la que pueden asumir los profanos como de la que ofrecen los demás licenciados que se están formando, paralelamente, en nuestras Universidades?". A mi juicio, una respuesta operacional y verificable a esta pregunta debería constituir el objetivo terminal de una carrera de Psicología, y los planes de estudio de la carrera deberían elaborarse hacia atrás a partir de ella.

En general, esta no es la forma como tradicionalmente se suele enfocar el problema. Normalmente, se parte de la base de que la Psicología es una ciencia, la Ciencia de la Conducta -escamoteando, en muchas ocasiones, el hecho de que las diferentes escuelas y tendencias psicológicas no suelen todavía estar de acuerdo en una definición del término clave "conducta"- y a partir de este aserto se pretende construir un edificio curricular lógico que adquiere un aspecto muy diferente según el constructor esté adscrito a la Psicología del Aprendizaje, por ejemplo, o las modernas teorías cognitivas. En otras palabras, aún cuando los contenidos varíen se suele pensar primordialmente en la Psicología como e un saber académico que es preciso cultivar, como en un invernadero, dentro de la Universidad y que, posteriormente, puede dar lugar a diversas aplicaciones cuya responsabilidad de formación es por lo menos dudoso que deba corresponder al quehacer universitario. Se trata, desde luego, de una opción legítima pero no es ni la única opción ni tampoco incompatible con la existencia de otras alternativas igualmente legítimas y, en mi opinión, socialmente más urgentes y necesarias.

A mi juicio, no pueden olvidarse los siguientes hechos:

1º) Algunos de los problemas sociales que podrían beneficiarse de una acción psicológica son, entre otros, los que presentan: de dos a tres millones de toxicómanos -incluyendo el tabaco y el alcohol-; entre 300.000 y un millón de niños retardados; unas 500.000 personas afectadas de problemas psiquiátricos, un 40% de enfermos ambulatorios que no siguen las prescripciones médicas, personas afectadas por disfunciones sexuales no orgánicas, cambios de hábitos alimenticios, inmigración, bilingüismo, agresividad, etc. Aunque estos problemas no son únicamente psicológicos, no hay duda de que el psicólogo podría aportar conocimientos y técnicas que ayudaran, en clara acción multidisciplinar, a su mejoramiento o erradicación.

2º) En los momentos actuales, si la Universidad no asume con plenitud la responsabilidad de formar psicólogos aplicados -en la misma medida que forma médicos, abogados o ingenieros- nuestros estudiantes sólo podrán adquirir esta formación: a) en el extranjero; b) en cursillos, normalmente caros, realizados en centros privados, con una garantía científica muy variables; y c) por ensayo y error, de forma autodidacta, con todo el riesgo social que esto representa.

3º) De forma secundaria podemos señalar que, de acuerdo con datos recientes procedentes de Estados Unidos (Stapp y Fulcher, 1981), por cada miembro doctor de la American Psychological Association que posee como área de especialización la Psicología Cognitiva, por ejemplo, existen 6 especializados en Psicología Social, 7 en Psicología de la Educación y 60 en Psicología Clínica.

4º) Esta tendencia a trabajar en un campo aplicado, especialmente el Clínico, es también patente entre nuestros estudiantes: el 72% de los estudiantes de psicología de la Universidad Complutense de Madrid desearían trabajar en psicología Clínica (Rabasa, 1978); lo mismo opina el 59% de los de la Universidad Central de Barcelona (López Feal y Malapeira, 1979); en cuanto a la Universidad Autónoma de Barcelona, la "Psicopatología" es considerada como la materia de estudio más atractiva. Estos datos son también coherentes con los procedentes de América Latina (Ardila, 1978). En otras palabras: la mayoría de nuestros alumnos que cursan estudios de licenciatura piensan en la carrera que les va a proporcionar una formación profesional.

En resumen, frente a una enseñanza básicamente teórica impartida en aulas y con contenidos sólo secundariamente relacionados con los problemas concretos de nuestra realidad social, sugerimos que, en plan de prueba, en alguna o algunas Universidades del país se establezcan unos estudios de licenciatura en Psicología cuyo objetivo fundamental sea la formación de profesionales especialmente adiestrados en investigar y resolver problemas prácticos, solos o formando parte de equipos multidisciplinares, en las áreas de mayor interés social. En estas Universidades, para que el estudiante pudiera recibir su título de licenciado debería demostrar, en condiciones supervisadas de situación real y no sólo con ejercicios de lápiz y papel, qué es capaz de hacer frente a las mismas con eficacia y desde una óptica genuinamente psicológica. Obviamente, con ello no se pretende en modo alguno degradar los estudios de Psicología separando las bases teóricas y epistemológicas, y la investigación básica, de la práctica, sino sólo invertir el orden de prioridades: en todo momento, el estudiante debería justificar conceptualmente sus elecciones y su actuación -y tendría, por tanto, que haber recibido la formación necesaria que le permitiera hacerlo- pero, ante todo, debería actuar, intervenir.

Hasta el momento, que sepamos, la única Universidad que ha intentado poner en funcionamiento un modelo de este tipo -por lo menos en los países de habla hispana- ha sido la Universidad Nacional Autónoma de México en su campus de Iztacala, el cual cuenta con una facultad de Psicología de unos 1.500 alumnos (Bayés, 1979a; Ribes, 1982a; Ribes et al., 1980). A pesar de que una serie de problemas surgidos últimamente pueden hacer difícil que en el futuro pueda llevarse a cabo una valoración justa y completa del proyecto (Ribes, 1982b), sugerimos que el mismo sea estudiado con cuidado por las personas que en nuestro próximo futuro deban responsabilizarse de la elaboración y mejora de los planes de estudio de la carrera de Psicología.

 

Referencias

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