PAPELES DEL PSICÓLOGO Vol. 39-2 Mayo - Agosto 2018

cos y otras instituciones de las que, ya de adulto, denunció prácticas de abuso que llevaron a su cierre. Desde la segunda mitad de los años cincuenta, un grupo de padres de diferentes ciudades de España habían comenzado a unirse para poder dar alguna respuesta a sus hijos e hijas con discapacidad intelectual, para evitar esa situación de institucio- nalización. A través de anuncios en los periódicos locales con- vocaban a reuniones a otras familias que tuvieran “hijos subnormales” para, juntos, poder dar alguna respuesta a sus deseos de una vida mejor para ellos. Esos padres querían que esos niños y niñas tuvieran una educación similar a la que reci- bían sus otros hijos e hijas sin discapacidad, pero la ley, ade- más de prohibirles asociarse –eran tiempos de dictadura-, no permitía a los maestros y maestras, bajo pena, atender en sus clases a niños y niñas que no fueran “normales” (López, 2014). De hecho, algunos colegios, entre ellos al que yo asis- tía, dejaron alguno de los espacios más alejados del centro pa- ra que comenzaran allí una educación especial, pero solo temporalmente mientras sus familias conseguían tener un cen- tro propio. Un buen día, en esos mismos tiempos en los que descubría el manicomio, a tres compañeros y a mí mismo (ca- da día tocaba a un grupo diferente) nos llevaron hasta el final de un pasillo por el que nunca íbamos, a compartir la mañana con un aula con cuatro niños que hasta entonces no habíamos visto y que a partir de ese día para nosotros tenían ya nombre propio. Realmente una práctica adelantada a su tiempo y una curiosa paradoja que ahora estemos en procesos de aulas es- pecíficas dentro de centros ordinarios. Esas familias que empezaron a asociarse y a construir recur- sos para esos niños y niñas con discapacidad intelectual, con apenas ningún medio ni ayuda y en un entorno sociocultural de actitud en muchas ocasiones hostil, estaban, sin saberlo, ha- ciendo historia, transformando la sociedad. Resulta extraño, a día de hoy, entender las duras condiciones sociales y culturales que tenían que afrontar, originadas, no necesariamente cons- cientes de ello, por sus propios convecinos e incluso por fami- liares, por el mero hecho, por ejemplo, de atreverse a salir a la calle con su hijo o hija “subnormal”, cuando lo esperado so- cialmente era que mejor esas situaciones se “escondieran” en casa o en una institución. Esas familias pioneras, valientes, lu- chadoras, iniciaban un camino, aún inacabado, para lograr la inclusión social de todas las personas que se veían entonces no ya solo excluidas sino en ocasiones directamente recluidas de por vida para el “bien” de la sociedad. Y en ese camino no tardó mucho en incorporarse la figura profesional de la Psico- logía. Jack Tizard, psicólogo neozelandés afincado en Inglaterra, fue una de las figuras pioneras de nuestra profesión en ver de otra manera la situación de las personas con discapaci- dades del desarrollo. En agosto de 1964 se celebró en Co- penhague un Congreso Internacional sobre el Estudio Científico del Retraso Mental y allí señaló Tizard (1964) el día a día de niños y niñas en salas de hospitales, con hasta 50 camas cada una, que eran pasados de mano en mano por diferentes profesionales del hospital que raramente esta- blecían relación o desarrollaban actividades de juego o edu- cativas con ellos, limitándose a realizar las tareas de vestido, higiene, comida, baño… como se haría en una lí- nea de montaje. La actividad del equipo profesional de en- fermería, también la del resto de servicios, con los niños y niñas era de mera observación pasiva que no generaba nin- guna consecuencia salvo en el caso de situaciones de no cumplimiento de las normas y la disciplina. Tizard denuncia- ba ante sus colegas de todo el mundo esta situación, lamen- tando que esos niños y niñas fueran tratados como objetos, sin ningún tipo de programa ni de expectativa de avance en sus diferentes condiciones “médicas”. En ese tiempo, el inte- rés de los profesionales se centraba en su inmensa mayoría en la descripción de nuevos síndromes o en descubrir y reve- lar nuevas características biológicas. Era inusual esa mirada de Tizard sobre el bienestar personal y social, esa denuncia de condiciones de máxima institucionalización que clara- mente en su opinión no procuraban ninguna oportunidad de desarrollo ni actual ni futuro a los niños y niñas que allí se encontraban. De alguna forma se comenzaba a vislumbrar en esos años sesenta un primer cambio de paradigma en los modelos de co- nocimiento e intervención en el campo de las discapacidades del desarrollo. Se iniciaba el paso de un modelo institucional basado en modelos clínicos y biologicistas a un modelo de in- tegración (no aún de inclusión, derechos y plena ciudadanía) (Bradley, 1994) en el que se consideraba que la persona no estaba enferma, que podía aprender habilidades básicas para funcionar mejor en su día a día, un modelo en el que el poder en la toma de decisiones sobre la práctica a desarrollar dejaba de estar exclusivamente en manos clínicas y pasaba a estar en los equipos de profesionales de la psicología, la pedagogía, el trabajo social. También coincidía que los conocimientos y re- cursos de intervención derivados de la teoría del aprendizaje comenzaban a ser considerados como herramientas válidas para favorecer la educación y el progreso del colectivo de per- sonas con discapacidad intelectual u otras discapacidades del desarrollo, tales como el hoy denominado Trastorno del Espec- tro del Autismo. Pero, si bien emergía esa corriente “educado- ra/rehabilitadora”, alejando la mirada “terapéutica”, la realidad en los servicios de atención a este colectivo de perso- nas todavía tenía incrustadas señales de una cultura clínica, así se observa por ejemplo en las denominadas “historias clínicas” (aún hoy existen) y en propuestas de intervención que sueldan el sufijo “–terapia” a sus nombres. Y así este territorio social y cultural es el que espera en nues- tro país a la incorporación de psicólogos y psicólogas que quieren orientar su profesión en el campo de la discapacidad. En los años setenta y ochenta, en que emerge en España un CALIDAD DE VIDA, INCLUSIÓN SOCIAL Y DISCAPACIDAD 114 S e c c i ó n M o n o g r á f i c a

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