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Papeles del Psicólogo es una revista científico-profesional, cuyo objetivo es publicar revisiones, meta-análisis, soluciones, descubrimientos, guías, experiencias y métodos de utilidad para abordar problemas y cuestiones que surgen en la práctica profesional de cualquier área de la Psicología. Se ofrece también como foro para contrastar opiniones y fomentar el debate sobre enfoques o cuestiones que suscitan controversia.

PAPELES DEL PSICÓLOGO
  • Director: Serafín Lemos Giráldez
  • Difusión: (Noviembre 2013)
         Media de difusión: 57.900 ejemplares
  • Periodicidad: Enero-Abril | Mayo-Agosto | Septiembre-Diciembre
  • ISSN: 0214 - 7823
  • ISSN Electrónico: 1886-1415
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Papeles del Psicólogo, 2002. Vol. 22(83).




PSICOLOGÍA HISPANA Y PSICOLOGÍA UNIVERSAL

Miquel Siguán

Catedrático Emérito. Universidad de Barcelona

El autor, después de más medio siglo de dedicación a la psicología, pasa revista al desarrollo de esta ciencia poniendo especial énfasis en la sustitución del conductismo por el cognitivismo como teoría dominante y destaca que esta sustitución deja sin aclarar lo que desde siempre ha constituido una realidad problemática: el carácter intencional de la conducta humana así como la posibilidad de explicarla a la vez desde el organismo y desde la sociedad. Paralelamente describe el desplazamiento, a lo largo de este tiempo, de los centros de producción de la investigación psicológica de Europa a los Estados Unidos y el papel singular que así ocupa el inglés no sólo en la transmisión de la información sino en la propia investigación, con las ventajas y también los inconvenientes que ello conlleva. Finalmente el autor se refiere al interés actual por la psicología cultural y señala importancia que ello puede tener para dar protagonismo a la psicología producida en los países de lengua hispana.

Drawing on the experience gained in more than half a century dedicated to psychology, the author reviews the development of this science, laying special emphasis on the demise of behaviorism and the rise of cognitivism as the predominant theory. He stresses the fact that this substitution has not provided a satisfactory answer to the problem of the intentional character of human behavior or the possibility of accounting for it at the level of the individual and at the level of society. He also describes the transfer of the centers of production of psychological research from Europe to the United States during this period and the unique role that English has played not only in the transmission of information but in research itself, highlighting both the advantages and the drawbacks of this development. Finally, the author discusses the present interest in cultural psychology and the possible impetus that this new interest may give to psychological research conducted in Spanish speaking countries.

UN PANORAMA CAMBIANTE

En mis ya lejanos años de estudiante de la Universidad de Barcelona en la década de los treinta, pronto aprendí, frente a los ensueños nacionalistas, que la ciencia aspira a ser universal y no tiene patria ni fronteras. Cuando, mucho tiempo después, publiqué una historia de la psicología en Cataluña (Siguán, 1981) estampé esta afirmación en la primera página dejando claro que no pretendía historiar la psicología de Cataluña sino lo que se había pensado e investigado sobre esta rama del saber en esta tierra, sin intentar deducir de esta historia unos rasgos comunes y diferenciales. Hoy, con más perspectiva, sigo creyendo lo mismo pero me doy cuenta, quizás más que entonces, de que los conocimientos científicos están condicionados, de muchas maneras, por factores que varían con los tiempos y con los lugares, con las culturas y con las sociedades. Y acepto con gusto el reto de reflexionar sobre este tema en función de mi propia experiencia.

Empezaré la reflexión refiriéndome a la forma como he visto sucederse las teorías psicológicas a lo largo de mi vida profesional para preguntarme por las razones de esta sucesión.

El primer libro de psicología que leí con atención fue una de las primeras obras de Piaget. Piaget como Claparède visitaba con frecuencia Cataluña donde sus ideas eran muy apreciadas por los pedagogos comprometidos con la renovación pedagógica. Y además la lengua y cultura francesa era muy popular en Cataluña y yo mismo me sentía muy cerca de ellas. De todas manera en la Universidad y en la clase de filosofía con Joaquín Xirau de lo que oí hablar era más bien de fenomenología alemana y de la psicología comprensiva inspirada en ella: Scheler, Spranger... Y también en el Instituto Psicotécnico, que dirigía Emilio Mira, la psicotecnia alemana tenía un gran prestigio. Y todos sabíamos que la psicología experimental había nacido en Alemania con Wundt. Igualmente sabíamos que las diferentes corrientes del psicoanálisis que por entonces empezaban a difundirse, Freud, Jung, Adler.. nos llegaban desde Viena. Y sabíamos de la existencia de Pavlov en Moscú. O sea que nuestras fuentes de inspiración, las mías y las de mis coetáneos interesados por la psicología, eran francesas y alemanas, en general europeas.

En 1951 me incorporé al recién creado Departamento de Psicología Experimental del CSIC en Madrid que dirigía el Dr. Germain y en el que coincidí con Mariano Yela y José Luis Pinillos con los que, años después, iba a compartir la tarea de introducir la psicología en las universidades españolas. Los tres teníamos una formación filosófica y humanista y los tres teníamos una gran curiosidad intelectual lo que nos había familiarizado con todas las grandes corrientes teóricas y aplicadas que seguían dominando el campo de la psicología.

Un panorama extremadamente variado, del que ya he citado algunos componentes, de la psicología comprensiva en un extremo a la reflexología pauloviana en el otro, pasando por las distintas forma de funcionalismo, por la psicología llamada de la gestalt, las teorías estructurales o factoriales de la personalidad, el conductismo, la psicología genética, la psicología diferencial –heredera de la antigua caracterología– progresivamente sustituida por la psicotecnia, un abanico de doctrinas a las que se añadían los amplios dominios de la psicología aplicada y las diferentes escuelas de psicoterapia. Un campo extremadamente variado, que en parte mantenía las tendencias dominantes en los años treinta pero con una clara concentración por un lado en la psicotecnia y la teoría factorial de la personalidad que de ella podía derivarse y por otro en las teorías del aprendizaje y especialmente el behaviorismo, que en España traducíamos por conductismo.

Simultáneamente con este desplazamiento y esta concentración en torno a determinadas teorías se estaba produciendo un desplazamiento geográfico de los centros de producción y de prestigio de la Europa continental a los países anglosajones y concretamente a los Estados Unidos. Un desplazamiento que nos afectaba a nosotros mismos. Yo había pasado una temporada en París pero luego otra en Londres estudiando psicología industrial, Pinillos estuvo en Alemania pero después trabajó en Londres con Eysenck. Y Mariano Yela en Lovaina con Michote y en Chicago con Thurstone. Un desplazamiento geográfico que en los años posteriores no haría sino reforzarse.

En 1962 fuí nombrado catedrático de la Universidad de Barcelona y años después se estableció la licenciatura y el doctorado en psicología en las Universidades de Madrid y de Barcelona y siguiendo su ejemplo pronto en otras Universidades españolas. En pocos años la psicología se convirtió en una Facultad universitaria de pleno derecho y en una profesión muy solicitada y sus profesionales se agruparon en Colegios profesionales que hoy tienen una vida floreciente. Para atender la enseñanza en expansión tuvieron que formarse, y en buena parte autoformarse, un gran número de profesores. Y aunque entre el profesorado estaban representadas muy diversas tendencias el período de expansión rápida coincidió con el de máximo prestigio del conductismo lo que claramente influyó tanto en la investigación como en la enseñanza.

No de una manera exclusiva por supuesto. Cuando me correspondió responsabilizarme de este desarrollo en Barcelona pensé que no podíamos crecer desde la nada y que necesitábamos apoyos e influencias exteriores. Para ello en París entré en contacto con los que en aquel momento mantenían el prestigio de la tradición psicológica francesa: Fraisse en psicología experimental, Oleron en psicología infantil, Zazzo que mantenía la herencia de Wallon... y sobre todo en Ginebra establecí sólidos lazos con la escuela de Piaget, entonces en plena actividad.

Hoy, casi cuarenta años después, sigo satisfecho de haber entablado estas relaciones que a la larga resultaron muy fructíferas y algunos de cuyos frutos todavía se mantienen. Pero al mismo tiempo su recuerdo me produce un sabor agridulce. Hace cuarenta años en el campo de la psicología, tanto en la investigación como en la docencia, la diferencia entre Barcelona y ciudades como París y Ginebra o Viena o Moscú era, más que muy grande, abismal. Hoy las diferencias son sólo de matiz. Y lo que digo de Barcelona puede repetirse para Madrid y para muchas otras Universidades españolas. Porque nosotros hemos mejorado mucho, por supuesto, pero también porque las ciudades que he citado eran entonces centros de producción original, faros luminosos en el campo de la psicología. Hoy en cambio todos los faros están en Estados Unidos y en su ámbito de influencia directa. Y las doctrinas que predominan en el mundo son las predominantes en las Universidades americanas.

Así, a lo largo de muchos años de estar en contacto con la psicología en sus distintas perspectivas, he conocido muchos sistemas o escuelas o formas distintas de interpretar la psicología como actividad científica, he visto cómo unas sustituían a otras como doctrinas predominantes y he conocido simultáneamente un desplazamiento geográfico de los centros de poder psicológico de este a oeste de Europa a los Estados Unidos de Norteamérica. La razón de este desplazamiento parece fácil de señalar, el papel preponderante de los Estados Unidos en el mundo contemporáneo que la última gran guerra puso de manifiesto y que desde entonces no ha hecho mas que crecer. Y que ha tenido una consecuencia importante: hacer del inglés el lenguaje de las actividades científicas y entre ellas de la psicología. De manera que comentaré primero el papel del inglés y sus consecuencias para preguntarme después por la razón de los desplazamientos y las sustituciones de las teorías psicológicas.

El progresivo predominio del inglés, como lengua de las comunicaciones en general y como lengua de la producción y de la difusión científica en particular, es una hecho ampliamente conocido y comentado desde posturas muy diversas, unas comprensivas y elogiosas, así Truchot (1990) o Deutsch, (1998) y otras fuertemente criticas, así Phillipson (1992). Al margen de las opiniones que merezca este hecho, se trata de una realidad que resumiré con un ejemplo.

En 1957 se celebró en Bruselas un Congreso de la Unión Internacional de Sociedades de Psicología. Las lenguas oficiales eran el francés, el alemán y el inglés, no sólo se aceptaban comunicaciones en las tres lenguas sino que se procuró un equilibro entre las tres y las conferencias principales del congreso alternaban las tres. El equilibrio respondía a una situación de hecho, efectivamente la producción científica y las publicaciones en estas tres lenguas eran muy importantes y, por sorprendente que hoy pueda parecer, había revistas científicas en los Estados Unidos que aceptaban artículos y recensiones en las tres. Años más tarde volvió a celebrarse en Bruselas un Congreso de la Unión y esta vez las lenguas oficiales eran solamente el inglés y el francés pero en la práctica, y con la sola excepción de algunas comunicaciones, el Congreso se desarrolló exclusivamente en inglés. Se trata sólo de un ejemplo pero perfectamente representativo. Actualmente el predominio de inglés en la mayoría de las ciencias es completo y las evaluaciones del impacto de una investigación se basan exclusivamente en publicaciones en inglés de tal modo que, incluso en países que tienen otras lenguas como lenguas propias, cada vez más los investigadores tienden a publicar en inglés y las revistas a redactarse en esta lengua.

Como muchos fenómenos sociales es un proceso que se autoalimenta y autorrefuerza. Y también como prueba me limitaré a un ejemplo representativo. He observado con frecuencia que un artículo de investigación de tema psicológico escrito por un autor español y en una revista en español se acompaña de una extensa nota bibliográfica sobre el tema en la que aparecen incluidos una mayoría de artículos en inglés, publicados algunos en revistas de difícil acceso, mientras no aparecen otros sobre el mismo tema publicado por otro autor español en una revista en español. La razón no es difícil de imaginar, el autor del artículo, a la hora de confeccionar la bibliografía se ha limitado a imprimir desde el ordenador las referencias extraídas de un banco de datos sobre el tema.

Esta práctica, como otras similares, a la larga tiene consecuencias. El autor español descubre que, si quiere que en los repertorios internacionales aparezcan referencias a publicaciones suyas, ha de publicar sus trabajos en inglés. Y aunque la aparición de referencias a sus trabajos en las bibliografías de otros autores no asegura que los hayan leído ya es sabido que para el currículum del autor lo importante no es que lo lean sino que lo citen.

Basta con este ejemplo para mostrar que el predominio del inglés como lengua de la ciencia en general, y en nuestro caso de la psicología, coloca, a los investigadores que no tienen el inglés como primera lengua y que residen en países en los que el inglés no es la lengua principal, en una doble situación de inferioridad. Por un lado porque tienen mayor dificultad para expresarse en inglés que los que lo tienen como primera lengua y por otra porque los canales de difusión que tienen a su disposición inmediata: revistas e editoriales de libros, utilizan, como es lógico, la lengua principal de su país.

La conclusión es bastante clara. Disponer de una lengua común como lengua de comunicación internacional de alcance mundial tiene muchas ventajas. Pero si esta lengua, a diferencia de lo que ocurría con el latín, es al mismo tiempo la lengua de la primera potencia mundial produce diferencias irritantes

LOS CONDICIONAMIENTOS LINGÜÍSTICOS

Como acabo de señalar la generalización del inglés como lengua de difusión de los conocimientos y de la investigación en psicología tiene inconvenientes importantes para los psicólogos que no son de lengua inglesa y que residen en países donde se hablan y utilizan otras lenguas. Pero ¿puede afectar esta generalización a la propia sustancia del conocimiento psicológico?. Porque me he dedicado con cierta asiduidad a cuestiones de psicolinguística y de sociolingüística, alguna vez he tenido que plantearme esta pregunta en su forma más amplia y básica, no precisamente para la psicología sino para el conocimiento en general. ¿En qué medida y hasta qué punto nuestros conocimientos están condicionados por la lengua en la que se construyen y se expresan?.

Que la mayor parte de nuestros conocimientos tienen una estructura verbal es algo que la filosofía griega ya puso de relieve. Hay una estrecha relación entre la palabra y el concepto que es su significado, entre la oración o la frase y el juicio y entre el discurso y el razonamiento. Hay por tanto una estrecha relación entre gramática y lógica. Y a su vez la lógica es tanto la ley que rige mi pensamiento como la estructura racional de la realidad. En griego "logos" significa a la vez la palabra y la razón y tanto la razón individual como la razón universal. Y toda la filosofía racionalista europea en sus más diversas formas se ha apoyado en estas correlaciones.

Ahora bien, el lenguaje que cumple esta función de instrumento del conocimiento es el lenguaje que todos los seres humanos tenemos en común, el que está inscrito en nuestra naturaleza racional (Humboldt, 1990) y del que puede suponerse una base fisiológica en las estructuras del cerebro. Es lo que Fodor (1983) llama el lenguaje del pensamiento y que puede ponerse en relación con la gramática general de Chomsky.

Pero nosotros hablamos y nos comunicamos no en este lenguaje en general sino en una lengua concreta entre las muchas que existen, los entendidos en la materia (Bernárdez, 1999) dicen que son entre cinco y seis mil, que a su vez son sólo una parte de las que han existido en tiempos pasados y de las existirán en el futuro. ¿Son los conocimientos que construimos o que deducimos y expresamos en una lengua determinada equivalentes a los expresados en otra?. ¿Es posible la traducción perfecta de una lengua a otra o esta correlación plena es imposible?. Y, si es imposible, ¿dónde queda la objetividad científica? Y también es posible pensar que unas lenguas tienen una estructura más lógica y más racional que otras y que por ello se prestan mejor que otras a servir de vehículo al pensamiento. Un punto de vista que, sin expresarlo expresamente y sin haber reflexionado sobre ello, muchas personas están dispuestas a admitir.

Los pensadores griegos que con tanta fuerza afirmaban la estrecha relación entre pensamiento y lenguaje no se plantaron la relación entre el lenguaje en general y las lenguas concretas. Probablemente daban por supuesto que los bárbaros tenían lenguas con las que podían comunicarse pero que sólo la lengua griega permitía las sutilezas del pensamiento filosófico. Los romanos, más indiferentes que los griegos ante las lenguas de otros pueblos, se vieron sin embargo obligados a admitir la superioridad de las producciones en lengua griega y resolvieron la cuestión decidiendo que la cultura romana y la griega eran la misma cultura aunque se expresase en lenguas distintas, igual que decidieron que el dios que ellos llamaban Júpiter era el mismo que los griegos llamaban Zeus. Esta concepción de la cultura como una realidad única se mantiene en los siglos posteriores aunque en la Edad Media se cristianiza y se sigue manteniendo en el Renacimiento. Y cuando empezaron a producirse creaciones literarias y científicas en las llamadas lenguas vulgares y cuando estas lenguas empezaron a sustituir al latín, la creencia en la unidad de la cultura se mantuvo intacta. Las nuevas lenguas cultas lo eran porque se mantenían semejantes al latín y al griego y los que las utilizaban seguían los modelos establecidos por la cultura clásica. A lo largo de la época moderna el pensamiento racionalista que llevó a la revolución francesa se mantiene en esta misma línea. La cultura es única como es única la racionalidad. Y la traducción de una lengua culta a otra puede presentar dificultades pero en definitiva es posible porque la unidad de fondo de los significados se mantiene (Siguán, 1999).

A comienzos del siglo XIX se produce un cambio de vastas proporciones. El pensamiento romántico alemán a partir de Herder (1772) abandona la idea de que la cultura es una realidad unitaria. La historia se nos muestra como una sucesión de culturas, cada una con su propia concepción del mundo y su propio sistema de valores. Cada pueblo que se mantiene históricamente a lo largo del tiempo crea su propia cultura que se traduce a la vez en una manera determinada de vivir, de organizarse y en unas determinadas creaciones en todos los campos: crea filosofía, su literatura, sus artes plásticas... Y, lo que es sobre todo importante, cada cultura se expresa a través de una lengua propia que no sólo es el vehículo de comunicación de los miembros de esta cultura sino que sus estructuras lingüísticas son un reflejo de la cultura del pueblo que la habla.

Y en la medida en que los miembros de un pueblo que tiene una lengua y una cultura propia se hacen conscientes de su unidad y de su solidaridad aspiran a ser políticamente autónomos. Es la justificación ideológica del nacionalismo y más concretamente del nacionalismo lingüístico.

No hace falta insistir en las extraordinarias consecuencias políticas de esta fundamentación ideológica de los nacionalismos y más concretamente del nacionalismo lingüístico. Pueblos que, como Francia, habían alcanzado su unidad política y lingüística encuentran en la nueva ideología la justificación de su política. Pueblos como los italianos o los alemanes que hablaban una misma lengua pero que no tenían estructuras políticas propias se constituyen como estados unificados. E imperios que, como el Austrohúngaro, incluían en su interior pueblos con lenguas distintas se disgregan en unidades nacionales. Y lo mismo ocurre con el Imperio Turco aunque en este caso el proceso disgregador alcanza hasta nuestros días. Y con el Imperio de los zares aunque en este caso el régimen comunista intentó compaginar la unidad del sistema con la autonomía de las nacionalidades que sólo alcanzaron su plena independencia tras su disolución.

Las consecuencias no fueron sólo políticas sino mucho más amplias. Si cada cultura implica una determinada visión del mundo, no sólo la literatura y el arte tendrán formas especificas en cada cultura, y por tanto en cada nación, sino incluso el conocimiento científico y será posible hablar de ciencia nacional. Las consecuencias no son menores en el campo de la educación, en cada país la educación se concibe como un servicio público al que todos tienen derecho y cuyo primer objetivo es formar ciudadanos de un estado nacional. La historia deja de ser en primer lugar historia universal para pasar a ser en primer lugar historia nacional. También la literatura, el arte y la filosofía se convierten en asignaturas escolares pero en términos nacionales.

Y por supuesto en el sistema educativo la lengua nacional es la lengua que sistemáticamente se estudia a lo largo de la escolaridad y es la única que se utiliza como vehículo de la enseñanza. Dada la estrecha relación entre cultura y personalidad y entre cultura y lengua se da por supuesto que aprendiendo a utilizar correctamente la lengua se desarrolla la personalidad y que la introducción demasiado temprana de otra lengua y el contacto con otra cultura perjudicaría este desarrollo armónico. Hasta mediados del siglo XX todos los educadores son reacios al bilingüismo en la educación y preferían retrasar el contacto con otra lengua hasta la adolescencia.

Pero la estrecha relación entre lenguas y culturas tiene consecuencias que afectan más directamente al tema que nos ocupan. Cada lengua constituye un sistema cerrado en el interior de la cultura que expresa y por tanto la traducción es siempre insuficiente y el límite imposible. Esto puede aplicarse a todo tipo de conocimiento incluso a la ciencia. La ciencia es nacional y estrictamente hablando intraducible.

No es difícil señalar hasta qué punto esta interpretación es exagerada. Un francés que viaja por Alemania sin conocer la lengua alemana no puede asimilar información verbal sobre nada de lo que contempla y sin embargo muchas de estas cosas le son inmediatamente comprensibles, una catedral gótica, un palacio barroco, un teléfono o una autopista. Y aunque desconozca la palabra "autoban" su significado coincide plenamente con el de "autoroute". Y la razón de esta coincidencia semántica no es difícil de señalar, Francia y Alemania han compartido una historia común durante siglos y por tanto cultura alemana y cultura francesa no son realidades separadas sino que tienen muchos rasgos comunes y mutuamente comprensibles. El mismo viajero francés trasladado a un país oriental encontraría más dificultades de comprensión y de traducción porque sus tradiciones culturales están mucho más alejadas.

Pero por otra parte la singularidad de las lenguas y de las culturas no se manifiesta de la misma manera según el tipo de conocimientos. Los Elementos de la geometría de Euclides se escribieron en griego hace veinticinco siglos pero el significado de cada uno de sus conceptos tiene una definición operativa que permite reproducirlo de manera unívoca en cualquier lugar y expresarlo de manera unívoca en cualquier lengua. Las ciencias de la naturaleza también incluyen definiciones reproducibles por medios experimentales, sin embargo aquí la dependencia respecto a la concepción del mundo vigente en una época y en una cultura determinada es mayor. Y cuando de las ciencias de la naturaleza pasamos a las ciencias sociales la dependencia es todavía mucho mayor, la mayor parte del vocabulario de un sociólogo o de un antropólogo está constituido por palabras de un significado fluctuante según las épocas y los lugares y según las escuelas e incluso según los autores. Y en el caso de la filosofía la dificultad todavía sube de punto. Traducir una obra de Hegel al español resulta extraordinariamente difícil, incluso traducir "geist" por "espíritu" es discutible porque la palabra "geist" en alemán tiene una larga tradición significativa que es muy distinta de la que arrastra la palabra "espíritu" y también porque la palabra "geist" usada por Hegel tiene un significado propio que sólo se desvela en el conjunto de toda su obra. Y si lo que se pretende es traducir Hegel al inglés el empeño se hace prácticamente imposible, traduciendo "geist por "mind" la filosofía de Hegel más que aclararse se hace incomprensible.

Claro que un texto de psicología no es un capitulo de Hegel. A caballo entre las ciencias de la naturaleza y las del hombre, entre la fisiología y la sociología, su vocabulario es en parte definible operativamente y en parte dependiente de unos significados socioculturales. Por supuesto el predominio de escuelas que refuerzan la similitud de la psicología respecto a las ciencias naturales, como hace el conductismo, o a las estrictamente formales como hace el cognitivismo, refuerza la traducibilidad del lenguaje psicológico. Pero esta orientación objetivista ha significado perder parte de la riqueza de otras tradiciones psicológicas formuladas en otras lenguas. Es el caso de la psicología fenomenológica y comprensiva o de rica tradición sociológica alemana de Weber y de Cassirer (1948; 1974). Y no creo exagerado pensar que en la trasposición del psicoanálisis a países de lengua inglesa éste perdió algo de su riqueza original.

Por otra parte, que la psicología contemporánea, fuertemente naturalista o formalista, es fácilmente exportable y traducible hay que entenderlo en el marco de nuestro mundo globalizado y dominado por la técnica. Un texto de psicología conductista o cognitivista no sólo es fácilmente traducible al francés o al español sino incluso al vasco o euskera a pesar de que se trata de una lengua no indoeuropea con estructuras lingüísticas muy distintas. Pero los hablantes del vasco desde que hace veinte siglos entraron en contacto con los romanos han participado de la historia europea, desde hace mucho tiempo se ha usado como lengua escrita y, aunque sólo recientemente se ha formalizado y modernizado, hace tiempo que en la Universidad del País Vasco se enseña psicología en esta lengua y hay psicólogos que la utilizan como vehículo de su actividad profesional. Otra cosa sería si nos preguntamos por la posibilidad de traducir el mismo texto al quechua, evidentemente la dificultad sería mayor no porque esta lengua tenga unas estructuras distintas sino porque la cultura que se expresa a través de ellas se ha mantenido relativamente en su mayor parte al margen de la cultura occidental racionalizada y tecnificada.

La referencia que acabo de hacer nos invita a preguntarnos por el significado de la psicología en situaciones pluriculturales pero antes de abordar este tema quiero tratar el que he planteado al principio de estas reflexiones, la sucesión de las doctrinas psicológicas y sus razones.

LOS CONDICIONANTES SOCIOPOLÍTICOS DE LAS TEORÍAS PSICOLÓGICAS

Kuhn (1970) en su conocida obra "La estructura de las revoluciones científicas" y refiriéndose a las ciencias naturales dice que una ciencia se constituye en el momento en que científicos que trabajan en un mismo campo se ponen de acuerdo sobre el tipo de explicación aceptable que se convierte así en el paradigma de aquella ciencia. El paradigma explicativo condiciona los hechos que la ciencia puede tomar en cuenta. Con el tiempo hay científicos que proponen nuevas explicaciones para explicar fenómenos difícilmente encajables en la teoría aceptada o para entender nuevos hechos y en la medida en que las nuevas explicaciones proliferan se produce una situación de desconcierto hasta que la mayoría optan por una de ellas, que se convierte así en el nuevo paradigma. Las razones para preferir un nuevo paradigma mejor que otro, también científicamente legítimo, son de diversos tipos y entre ellos destaca la posibilidad de explicar mayor número de hechos o de permitir abordar campos hasta entonces no explicados. En años posteriores Kuhn (1990/1994) se ha mostrado extrañado de las aceptación generalizada que habían tenido sus ideas y en sus últimos trabajos tiende a ampliar las explicaciones sociológicas y culturales de los cambios de paradigmas.

Por mi parte me parece evidente que en psicología, como en cualquier ciencia, un nuevo paradigma científico se impone en la medida en que se corresponde mejor con el estilo y las formas de pensar de la época en que surge (Caparrós, 1980). El paradigma evolucionista chocaba con creencias y tradiciones arraigadas pero contaba con las simpatías de los elementos más progresistas de la sociedad. Y en el campo de la psicología el éxito de la psicología experimental no puede separase del renovado prestigio que significaba para los psicólogos disponer de laboratorios y vestir bata blanca como los científicos serios. El paradigma que representaba la psicotecnia y el análisis factorial de las aptitudes era tan científico como el conductismo pero éste ofrecía un mayor apoyo experimental. Las teorías de Piaget se beneficiaron de su enfoque evolutivo y cognitivo en el plano teórico y de sus posibles aplicaciones a la pedagogía en unos años en los que la confianza en la renovación pedagógica se puede decir que era ilimitada. Y la psicología de Vigotsky no puede separase de su creencia marxista y de una determinada manera de entender el marxismo, posible en los años revolucionarios pero que Stalin cortó de raíz. Como tampoco es casual que años después sus ideas se difundiesen a partir de Estados Unidos por personas en conjunto muy críticas con el sistema allí establecido. En cuanto al rápido ascenso del cognitivismo substituyendo al conductismo es evidente que hay que atribuirlo a su estrecha relación con los mecanismos automáticos y los sistemas informativos esenciales en nuestra sociedad y que el conductismo no estaba en condiciones de utilizar como fuente de inspiración (Caparrós y Gabucio, 1986).

Digamos en definitiva que la aspiración de la ciencia a la plena racionalidad y a la plena universalidad está justificada pero que es una aspiración que sólo en parte es realizable, Todas las disciplinas científicas, unas en mayor grado que otras, están condicionadas por factores sociales y culturales que varían en el tiempo lo que permite hablar de una auténtica historia de la ciencia y no de una mera acumulación lineal de saberes sobre una parcela de la realidad.

ACTUALIDAD DE LA PSICOLOGÍA CULTURAL

He señalado que el ascenso y la extraordinaria difusión de las doctrinas cognitivistas en psicología muy bien puede ponerse en relación con la progresiva globalización a escala mundial hecha posible por la universalización de la técnica y más precisamente de la informática que sitúa en primer plano los procesos de procesamiento de la información, punto de partida y centro de atención de las teorías cognitivistas. Pero simultáneamente con este ascenso estamos asistiendo a una amplia popularización de la llamada psicología cultural (Cole, 1996; Wertsch, 1998, etc.) y, más en general, de las interpretaciones psicológicas que pretenden explicar el comportamiento humano desde su contexto sociocultural en clara oposición a la interpretación cognitivista que reduce sus explicaciones últimas a factores congénitos y en definitiva biológicos.

De todas maneras la psicología cultural pretende algo más que destacar el carácter social de la conducta humana pues esto también lo hace la psicología social clásica. Mientras ésta describe comportamientos que en principio son comunes a todo el género humano, la psicología cultural se interesa por los rasgos específicos y diferenciales de la conducta humana en distintos contextos sociales y básicamente en distintas culturas.

La preocupación no es nueva. Wundt, al que consideramos padre de la psicología experimental, dedicó mas tiempo y más atención a la psicología de los pueblos que a sus trabajos de laboratorio. Y el antiguo y célebre libro de Bartlett (1932) sobre la memoria abarcaba a la vez la perspectiva experimental y la social. Pero la dimensión social pronto quedó marginada ante el auge de la psicología más rigurosa llevada a cabo en los laboratorios. Ahora en cambio asistimos a una clara reivindicación de estos estudios y aunque su posible falta de rigor es un riesgo evidente todo hace suponer su expansión en el futuro próximo.

La razón me parece clara. Es cierto que asistimos a un proceso globalizador de dimensiones planetarias pero al mismo tiempo también es cierto que la globalización provoca reacciones frente a la uniformidad reivindicando el valor de las diferencias y que la globalización al mismo tiempo multiplica las situaciones pluriculturales. Y esto ha de tener consecuencias en el campo de la teoría prestigiando las explicaciones por el contexto social.

Wertsch (1998), en el prólogo a la traducción al español de su obra La mente en acción, dice algo parecido y en forma más rotunda: que en el conjunto del mundo tiende a imponerse un modelo único y no sólo en el plano teórico, "un conjunto de proposiciones uniformes para formular teorías, realizar investigaciones empíricas y hacer presentaciones orales y escritas en psicología, antropología, educación y campos afines" (pág. 7). Tendencia a la unificación que él considera el resultado natural de las características de nuestro mundo racionalizado y burocratizado, en el sentido de Max Weber, pero agravado todavía porque ahora los medios de transporte y de comunicación de la información son muchísimo más rápidos que en tiempos de Max Weber. Un proceso globalizador que tiene ventajas pero que tiene también un alto coste, la pérdida de la variedad cultural, incluso en el campo académico a favor de la "hegemonía estadounidense". Para Wertsch la difusión de la psicología cultural constituye una reacción frente a esta tendencia y una reivindicación de la pluralidad.

La expansión de la psicología cultural puede tener consecuencias de otro orden. Es evidente que sus investigaciones hay que realizarlas preferentemente en los lugares donde predominan otras culturas o donde se producen los contrastes o los conflictos. Ello puede ofrecer oportunidades a la psicología cultivada en los países hispánicos. En la propia España las diferencias culturales entre las regiones o nacionalidades son importantes. Y no digamos en los países hispano americanos donde en muchos lugares las culturas indígenas son plenamente actuales. Pero no sólo se pueden estudiar las diferencias heredadas de la historia sino que no son menos importantes los contrastes que surgen actualmente. En muy poco tiempo, casi bruscamente, España ha pasado de ser un país emisor de emigración a ser un país receptor de emigrantes de procedencias étnicas y culturales muy variadas y como otros países europeos está en camino de ser asiento de una sociedad pluricultural.

LA PSICOLOGÍA APLICADA EN SITUACIONES MULTICULTURALES

Pero la psicología no es sólo un conjunto de teorías científicas más o menos rigurosas, es también una ciencia aplicada por medio de unas técnicas que se administran directamente de persona a persona. Tradicionalmente estas técnicas, tanto las de psicodiagnóstico como las de psicoterapia individual o colectiva, cualquiera que fuese su orientación teórica, daban por supuesto que los clientes tenían una estructura básica común y un repertorio común de aptitudes y de actitudes, estructura y repertorio que compartían además con el propio examinador o terapeuta. Sólo esporádicamente se habían puesto en cuestión estas asunciones. Por ejemplo, cuando se discutió la utilidad de los tests mentales para sujetos de otras culturas o para los sujetos de niveles marginales de nuestra propia sociedad. O cuando se puso en duda la posibilidad de aplicar el psicoanálisis clásico también en otras culturas o en otros niveles sociales. Pero eran discusiones puramente teóricas sin consecuencias en la práctica. Hoy tiende a ocurrir lo contrario.

Un caso muy frecuente y significativo lo constituye la atención psicológica a emigrantes, un tema de plena actualidad en España y que, por otra parte ha sido una experiencia frecuente en los Estados Unidos aunque sólo recientemente se haya tomado en consideración. Una buena presentación del tema lo constituye el libro de Pérez Foster (1998) y yo mismo (Siguán, 2001) en Bilingüismo y lenguas en contacto le he dedicado unas páginas. El inmigrado a otro país, especialmente si vive en contacto con otros de su misma procedencia, mantiene las pautas culturales de su sociedad de origen pero al mismo tiempo necesita integrase en alguna medida en la sociedad en la que se ha establecido y cuando necesita ayuda psicológica se la ofrece alguien que forma parte de esta sociedad. Entran así en contacto y en diálogo dos sistemas distintos de pautas culturales lo que favorece los malentendidos y las incomprensiones. Pérez Foster hace notar que incluso en el caso de los inmigrados bilingües, como a menudo son los hispanos, y de un psicólogo también bilingüe, como es su caso, la lengua continúa siendo un filtro y un obstáculo y que según sea la lengua utilizada los contenidos aflorados son distintos.

LA PSICOLOGÍA EN EL ÁMBITO HISPÁNICO

A lo largo de estos comentarios varias veces he rozado tangencialmente el tema de la psicología en España y en los países hispanoamericanos y antes de terminar quiero abordarlo de frente. En este conjunto de países la psicología tiene dos características principales, el disponer de una lengua de expresión y de comunicación común, aunque no sea única, y la común dependencia respecto de la psicología que se elabora en inglés en los países anglosajones y en primer lugar en Estados Unidos. A lo que puede añadirse todavía una tercera característica: el mutuo desconocimiento y falta de colaboración entre la psicología elaborada en los distintos países del ámbito.

Yo mismo soy testigo de ello. Tal como he contado, en mis años de formación buscaba inspiración en la psicología que se hacía en Europa más allá de los Pirineos y progresivamente tuve que dirigir mi atención a lo que ocurría en los Estados Unidos. Y no es que ignorase la existencia de los países americanos, para recordármela estaban, en primer lugar, los exilados de la guerra civil, las personas que más habían influido en mi inclinación a la psicología en mis años de estudiante en la Universidad de Barcelona, se habían establecido allí. Mira en Chile y luego en Brasil, Joaquín Xirau y Eduardo Nicol en México. Y para mí, como para tantos otros de mi generación, las publicaciones del Fondo de Cultura Económico significaron una parte importante en mi formación intelectual. Y no menos influyente fue la producción editorial que años después nos llegaba de Argentina especialmente la relacionada directamente con la psicología. Pienso, entre otras, en la editorial Paidós que por otra parte hace años que trasladó su sede central de Buenos Aires a Barcelona. Más tarde todavía, de Argentina llegaron no sólo libros sino personas huyendo de una situación política progresivamente intolerable. Argentinos que buscaban acomodo en algún lugar de Europa pero que parecían tener un empeño particular por Barcelona, y argentinos de muy diversas profesiones pero entre los que parecían predominar los psicólogos y los psicoanalistas de diferentes orientaciones. Tuve la suerte de incorporar algunos a las tareas iniciales de la Facultad de Psicología y algunos siguen perteneciendo a su profesorado. Y aunque los desplazamientos eran más difíciles que ahora, tuve ocasión de pasar temporadas comisionado por la UNESCO en varios países centroamericanos y de recibir y orientar en Barcelona a estudiantes de estos países que preparaban su doctorado. Mariano Yela, colega y amigo, estuvo en estos países con mucha más frecuencia y estableció fuertes relaciones personales e intelectuales. Nada de lo cual modifica lo que he empezado diciendo, la falta de comunicación y de colaboración entre los psicólogos de los países hispanoamericanos como resultado de la mutua dependencia de la psicología originada en Estados Unidos. Los grandes debates intelectuales y el consenso que, según Kuhn, determina los cambios de paradigmas es allí donde se producen. Nosotros nos limitamos a seguir en su estela.

Es verdad que muchas cosas han cambiado desde mi juventud. Tantos los desplazamientos como el intercambio de información son ahora mucho mas fáciles y mi Universidad, como muchas Universidades en España, mantiene relaciones estrechas con Universidades hispanas, cada año un número importante de profesores y de alumnos viajan en ambas direcciones y las actuaciones conjuntas, incluso en el orden de la investigación empiezan a ser frecuentes. Las posibilidades para el futuro son ciertamente muy grandes, más de veinte estados y más de 350 millones de hablantes de una misma lengua abren un ámbito de posibilidades, tanto en el orden investigador como en el editorial, extraordinario. Se trata de aprovecharlo desarrollando una investigación propia lo que implica a su vez una reflexión propia sobre sus objetivos y por tanto una relativa independencia en los planteamientos. Pero se trata de una largo camino que sólo se ha iniciado.

A MODO DE CONCLUSIÓN

A lo largo de mi vida profesional he asistido al despliegue de la psicología como disciplina universitaria y a la consagración de la psicología como una profesión socialmente reconocida, un proceso que ha ocurrido en forma muy rápida y con resultados francamente satisfactorios. Me siento satisfecho de haber participado en él. Simultáneamente he visto aumentar de forma extraordinaria el volumen de la investigación psicológica y los medios puestos a su disposición y he visto variar el panorama de las doctrinas y escuelas psicológicas sin que ninguna haya logrado constituirse en la explicación única y sin que las doctrinas que sucesivamente he visto predominar, tiempo atrás el conductismo y ahora el cognitivismo, me parezcan suficientes. El conductismo tenía una gran ventaja, el proponerse formalmente como objeto de estudio la conducta humana sin centrase, como ocurría en la psicología tradicional, en las funciones cognitivas. Su gran inconveniente era adoptar un modelo estrictamente mecanicista que prescindía de la intencionalidad de los actos de conducta para reducirlos a respuestas predeterminadas.

El cognitivismo en sus diversas formas significó, de entrada, una liberación de estas limitaciones, los psicólogos pudieron volver a ocuparse de las funciones superiores, pudieron volver a experimentar sobre el lenguaje y las operaciones intelectuales, temas mucho más ricos y más cargados de oportunidades. Pero para hacerlo abandonaron lo que, a mi juicio, era la mejor baza del conductismo, el tomar la conducta como objeto primario de su estudio. Las ratas conductistas están a una gran distancia de los seres humanos pero en todo caso tienen hambre y sed, se alimentan y copulan y en determinadas situaciones dudan o se deprimen mientras los sujetos cognitivos, a semejanza de un ordenador muy complejo, se limitan a procesar información. El abandono de la conducta como objeto primero de la psicología no sólo significa renunciar a explicar la acción humana sino que invita a olvidar la subjetividad y la intencionalidad que caracterizan a los hechos que son el objeto de la psicología. Conciencia, intencionalidad y versión a la acción se convierten así en los grandes misterios para las distintas explicaciones cognitivistas. Explicaciones que lo que hacen es remitir todas las formas de procesar información a unas estructuras internas en definitiva congénitas y basadas por tanto en la propia biología.

Como ha quedado claro a lo largo de mi comentario, esta limitación explica la simpatía que me inspira la reacción que representa la psicología cultural, una simpatía que empezó en el momento que descubrí la obra de Vigotsky. Pero de ningún modo propongo sustituir el cognitivismo por la psicología cultural, en una especie de vuelta de la tortilla, ni creo que sea posible, como a veces se propone, sumarlos en un matrimonio contra natura. El objetivo debería ser mucho más ambicioso.

Desde los pensadores griegos sabemos que el hombre es, por naturaleza, un ser racional. Y desde los griegos sabemos que el hombre es por naturaleza un ser social. El problema que los griegos no abordaron es explicar cómo en la naturaleza humana se combinan y se condicionan la racionalidad y la apertura a los demás, cómo el ser humano deviene, en la especie y en cada individuo, a la vez racional y social, a la vez biología y cultura. Éste y no otro es el gran problema que los psicólogos deberían atreverse a abordar aun admitiendo que desborda ampliamente el campo de la psicología para convertirse en una parte de nuestra concepción de la realidad. O, si se prefiere, de la filosofía implícita en nuestra concepción de la ciencia.

Se trata de un objetivo ambicioso pero no imposible. Y, sí, los romanos tenían razón, ¡fortuna juvet audaces!.

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