|
PSICOLOGÍA DEL TERRORISMO E INTELIGENCIA CONTRATERRORISTA
Andrés Montero Gómez
Sociedad Española de Psicología de la Violencia
Esta revisión describe la implicación de diversas áreas
disciplinares de la ciencia de la Psicología en el trabajo de servicios y agencias
públicas de inteligencia contraterrorista. A partir de la referencia vertebrada por las
tareas de obtención y procesamiento de información que recaen en los recursos humanos de
una agencia de inteligencia, el papel de la ciencia psicológica en el esfuerzo
contraterrorista se articula en dos ejes nucleares. El primero está representado por las
aportaciones de la psicología en la selección, capacitación y seguimiento de agentes
dedicados a operaciones especiales de alto riesgo desarrolladas en configuraciones
situacionales de estrés sostenido. La segunda, explora los condicionantes y
constricciones que la personalidad institucional de las agencias de inteligencia expone
ante la labor de procesamiento de información llevada a cabo por recursos humanos de
inteligencia.
This review tries to outline the involvement of several areas of the
science of Psychology in the framework of the public intelligence agencies
counter-terrorist effort. The tasks of gathering and processing information developed by
human resources inside an Intelligence agency serves as a cornerstone from which to
explore the role of Psychology in intelligence through a couple of main ways. The first
would be the contribution of Psychology in the recruitment, training and follow-up of
intelligence agents devoted to high risk special operation under the presence of complex
stressors. The second would take into account the depending factors and limitations the
organizational personality and identity of intelligence agencies pose to the assignment of
information treatment and processing carried out by intelligence services human resources.
[ Imprimir ]
Correspondencia: Andrés Montero Gómez. Sociedad Española
de Psicología de la Violencia [www.sepv.org].
Email: amontero@sepv.org La violencia es una manifestación
compleja de la conducta social humana que se configura alrededor de expresiones en un
triple sistema de respuesta, esto es, fisiológico-emocional, cognitivo y
conductual-motor. De este modo, en los esfuerzos para analizar y comprender las diversas
tipologías de la violencia, tan parcial parece ser adjudicar la preponderancia en la
conducta violenta a una dimensión aislada del sistema de respuesta, como ineficaz
considerarla sin prestar atención a los diversos determinantes personales, a los
situacionales y a su interacción (Montero, 2003a). Concretamente, en lo que respecta a la
violencia sistemática que estructura el terrorismo, siguiendo a Fernando Reinares (1998)
podemos afirmar que el conocimiento es mucho menos extenso y definitivo en la empresa de
dilucidar los determinantes de la conducta terrorista, carencia que se puede extender en
general al estudio de los radicalismos políticos de acción violenta.
Aunque bien es cierto que pueden encontrarse obras, como el clásico de
Hannah Arent (1972), de interesante factura y profundo calado antropológico en su intento
de diseccionar fenómenos de opresión política y social donde la violencia y la
coacción sistemáticas ejercen funciones instrumentales de primer orden en el
mantenimiento de un sistema estatal de anulación del individuo; o bien explicaciones
ambiciosas y de excelente fondo histórico -v.g. Gilles Kepel (2000) - que ofrecen una
perspectiva analítica respecto a la génesis de desviaciones políticas integristas de
corte excluyente basadas en fundamentalismos religiosos; e incluso rigurosos estudios
analíticos sobre estrategias del terrorismo (Crenshaw, 1995; Domínguez Iribarren, 1998;
Reich, 1990; Sánchez Cuenca, 2001), son no obstante escasos, y entre ellos muy
tentativos, los esfuerzos para captar la estructura de la violencia sistemática a una
escala individual, situando el foco de análisis en la persona que ha incorporado la
violencia, como patrón estable de comportamiento, a su repertorio conductual. De entre
estos últimos, los avances más prometedores están apareciendo en el ámbito de la
psicología criminal, en el estudio de las psicopatías y en sus traducciones
transgresoras (Raine y Sanmartín, 2000), aunque adoleciendo todavía de un importante
sesgo clínico y forense que previene de la generalización de resultados a grupos de
individuos que, como la mayoría de los terroristas, se acepta que no tienen una
desviación psicopatológica de base que contribuya sustantivamente a la definición de su
conducta criminal, pese a que se hayan propuesto "desviaciones" en el
razonamiento (Laval, 1995) o incluso una suerte de idiocia moral (Bilbeny, 1993) en las
personas más parecidas al terrorista etnófilo-etnófobo de hoy: los exterminadores nazis
de ayer. En paralelo, investigadores como Reinares (2001) se han centrado en un perfilado
del terrorista atendiendo a características sociodemográficas, mientras que otros
autores (Montero, 2003a) están ensayando aproximaciones al andamiaje cognitivo-conductual
de este tipo de agresores o explicaciones para fenómenos como el terrorismo suicida
(Atran, 2003, Moghadam, 2003).
Desde una perspectiva psicológica, el terrorismo representa una de las
expresiones de la violencia que refleja la articulación de una conducta de homicidio
sistemático engarzada en estructuras mentales específicas puestas al servicio de la
justificación del patrón de agresiones. Sin privar por supuesto a los intentos de
comprensión de las ineludibles intersecciones sociológicas del terrorismo, y
reconociendo diversos estudios dedicados a profundizar en sus aspectos psicológicos
(Alonso-Fernández, 1994; Reich, 1990), la literatura científica en español adolece de
una marcada indiferencia sobre el aporte aplicado que los profesionales de la psicología
podrían tener, eventualmente, en algunas facetas menos exploradas del afrontamiento
social del terrorismo. Cierto es que de unos años a esta parte han proliferado y se han
consolidado a buen nivel tanto la praxis como la investigación psicológicas en la
asistencia a víctimas del terrorismo. Sin embargo, la carencia es evidente en cuanto
tomamos como punto de referencia al agresor sistemático, al terrorista, desde el prisma
de la acción psicológica, y no únicamente desde los potenciales de la intervención
terapéutica.
Una de las áreas de trabajo donde los procesos psicológicos tienen
una presencia y relevancia indiscutibles se encuentra en los esfuerzos de los servicios
públicos de seguridad e inteligencia para desactivar el terrorismo y desarticular grupos
terroristas. Esta presencia a veces ha pasado inadvertida, pero en la mayoría de las
ocasiones ha sido deformada por la excesiva saliencia que han tenido la psicología
clínica y la psicología de la personalidad en la identificación de las posibilidades de
nuestra ciencia en este campo, preponderancia que ha consolidado un sesgo importante
alimentado propiamente desde algunos enfoques psicológicos que han pretendido encasillar
al terrorismo entre desviaciones de personalidad y psicopatologías varias. Al contrario,
la nueva presencia que proponemos tiene dos ejes nucleares, representados por las
derivaciones que la psicología del terrorismo pudiera tener en el éxito de los servicios
de inteligencia, por una parte; y en la influencia que los aspectos psicológicos internos
inherentes a las propias organizaciones de seguridad e inteligencia tendrían en las
variables de su propio éxito, en una especie de psicología del contraterrorismo, por
otro.
No se trata de establecer planteamientos excluyentes o reduccionistas,
sino de contribuir a trazar un mapa de los segmentos de trabajo para las distintas
subdisciplinas de la ciencia de la psicología en el marco de las funciones atribuidas a
los servicios de inteligencia contraterrorista. Tampoco se pretende negar, sino todo lo
contrario, el papel de la sociología y otras ciencias en los diversos planos de
aproximación a la amenaza terrorista. En este sentido, estamos con Amalio Blanco (2004)
cuando destaca la ineludible necesidad de escrutar el contexto social donde se gesta y
desarrolla el terrorista a fin de comprender los anclajes de su dedicación a la violencia
sistemática, aunque le matizamos decididamente cuando deja de explicar que, al fin y a la
postre, en la construcción de la realidad social son determinantes los procesos
psicológicos del inter-individuo, que no sólo filtran esa realidad sino que
definitivamente la convierten en tal para el sujeto.
Así pues, el prisma que pretendemos visibilizar para la psicología en
los esfuerzos de inteligencia y seguridad en el ámbito contraterrorista se aleja de la
consideración de que el comportamiento del terrorista está relacionado causalmente con
estructuras específicas de personalidad o cuadros psicopatológicos subyacentes (Montero,
2003a), y se centra en que en su mayor parte el terrorismo está poblado por individuos de
normalidad psicológica, entendida en su acepción clínica, que internalizan la violencia
como actitud y comportamiento válidos en función de esquemas biopsicosociales complejo.
En ese punto, desde la perspectiva fundamental de comunicación interdisciplinar, la
ciencia psicológica tiene en la psicosociología, o psicología social, su campo de
conocimiento más útil para la intervención analítica en el fenómeno terrorista. Pero
no sólo. De entrada, suponemos que será útil ensayar modelos psicológico que traten de
aprehender qué procesos y estructuras confluyen en un individuo, en principio normal,
para que pueda ejercer, de manera sistemática, un tipo de conducta altamente aversiva
como aquella de sesgar la vida de otros seres humanos por procedimientos de intensa carga
cruenta. Desde esa intención, también los conocimientos derivados de la psicología de
los procesos básicos tendría una conjunción de relevancia en un aporte eventual a las
estructuras de una estrategia contraterrorista.
PSICOLOGÍA EN INTELIGENCIA
Los adecuados desarrollo e implementación de capacidades,
procedimientos y medios de inteligencia son considerados hoy en día claves para el
afrontamiento exitoso del terrorismo global a largo plazo (Montero, 2003b; Lamo, 2004).
Aunque no existe una definición unívoca de la inteligencia humana o de sus componentes,
desde las ciencias psicológicas el concepto puede identificarse con el constructo
habilitado para denotar a las capacidades y aptitudes dedicadas a conocer, analizar,
comprender y, en definitiva, a lograr un ajuste adaptativo y resolutivo del individuo en
el entorno (Andrés Pueyo, 1997). Sin embargo, el psicológico-disciplinar no es el único
ámbito en donde encontramos un constructo dedicado a la inteligencia. En las modernamente
denominadas ciencias de la seguridad, la inteligencia comprende las actividades, procesos
e instituciones dedicadas a la obtención, tratamiento y difusión de información sobre
áreas u objetivos de interés para la seguridad de las naciones. Es este último espacio
en donde centraremos la propuesta, taxonómica si se quiere, para una presencia regular de
la psicología en tanto disciplina especializada de conocimiento.
De nuevo, a pesar de que no se ha encontrado acuerdo en torno a la
noción de inteligencia para la seguridad, Esteban Navarro (2004) considera, junto a Troy
(1991), a la inteligencia de seguridad como a la poseedora de tres rasgos distintivos: la
amenaza a la seguridad como objeto; la conversión, mediante análisis, de información
recolectada a través de una variada aplicación de instrumentos y fuentes; y su carácter
secreto, a pesar de que muchas de las fuentes informativas sean de procedencia pública.
En el ámbito de las ciencias de la seguridad, en aplicación al sector público o al
privado, la inteligencia de seguridad estaría conformada por una doble conceptuación: la
inteligencia como proceso y la inteligencia como producto. En tanto proceso, inteligencia
de seguridad sería aquel conjunto de operaciones destinado a tratar la información
relacionada con un entorno de seguridad. El tratamiento de esta información atraviesa
todo un ciclo autoalimentado, el proceso de inteligencia, que partiendo de planes
directivos que marcan los objetivos informativos, pasa por la puesta en marcha de recursos
destinados a la obtención de información sobre todos los factores relacionados con los
objetivos de información, para posteriormente dedicar capacidades analíticas a la
elaboración de esa información en bruto hasta convertirla en inteligencia. En los
subprocesos de elaboración de información, se somete a las piezas informativas obtenidas
a diferentes técnicas de sistematización, integración y análisis cuantitativo y
cualitativo, de manera que se establezcan relaciones descriptivas entre elementos que
posibiliten la generación de hipótesis de trabajo y la extracción de conclusiones a
partir de mecánicas inductivas y deductivas de razonamiento. La fase final de este
proceso, la difusión de la inteligencia de seguridad, entronca con la naturaleza de
producto de esa inteligencia. De este modo, el producto de inteligencia es consumido por
personas u órganos a quien se difunde en apoyo, habitualmente, a estratos de toma de
decisiones. A riesgo de simplificar, es válido concluir que el producto de la
inteligencia de seguridad sirve a personas situadas en niveles de decisión para optar
entre una o varias de las alternativas de respuesta ante un determinado espacio problema.
En este marco encontramos diversos planos de acoplamiento, tanto en
creación teórica como en praxis o en investigación, de las áreas de conocimiento y
subdisciplinas de la psicología. Al objeto de sistematizar la exposición, comenzaremos
adscribiendo la psicología a las divisiones estructurales y funcionales apreciables más
visibles actualmente aun en las distintas concepciones de la inteligencia
contraterrorista. Así, consideramos cuáles son las aplicaciones eventuales de la
psicología y sus profesionales en los siguientes capítulos: 1) agentes y procesos
humanos involucrados en la obtención de información destinada a ser procesada como
inteligencia; 2) etapas del análisis y tratamiento de la información; y 3) personalidad
institucional de los órganos públicos dedicados a la producción de inteligencia de
seguridad. Las dos primeras serían, aunque comunicados, aspectos verticales, mientras que
la tercera podría considerarse una dimensión horizontal o longitudinal estructural para
ambos.
Psicología y agentes humanos de obtención de información
Evidentemente, la función de los servicios de inteligencia y seguridad
descansa sobre cuadros de recursos humanos, que a su vez hacen uso de procedimientos,
metodologías e instrumental tecnológico avanzado y, lo que es más relevante a nuestro
propósito, dinámicas complejas de procesamiento de información. A efectos expositivos,
bien a pesar de que la labor de análisis de información supone, desde una óptica
psicológica, la puesta en práctica en el analista de mecanismos de procesamiento que
involucran aptitudes, capacidades cognitivas e intersecciones emocionales, influencias de
contexto y anclaje en una estructura con su propia personalidad institucional, es en la
implicación de personal técnico en obtención de información donde encontramos toda una
serie de escenarios psicológicos que se extienden transversalmente a lo largo de varias
subdisciplinas psicológicas, desde la clínica hasta la investigación básica. La
obtención de información por medios humanos es, además, el capítulo que más recursos
de toda índole suele demandar de las infraestructuras de los órganos públicos de
inteligencia y seguridad. También, de alguna manera y de un tiempo a esta parte, un
dossier bastante descuidado a pesar de su valor (Montero, 1998).
Sin ánimo de exhaustividad pero con intención de delinear un mapa de
los intereses de la psicología como ciencia, en el área de obtención de un servicio de
inteligencia contraterrorista podemos identificar tres componentes principales de
intervención. El primero, vendría desde el seguimiento del estado psicológico de los
agentes de inteligencia ante el afrontamiento de situaciones y dinámicas de estrés. El
segundo, de la preparación de los agentes para operaciones especiales. El tercero, la
participación del psicólogo en la selección de personal para cometidos específicos.
Algunos de los más consolidados servicios de inteligencia tienen
psicólogos en plantilla dedicados a ejercer función de counselling a demanda de sus
agentes o de las propias instituciones. Esta figura puede extenderse a los servicios de
inteligencia contraterrorista, la mayoría de ellos de naturaleza policial, como es el
caso español. Es un campo conceptual y estructuralmente ya desarrollado y con historia,
dependiente en su implantación para la mayoría de los casos de adscripciones
presupuestarias. El grueso de las policías con unidades contraterroristas tienen
servicios psicológicos, no especializados en la problemática de estos agentes sino, en
general, dedicados a ofrecer una variedad de soluciones clínicas para los trastornos
asociados a la actividad policial, que en su mayoría caen en las cuadros de ansiedad y de
las disfunciones en el estado de ánimo. De esta manera, y puesto que nuestro objeto no es
detallar los servicios psicológicos ligados a la institución policial sino centrarnos en
las especificidades de la inteligencia contraterrorista, mencionaremos únicamente la
idoneidad genérica que se supone a los clínicos en plantilla institucional para tratar
las demandas de seguimiento y, eventualmente, tratamiento.
En cuanto a la participación del psicólogo en procesos de selección
de personal y, frecuentemente, de su especialización a través de programas de
capacitación, viene siendo así mismo una práctica reconocida y en creciente extensión
en lo relativo a actividades generales de seguridad pública, aunque de débil
implantación todavía en unidades contraterroristas. En primera instancia, los organismos
de inteligencia y seguridad no han llegado a plantearse, a escala directiva o de
planificación, la necesidad de disponer de un filtrado psicológico que optimice la
selección de personal para labores estables de inteligencia contraterrorista. En
términos amplios, esta selección está ligada al curriculum especializado de
capacitación eliminatorio que atraviesan los candidatos a integrarse en la función
contraterrorista. De esta forma, la superación del programa formativo, en donde se
combinan contenidos teóricos con una intensa actividad práctica ligada a la
ejercitación de las habilidades requeridas para convertirse en un agente de inteligencia,
supone la acreditación, por vía de la praxis, de unas determinadas capacidades
operativas. En este punto, suele observarse una diferencia entre los servicios
contraterroristas policiales y los grupos especializados dentro de los centros estatales
de inteligencia general, articulándose en éstos un mínimo perfil psicológico mediante
instrumentos psicométricos específicos para resultar en una aptitud para el trabajo de
inteligencia entre los candidatos externos a la institución, mientras en aquéllos la
vía de selección suele combinar la aptitud policial ya acreditada por los profesionales
optantes a ser agentes contraterroristas con la acreditación cunicular ya mencionada.
La presencia de los psicólogos en estos procesos suele ser marginal,
limitándose, cuando existe, a la administración de unas pruebas psicométricas de
screening que no suelen provenir de ningún planteamiento institucional sobre si puede
haber unas características psicológicas más interesantes que otras para ejercer
funciones de obtención de información. Bien es cierto que la tradición de la selección
de personal en estos órganos especializados de inteligencia ha venido funcionando, aunque
también lo es que no se ha contrastado su eficiencia con respecto a ningún escenario
alternativo.
En lo que respecta al rol de la psicología científica en el diseño,
ejecución y seguimiento de operaciones especiales de inteligencia, el panorama de
carencias no se aleja demasiado de la general indiferencia hacia estas cuestiones por
parte de las autoridades policiales y de inteligencia, sobre todo en los países fuera del
ámbito anglosajón. Dentro de estas denominadas operaciones especiales, por su eficacia y
complejidad sobresalen en inteligencia contraterrorista los dispositivos de infiltración
de agentes de inteligencia o policía en bandas criminales, de un lado, y la captación de
informadores en el propio interior del grupo delictivo organizado, de otro.
La infiltración de agentes de inteligencia en grupos terroristas es
una de las técnicas de obtención de información más complejas y arriesgadas. De hecho,
supone preparar a un ser humano, habitualmente un oficial de policía o inteligencia, para
adentrarse en un entorno grupal netamente hostil, y permanecer en él simulando de manera
sostenida una identidad ficticia. Esta identidad, en infiltraciones a largo término,
sería la traducción no sólo de una simulación documental, sino la adopción de
actitudes, motivaciones, emociones y pautas de conducta diferentes a las correspondientes
a la personalidad del agente de inteligencia pero necesarias para fingirse la persona que
aparenta ser ante el grupo criminal.
En esquemas de infiltración contraterrorista, la intervención de la
psicología científica podría sostenerse desde la misma fase inicial de selección de
recursos humanos de inteligencia para este tipo de cometidos. Sin entrar en pormenores que
superarían la intención de esta revisión, podemos apuntar a varios estratos en donde la
implementación de técnicas de psicología profesional optimizaría determinados aspectos
de un proceso de infiltración policial o de inteligencia en grupos terroristas. En una
primera etapa de reclutamiento, la psicología puede diseñar un perfil prototípico del
candidato basado en un marco previo de parámetros, de características, que añadirían
valor al recurso humano susceptible de convertirse en un agente infiltrado.
El eje de referencia central sobre el que canalizar el procedimiento de
selección de un candidato, al contrario de lo que suele ser la creencia más extendida en
este tipo de situaciones, no es la estructura de la personalidad en sí misma, sino las
capacidades de procesamiento de información del agente, sus potencialidades cognitivas,
no evaluadas aisladamente sino integradas en el complejo triple sistema de respuesta
cognitivo-fisiológico/emocional-conductual. La relevancia de evaluar, de medir, los
potenciales de procesamiento de información del candidato vienen determinadas por la
circunstancia excepcional de que, en el esquema táctico de una infiltración, el agente
de inteligencia se convierte en una suerte de equipo transmisor de información sensible
desde el interior del grupo criminal hacia la institución de inteligencia o seguridad. El
objetivo de esta etapa inicial de reclutamiento, al igual que el seguimiento psicológico
de fases posteriores, será garantizar que ese "transmisor" cuenta con las
mejores propiedades posibles y funciona dentro de unos márgenes de efectividad. La
relevancia de la psicología en este punto es tan evidente como el hecho de que la
máquina de transmisión que estamos utilizando para rentabilizar el procedimiento de
infiltración, si se nos continúa permitiendo el símil, es un ser humano, y por tanto
sus condiciones de procesamiento dependen de una multiplicidad de estados emocionales,
cognitivos y conductuales en interacción.
En este marco, la psicología tiene instrumentos para evaluar con
solvencia parámetros muy interesantes a efectos de efectividad de procesamiento de
información. Existen agrupaciones de elementos en una especie de clúster cognitivos que
revierten en una ventaja diferencial entre candidatos. El clúster flexibilidad cognitiva,
tempo cognitivo, independencia de campo y atención focal, mesurable en cada componente,
proporciona un indicador de la versatilidad de respuesta ante diferentes situaciones;
reflejan la calidad de los procesos de toma de decisiones en entornos de cambio; informan
sobre la rapidez y capacidad de adaptación ante escenarios novedosos que requieren una
respuesta resolutiva inmediata; y, en definitiva, orientan acerca de la potencialidad para
efectuar análisis de información compleja en entornos cambiantes y bajo presión, con la
consiguiente extracción de juicios. Aquí, no es ocioso hacer mención a que el escenario
al que tendrá que hacer frente un agente infiltrado de inteligencia contraterrorista
vendrá definido por un complejo estimular articulado a través de configuraciones
sostenidas de estresores, cambiante y dinámico, en donde no sólo deberá procesar
información con nitidez y eficacia, sino que tendrá que tomar decisiones que afectarán
a la operación de seguridad y a su propia integridad o la de otros.
Por otra parte, conviene tener presente que el agente infiltrado
debería tener unas cualidades propicias para permanecer estable en un entorno hostil,
garantizar sus habilidades de procesamiento de la información y, además, contener las
posibilidades de se produzcan conflictos de lealtades grupales (hacia el grupo criminal,
hacia el grupo originario del agente), haciendo que el agente opere conductualmente bajo
una identidad que no necesariamente va a coincidir con los parámetros de su identidad
personal. De este modo, prestando atención a otros clúster más propiamente
fisiológico-emocionales o conductuales, el que pudiéramos denominar perfil prototípico
de este tipo de agentes se beneficiaría de la presencia de otros paquete de parámetros,
como la estabilidad emocional, la baja ansiedad rasgo y la alta tolerancia a la
frustración, que aportarían una idea de la capacidad de respuesta adaptativa del
candidato ante entornos de alta acumulación de estresores. O bien el paquete de
características compuesto por el rasgo búsqueda de sensaciones, el locus de control (se
buscarán locus internos, ligados a la tareas de capacidad en contextos de logro), en
conjunción con un análisis del elemento motivacional y la autoeficacia percibida.
Igualmente, la evaluación debería detallar el repertorio de habilidades de
afrontamiento, de solución de problemas y sociales que, desde una línea base, serán
además entrenadas en una posterior fase específica de capacitación del candidato.
Con todo, en operaciones especiales de infiltración la participación
de la ciencia psicológica en las fases de reclutamiento puede ser tan sustancial como
debe serlo la introducción de esquemas de intervención en las fases de capacitación y,
más tarde, de seguimiento del agente infiltrado una vez residente en el grupo criminal
objeto de la operación de inteligencia. Uno de los capítulos más sensibles en la
infiltración es la salud psicológica del agente. Está sometido al impacto de las
derivaciones negativos de la clandestinidad pero, sobre todo, a una presión constante en
su autoconcepto, en su esquema identitario. Así pues, la fase de capacitación, desde una
perspectiva psicológica, es ideal para introducir procedimientos dedicados a establecer,
configurar e implantar una identidad psicológica supuesta en un agente infiltrado
designado para ejecutar una misión
de infiltración concreta. El procedimiento, que puede considerarse una
etapa avanzada de la especialización en infiltración para un agente, está estrechamente
asociado a la dimensión operativa de la operación de inteligencia. En el proceso se
buscará garantizar que el agente contraterrorista asuma una identidad supuesta con
garantías de representarla con el máximo grado de eficacia, al mismo tiempo que protege
psicológicamente y refuerza los elementos constituyentes de su identidad real.
La definición de una identidad supuesta con garantías, como he
mencionado, sobrepasa la mera emisión de documentos acreditativos. A nuestros efectos,
los psicológicos, pasa por configurar un rol a representar con eficacia dentro de un
horizonte de estabilidad temporal. Esto comprende, sin ser exhaustivos, además de la
estructuración de un perfil biográfico ficticio, el dimensionamiento de un perfil
básico de personalidad sobre la cual tendrá que pivotar la representación del agente,
la definición de una base típica para repertorio conductual y la especificación de un
estilo de relación interpersonal. Todos estos componentes encuentran en el role playing y
en la práctica masiva referentes esenciales en la inmersión de quien será un agente en
su nueva identidad. El procedimiento pasa por la generación de scripts conductuales, la
asociación de emociones en un método muy parecido al Stalisnavsky para el teatro, para
llegar a interiorizar cognitivamente todas las piezas. Una parte esencial en este
moldeamiento formativo de un agente de inteligencia para labores de infiltración descansa
en el afloramiento y reforzamiento de su autoconcepto policial, militar o institucional a
fin de protegerla del impacto nocivo de la clandestinidad. En este punto, se hace especial
hincapié en la visibilización y reforzamiento de la codificación moral del individuo,
considerado un componente primario del autoconcepto.
En el seguimiento del desarrollo operativo de la misión del agente
parecer oportuno contar con un servicio psicológico especializado que asesore al oficial
de control o handler, encargado de servir de nexo de unión y comunicación entre el
agente infiltrado y la organización de inteligencia, acerca de las contramedidas más
oportunas antes los efectos negativos de la clandestinidad. La contribución de la ciencia
psicológica, a través del oficial de control, tiene por objeto la detección precoz de
indicadores de riesgo en la estabilidad del agente; el reforzamiento de conductas
deseables; la protección contra los sentimientos de doble traición que suelen emerger en
el tipo de operaciones a las que nos referimos.
De nuevo sin pretensiones de detalle, la detección de indicadores de
riesgo se desarrolla a través de planos conductuales (conductas de evitación, agitación
motora, hipervigilancia, irritabilidad, hostilidad, conductas de riesgo, prodigalidad,
promiscuidad, pobre aspecto e higiene), cognitivo-emocionales (labilidad, inseguridad,
apatía, sobreargumentación, fatiga mental, anhedonia, negación o exageración
sistemática) profesionales (incumplimiento de responsabilidades, sobrecarga de trabajo,
comprensión con ideología criminal, crítica excesiva del sistema) y físicos
(frecuentes enfermedades menores, dolores sistemáticos, automedicación de riesgo,
trastornos digestivos y alimenticios).
Capacidades de análisis y personalidad institucional
Aunque parezca evidente, no es ocioso relacionar el pool disciplinar de
la investigación básica en psicología de la atención, percepción y el procesamiento
de la información, con las capacidades analíticas de los recursos humanos de los
órganos de inteligencia. Bastante antes del terrorismo en masa del 11-S, voces
autorizadas en la comunidad de inteligencia de los EE. UU. ya advertían de determinadas
tendencias viciadas que se habían instalado en los sistemas analíticos de aquel país y
que, por supuesto, podemos entender extendidos a la mayoría de los servicios
occidentales. En 1993 y 1996, Mark Lowentha (1993) y Bradford Westerfield (1996)
argumentaban que las dos patologías modernas del análisis de inteligencia eran (y
continúan siendo, a mi juicio) su politización, por una parte, y su incapacidad para
procesar adecuadamente escenarios de incertidumbre, por otra.
Respecto a la politización de la inteligencia, decía Westerfield, su
efecto más perverso, en el lado del analista, se observa en informes que confieren más
probabilidad de ocurrencia a sucesos que se consideren más probables a priori en el
pensamiento dominante de la corriente política en el poder en un instante determinado
(por ejemplo, los informes que ponían de manifiesto la enorme amenaza que suponía Sadam
Hussein fueron consumidos y asimilados por las autoridades de EEUU sin ninguna
resistencia). En el lado del consumidor del informe, entonces, la politización de la
inteligencia se traduce en conceder una mayor virtualidad y, por ende, en otorgar medios
para desarrollar acciones en base a ello, a análisis que coincidan con su planteamiento
respecto al asunto del que se trate. En investigación en el área de la psicología
cognitiva se han dedicado innumerables experimentos a demostrar, con éxito abrumador, que
cuando un esquema mental para explicar cierto escenario social está sólidamente alojado
en nuestro cerebro, si la información que procesamos de nuestro entorno no es coincidente
con la perspectiva que ya hemos asumido, no modificamos nuestros esquemas para adaptarlos
a la realidad, sino que por el contrario intentamos deformar la realidad para ajustarla a
nuestros esquemas. Los analistas deberían están entrenados para evitar este efecto,
aunque sus intereses personales o corporativos aconsejan a veces politizar sus
conclusiones.
En cuanto a la segunda patología de la inteligencia, que Lowenthal
denomina "la lucha contra lo increíble", las cosas son más complejas si cabe,
pues se relacionan íntimamente con la previsión cualitativa y con los escenarios
culturalmente aceptables. Este tipo de previsiones, que a diferencia de las predicciones
meteorológicas no están basadas en cálculos matemáticos, están dedicadas a conocer
futuros probables y posibles a partir de análisis conceptuales y de significados, es
decir, a describir el comportamiento de un fenómeno complejo y a trazar su evolución y
tendencia. El objetivo sería, de esta manera, anticiparse con acciones a un punto
determinado de la tendencia evolutiva de un problema, i.e. el terrorismo, cortocircuitando
su desarrollo (represión preventiva, lo han bautizado, y empezado a aplicar contra Iraq).
Sin embargo, la utilización de herramientas para el análisis cualitativo era tan
precaria en 1993 como ahora. A pesar de que desde mucho antes se cuenta con técnicas como
la de escenarios, que permite construir futuribles a partir de una combinación precisa de
indicadores, son del todo escasos los analistas realmente capacitados para implementarla y
los políticos preparados para consumir los informes de ella derivados. A ello añadimos
la dificultad de los propios analistas para valorizar piezas de información muy novedosas
(por ejemplo, contextualizar adecuadamente indicios que le decían al FBI que cierto
número de personas tomaban clases de vuelo dentro de los propios EEUU) cuya combinación
analítica resulta en combinaciones concluyentes que resultan increíbles (estrellar
aviones contra las Torres Gemelas) para los modelos mentales sesgados del propio analista,
incapaz de liberarse de sus creencias sobre cómo debe de funcionar el mundo y hasta
dónde es capaz de llegar la conducta humana.
Por otra parte, algunos especialistas (Jenkins, 2004) en el fenómeno
terrorista se preguntan si no será que los servicios de inteligencia no están
psicológicamente preparados para manejar la naturaleza dinámica y cambiante del
terrorismo global. Instituciones contraterroristas ancladas en estructuras muy
burocratizadas, procedimientos operativos rígidos, infravaloración de la cultura de
análisis, anémica y poco imaginativa gestión de las fuentes humanas de información.
Habitualmente, en los órganos de inteligencia contraterrorista existe
confusión entre la dirección y el análisis. Los servicios contraterroristas están
demasiado abajo en los organigramas policiales como para producir análisis que tengan en
cuenta todos los elementos. Cuando encontramos aunque sea un analista orgánicamente más
arriba, no tiene acceso a información operativa, y por tanto sus interpretaciones están
minusválidas. Ahora mismo no existe un solo analista profesional de la seguridad pública
que pueda interpretar un mapa completo de las investigaciones sobre terrorismo en muchos
países por su incapacidad para manejar, al mismo tiempo, todas las piezas del puzzle
informativo de interés. En los algunos modelos, a menudo es un directivo en algún
vértice institucional quien puede llegar a acumular todas las claves, pero no está
necesariamente preparado en metodología de análisis, pues no es un técnico, para
procesar concluyentemente todas las piezas de información.
En ciertos países, las libertades públicas se garantizan en base a un
modelo que ha alimentado una cultura de seguridad pública sustanciada en la competencia
entre dos o más cuerpos nacionales de seguridad o policía. Tal esquema tiene ventajas e
inconvenientes. Entre los problemas, fraguados en décadas, cuenta el que los servicios de
inteligencia hayan desarrollado personalidades institucionales donde la propiedad de la
información y de sus fuentes es un valor.
La cultura institucional o personalidad corporativa determina el
comportamiento de las organizaciones. Igual que la personalidad individual marca la
conducta del ser humano. La orientación de los servicios de información de las fuerzas
de seguridad está muy influida por la identidad policial o militar de sus miembros. Por
lo que respecta al Centro Nacional de Inteligencia en España, por ejemplo, es
predominante una cultura militar heredada de sus organizaciones matrices, desde el
Servicio Central de Documentación (SECED) franquista hasta el reciente Centro Superior de
Información de la Defensa (CESID), aun a pesar de la entrada entre sus directivos de
personal civil universitario. Pues bien, la identidad policial o militar de los agentes de
inteligencia contraterrorista no es necesariamente negativa, pero imprime ciertos
condicionantes.
En primera instancia, los códigos morales. Es ineludible que los
defensores de la ley consideren que están en el lado del Bien, del bien con mayúsculas.
Terroristas y criminales estarían ocuparían el lado del mal. La línea divisoria,
evidentemente, es el Estado de Derecho. Tal radicación moral, ya digo absolutamente
imprescindible en la defensa de la ley, de alguna manera sesga la aproximación a los
fenómenos criminales complejos. La interpretación de la realidad terrorista debe tener
en cuenta su vertiente moral, incluso la emocional, su pretendida ideología, y cada uno
de los componentes de la sociedad en que se inscribe. Sin embargo, en el proceso de
interpretación, el analista debe "suspender" su identidad policial, militar o
asimilada. Es un proceso difícil de lograr, pero entrenable.
Otra cuestión, presente en la comunidad de inteligencia en medida
variable, es la rigidez en el razonamiento analítico. Esta rigidez se nutre,
esencialmente, de tres tapones, uno estructural, otro metodológico y un último
procedimental. El estructural procede de una jerarquía vertical muy burocratizada,
incompatible con el comportamiento de amenazas flexibles, dinámicas y horizontales
(Esteban Navarro, 2004). La iniciativa y la innovación están penalizadas por el sistema,
que tiende al conservadurismo extremo. En cambio, anticiparse al terrorismo requiere
capacidad de proyectar escenarios, de ruptura, de manejar con soltura el pensamiento
divergente. La cultura institucional de los servicios de inteligencia sanciona la
creatividad en beneficio de la burocracia.
El obstáculo metodológico procede de una deficiente especialización
en herramientas de procesamiento analítico de la información. Aunque parezca
sorprendente, los centros de conocimiento por excelencia, institutos de investigación o
universidad, no transfieren con el dinamismo deseable todo el saber instrumental sobre
herramientas para pensar, para extraer conclusiones. Son pocos los analistas de
contraterrorismo capaces de extraer hipótesis y conclusiones como si fueran científicos.
Es más, se trata de una orientación cultural no demasiado bien vista por la personalidad
institucional. Progresivamente se están abriendo puentes de comunicación entre ambos
mundos, pero continúan lentos y desconfiados.
En cuanto al tapón procedimental, que intima con la identidad policial
de la mayoría de los analistas, está imbricado en la excesiva dependencia de los hechos
a la hora de interpretar la realidad. La dependencia de los hechos es el eje medular, sin
duda, de las investigaciones policiales. Lo que ocurre es que esta dependencia se ha
alojado en la personalidad grupal de los servicios contraterroristas de manera que a sus
analistas les provoca verdadero pánico razonar, y mucho más hablar, en términos de
probabilidad de ocurrencia. El grueso de los análisis se detienen en cuanto el
especialista que los redacta se encuentra ante escenarios cargados de incertidumbre. El
analista no se atreverá a extraer conclusiones y, probablemente si en una pulsión de
osadía lo hace, no encontrará los medios para transmitir con eficacia el escenario a sus
superiores.
La solución no pasa, desde luego, por fracturar completamente la
actual personalidad. La alternativa vendría de introducir, en el interior mismo de los
servicios de inteligencia, mecanismos de corrección para compensar las derivas
contraproducentes que pudieran tener esas personalidades organizacionales.
Una propuesta interesante es la creación de equipos creativos, dotados
de alta funcionalidad prospectiva, en los servicios de inteligencia. Estructuralmente no
serían nada costosos. Media docena de personas adscritas a los directores de inteligencia
en cada una de las instituciones. Habilitación máxima de seguridad y acceso a toda la
información operativa y de inteligencia. Perfecta interiorización de la cultura de su
propia organización y conocimiento enciclopédico e íntimo del fenómeno terrorista.
Capacitación especializada en todo tipo de análisis, técnicas de razonamiento, de
control de sesgos, de interpretación de realidades complejas, de construcción de
escenarios prospectivos. Es evidente el papel de la ciencia de la psicología aquí.
Dentro de esos equipos, la innovación y pensar sobre lo "aparentemente"
imposible estarían incentivados. Un aporte más a los resultados clásicos de la
personalidad institucional, que se han revelado muy eficaces hasta ahora, aunque limitados
cuando nos encontramos con escenarios extremos. Como el 11 de septiembre de 2001 en EEUU o
el 11 de marzo de 2004 en Madrid.
En suma, estamos ante un reto formidable para las instituciones de
inteligencia y seguridad de los Estados, que deben hacer uso de medios de obtención de
información más potentes e incisivos como las operaciones de infiltración a largo
plazo, pero también multiplicar el esfuerzo de sus órganos de análisis para liberarlos
de viejas patologías que cronifican rigideces estructurales. La garantía de una
seguridad efectiva contra el terrorismo y el crimen organizado transnacional, ambos
fenómenos complejos, depende hoy más que nunca de sistemas de inteligencia legítimos,
flexibles y libres de anclajes racionales disfuncionales. BIBLIOGRAFÍA
Alonso-Fernández, F. (1994). Psicología del Terrorismo.
Barcelona: Masson-Salvat.
Andrés Pueyo, A. (1997). Manual de psicología diferencial.
Barcelona: McGraw-Hill
Arent, H. (1972). Le système totalitaire. Paris, Seuil.
Atran, S. (2003). Genesis of suicide terrorism. Science,
299:1534-1539
Bilbeny, N. (1993). El idiota moral. Barcelona: Anagrama.
Blanco, A. (2004). El avasallamiento del sujeto. Claves
de Razón Práctica, 144 (12-21)
Crenshaw, M. (1995). Terrorism in context. University
Park: Pennsylvania State University Press.
Domínguez Iribarren, F. (1998). ETA: estrategia organizativa
y actuaciones: 1978-1992. Bilbao: UPV.
Esteban Navarro, M.A. (2004). Necesidad, funcionamiento y
misión de un servicio de inteligencia para la seguridad y la defensa. En Estudios
sobre Inteligencia, Cuaderno de Estrategia nº 127, Instituto Español de
Estudios Estratégicos.
Jenkins, B. (2004). Redefining the enemy. Rand Review,
28(1): 16-23.
Kepel, G. (2000). Jihad: expansion et déclin de lislamisme.
Paris: Éditions Gallimad.
Lamo de Espinosa, E. (2004). Bajo puertas de fuego. Madrid :
Taurus.
Laval, G. (1995) Malaise dans la pensée. Essai sur la
pensée totalitaire. Paris: Publisud.
Lowenthal, M. (1993). Intelligence Epistemology: dealing
with the unbelievable. International Journal of Intelligence and Counterintelligence,
6 (3): 319-325.
Moghadam, A. (2003). Suicide bombings in the Israeli-Palestinian
conflict: a conceptual framework. Studies in conflict and terrorism,
26(2):65-92.
Montero, A. (1998). Servicios de Inteligencia. Ejército.
Revista de las Armas y Servicios, 686:28-47
Montero, A. (2003a). Una hipótesis psicológica sobre los
correlatos neurocognitivos de la violencia sistemática del terrorismo. Psicopatología
Clínica Legal y Forense, 3(1): 87-99
Montero, A. (2003b). Inteligencia para la seguridad contra
el terrorismo. Gobernanza y Seguridad Sostenible, 10.
Raine, A. y Sanmartín, J. (2000). Violencia y Psicopatía.
Barcelona: Ariel.
Reich, W. (1990). Origins of terrorism: psychologies,
ideologies and states of mind. Cambridge: Cambridge University Press.
Reinares, F. (1998). Terrorismo y Antiterrorismo. Barcelona:
Paidós.
Reinares, F. (2001). Patriotas de la muerte. Madrid:
Taurus.
Sánchez-Cuenca, I. (2001). ETA contra el Estado. Barcelona:
Tusquets.
Troy, T.F. (1991). The correct definition of intelligence.
International Journal of Intelligence and Counterintelligence, 5( 4):433-454
Westerfield, H.B. (1996). Inside ivory bunkers: CIA analysts
resist managers pandering. International Journal of Intelligence and Counterintelligence,
9 (4): 407-424.
|