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LA FIGURA DEL AGRESOR EN LA VIOLENCIA DE GÉNERO:
LA FIGURA DEL AGRESOR EN LA VIOLENCIA DE GÉNERO: CARACTERÍSTICAS PERSONALES E INTERVENCIÓN
Elena López García
Asociación para Formación de la Salud y Desarrollo Personal
Además de todos los esfuerzos que se están llevando a cabo hoy en
día para la prevención e intervención en el caso de la violencia contra las mujeres,
tratamientos y apoyos psicológicos y sociales hacia las afectadas, que desde aquí se
considera algo totalmente necesario e imprescindible a la vez que escaso hasta el momento;
Se aborda en el artículo que sigue, la considerada también imprescindible y
muchas veces olvidada debido a la sensibilización directa que nos merecen las víctimas -
búsqueda de alternativas terapéuticas y sociales a través de la reeducación y
resocialización del hombre violento, para así de esta forma complementaria intentar
conseguir la eliminación del problema en un futuro.
In addition to all the efforts that are carried out nowadays for the
prevention and intervention in case of the violence against the women, treatments and
psychological supports for the affected ones, which from here something completely
necessary and essential considers simultaneously that scarce for the time being; It is
approached in the article that continues, also necessary and often forgotten due to
the direct sensitive that the victims deserve us search of therapeutic and social
alternatives across the reeducation and resocialization of the violent man, for this way
of this complementary for to try to obtain the elimination of the problem in the future.
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Correspondencia: Elena López García. Avda. Cardenal Cisneros, 11, 7ºA.
34004- Palencia. España. E-mail: afosadep@terra.es A lo largo de la historia, la
violencia se ha tolerado y estimulado tomándose como forma de resolver las tensiones y
los conflictos. En relación a las mujeres, la violencia contra ellas es una expresión de
la creencia por parte de los agresores de desigualdad, entendida esta como afiliación de
superioridad del sexo masculino sobre el femenino. Es un problema que afecta a toda la
sociedad y que por tanto, ha de analizarse ( entre otros campos) desde un contexto social.
Cuando se habla de agresividad, violencia y malos tratos, surgen
algunas preguntas que nos llevan a planteamientos y conclusiones erróneas. Algunos de los
interrogantes que se nos plantean son: ¿ es el ser humano agresivo por naturaleza?, ¿
qué es la agresividad?, ¿ qué son los malos tratos?, ¿ quiere decir lo mismo violencia
que agresividad? ( Espada y Torres, 1996a); que aquí vamos a intentar resolver.
La agresividad es una respuesta adaptativa y necesaria para
afrontar de forma positiva situaciones peligrosas. Por otra parte, la violencia es
una acción u omisión innecesaria y destructiva de una persona hacia otra; sírvase como
ejemplo, aquella en la que durante una discusión familiar cuando no se llega a un
acuerdo, el padre de familia impone agresivamente su criterio con descalificaciones
verbales, gritos y amenazas. Todas las personas pueden ser agresivas pero esto no hace
necesariamente que tengan que ser violentas. Mientras la agresividad es algo básico del
ser humano para su supervivencia, la violencia es siempre destructiva. Los comportamientos
más violentos y crueles en el ser humano no responden al instinto de autodefensa. Así,
el maltrato doméstico se puede definir como agresiones físicas, psíquicas,
sexuales o de otro tipo, que se llevan a cabo de forma reiterada por parte de un familiar,
y que causan daño físico o coartan la libertad de otra persona.
Según la declaración de las Naciones Unidas sobre la eliminación de
la Violencia contra la Mujer, en su artículo 1; la violencia contra las mujeres es todo
acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como
resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para las mujeres,
inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de
libertad, tanto si se produce en la vida pública o privada.
Un total de 51 mujeres han perdido la vida en España este año a causa
de la violencia de género en lo que va de año. De ellas, más de la mitad (51 por
ciento) han perdido la vida bien a manos de sus ex parejas o, bien cuando se encontraban
en la fase de ruptura de su relación, según datos elaborados por el Instituto de la
Mujer.
La proporción de mujeres que pierde la vida a manos de su pareja
cuando intenta poner fin a su relación sentimental viene aumentando desde el año 2000,
cuando el porcentaje de parejas en crisis era de un 32 por ciento; en 2001, estos casos
representaron un 45,1 por ciento; en 2002, un 30,2 por ciento; y en 2003, un 38 por
ciento. Por otro lado, se han registrado seis víctimas mortales menos los nueve primeros
meses de este año respecto a los nueve primeros meses del año 2003, cuando se
contabilizaron 57 mujeres muertas. Además, del total de víctimas un 21,5 por ciento de
las fallecidas eran extranjeras, frente a un porcentaje del 14 por ciento durante todo el
año pasado.
En cuanto a la progresión a lo largo del año, en los meses de enero y
febrero el número de fallecidas fue sensiblemente inferior, con 2 y 4, respectivamente,
pero a partir de marzo el número se eleva hasta 7 y cada mes se han contabilizado cifras
de 6 o 7 víctimas mortales.
TIPOS DE MALOS TRATOS EN LA VIOLENCIA DE GÉNERO
Un acto de maltrato tiene siempre como consecuencia secuelas físicas y
psicológicas. Sin embargo, dependiendo de la naturaleza del maltrato, las consecuencias
psicológicas pueden ser distintas. Las diferentes formas de malos tratos, dependen tanto
de la actuación del agresor como de las consecuencias para la víctima:
- Psíquicos. Actos o conductas que producen desvalorización o
sufrimiento en las mujeres: amenazas, humillaciones, exigencia de obediencia,
convencimiento de culpabilidad ante cualquier problema, insultos, aislamiento,
descalificación o ridiculización de sus opiniones, humillación en público, ...
- Físicos. Actos no accidentales que provoquen o puedan
producir daño físico o enfermedad en la mujer: golpes, heridas, fracturas, quemaduras,
... Pueden aparecer bien de forma cotidiana o cíclica.
- Sexuales. Imposición a la mujer de una relación sexual en
contra de su voluntad y donde se utiliza la fuerza o la intimidación. Cuando se produce
penetración forzada, es considerado violación.
EL AGRESOR: CARACTERÍSTICAS PERSONALES
La agresividad ha sido muchas veces plasmada en sujetos con
características más bien deformes, desagradables o anormales, como si con esto
asintiesen la fantasía generalizada de que los violentos, los hombres dañinos o
peligrosos, son personas mentalmente desequilibradas y físicamente reconocibles por sus
siniestras facciones (Pastor, 1994a). Por supuesto que la correlación entre aspecto
físico y temperamento hoy ya no es un tema creíble como lo fue en las épocas en que
estuvieron de moda las tipologías. Sin embargo, no hay que olvidar que todo observador
tiende, según la teoría perceptiva de atribución, a figurarse o formarse una idea del
temperamento y personalidad de los demás basándose en su aspecto físico, de modo que
una persona que no resulte " agradable a la vista" tiene más probabilidad de
que le acusen de un crimen violento, que otra con facciones normales o agradables ( Dion,
K. K., 1972).
Más creíble es, aunque tampoco demostrada del todo, la creencia de
atribuir agresividad extrema a desequilibrados psíquicos, a enfermos mentales o con
desajustes emotivos. Cierto es que la agitación y la psicomotricidad exaltada que
manifiesta un enfermo dominado por tensiones afectivas, impulsan muchas veces a cometer
actos violentos de agresión. Más en concreto, las personalidades psicopáticas se
caracterizan por una enorme desproporción entre sus reacciones agresivas y los estímulos
que las provocan; ya que estas son inadaptadas y de conducta antisocial ( Pastor, 1994b).
No obstante, aunque entre los hombres violentos se encuentre un porcentaje más elevado de
psicópatas y neuróticos que entre la población normal ( Conger y Miller, 1966), la
agresividad no es causa solo de este perfil de personas. Esto, se demuestra cuando el
hombre " normal" que arremete sabe que hace un daño a su víctima y por esto,
trata de disculparse mediante el remordimiento o la autocrítica. De echo, la estrategia
del arrepentimiento, la utilizan para captarse de benevolencia ante el juicio social que
esto conlleva y así reducir los posibles riesgos de ser castigado. Otras veces, emplean
la autojustificación a través de la racionalización, criticando así la "
maldad" de su víctima haciendo de esta manera comprensible su actitud agresiva
contra ella.
El hombre violento no es exclusivo de una determinada clase social,
puede existir en cualquier ciudad y lugar. Aunque no es posible generalizar sobre las
características personales de aquellos que provocan este tipo de actuaciones, distintos
estudios sobre los agresores en la violencia de género demuestran que existen ciertas
peculiaridades, vivencias y situaciones específicas comunes a la mayoría de ellos. Un
gran porcentaje de maltratadores han sido víctimas o testigos de malos tratos, adoptando
este comportamiento como una forma normal de relacionarse. Lo han experimentado como
sistema de poder, aprendiendo que ejerciéndolo en el hogar, obtienen la máxima autoridad
y consiguen lo que quieren. El hombre violento es el resultado de un sistema social que
ofrece los ingredientes para alimentar esta forma de actuar. Aspira a ejercer un poder y
control absolutos sobre su pareja en lo que hace y en sus pensamientos y sentimientos más
íntimos. Consideran a su pareja como una posesión que tienen derecho a controlar en
todos los aspectos de su vida ( Espada y Torres, 1996c).
Los hombres maltratadores suelen tener una imagen muy negativa de sí
mismos, provocando esto una baja autoestima, sintiéndose por esto fracasados como
persona, y consecuentemente actuando de forma amenazante y omnipotente y reforzándose
así con cada acto de violencia.
Suelen ser patológicamente celosos, queriendo ser los primeros y
últimos, y por tanto los únicos, en la atención de su mujer. Así, una parte muy
importante en la iniciación de los actos de violencia suele ser la percepción errónea
que tienen de que su pareja les puede abandonar, sin tener en cuenta la posibilidad de que
ellas puedan tener distintos tipos de relaciones con otras personas ( de amistad, de
familia, ...). Desconfía así de todo lo que hace, sintiendo celos de cualquiera que le
hace sentir que le quita el afecto de su esposa y él lo quiere todo de ella, deseando
tenerla en casa siempre.
También en sus espacios de desarrollo personal y social, los hombres
presentan una serie de características:
En el espacio intelectual ( que media entre el físico y el
cultural); se les enseña a no poner atención a sus procesos emocionales debido a que se
cree que estos obstaculizan su forma de pensar. Es el espacio más importante para la
masculinidad del hombre violento, tiene la percepción distorsionada de que su pensamiento
nunca es erróneo, y así aparece la violencia emocional con otras personas y consigo
mismo. En su espacio físico se prueba a sí mismo que es superior a través de la
fuerza física, de su forma de caminar, en la práctica de determinados deportes, ... En
cuanto al espacio emocional, la forma que tiene de procesar internamente su
relación con el mundo externo e interno, está menos desarrollado porque mantiene la
creencia de que las emociones le hacen sentirse más vulnerable de cara a los demás, y
por ello, reprime este espacio. Espacio social es el que permite desarrollar los
contactos, interacciones e intercambios con el resto de las personas que nos rodean. El
hombre violento, crea relaciones de competencia, controlando los intercambios sociales de
su pareja. La forma de procesar la información mediante el aprendizaje que recibimos del
grupo social más inmediato, es la que conforma el espacio cultural; todas las
creencias que definen y refuerzan la supuesta superioridad de los hombres sobre las
mujeres ya sean mitos o tradiciones son las que apoya el hombre violento, ya
que de esta forma es como obtiene beneficios.
¿ POR QUÉ AGREDEN?
No existe causa única que provoque los malos tratos, aunque por lo
general sí hay una serie de factores de riesgo que pueden hacer surgir la aparición y
posterior mantenimiento de la violencia de género. Aunque existen otras variables que se
analizan posteriormente, una de las causas principales es la situación de desigualdad
real en la que puede encontrarse la mujer ( menor fuerza física, dependencia económica,
menos relaciones sociales debido al aislamiento por estar en casa, ...). La mujer que
depende económicamente de su pareja, tiene más probabilidades de mantener la relación
violenta a lo largo del tiempo. Así mismo, en las situaciones en las que la mujer tiene
un rol de subordinada dentro de la familia, hará que se mantengan a largo plazo los malos
tratos; Son aquellos casos en los que es una mujer desvalorizada y no apoyada socialmente
adoptando papeles de tolerancia, subordinación, sentimientos de sacrificio, no
reconocimiento de derechos humanos básicos, ... todo esto hará acrecentar sus
necesidades y dependencia hacia el hombre que esté con ella reforzando esto su necesidad
de adaptación hacia el maltrato.
Factores socio - culturales
Existen estadísticas criminológicas con porcentajes favorables para
la opinión de que los miembros de las clases más ínfimas de la sociedad sean más
violentos que los de las clases medias y altas ( Wolfgang y Ferracuti, 1967). Estos
estudios han descubierto que el medio sociocultural en el que viven las clases más bajas
fomentan actitudes y valores favorables a la fortaleza corporal, a la tenacidad y a la
resistencia física, lo que conlleva a agredir a su pareja, reforzando de esta forma su
concepto de masculinidad ( Miller, Geertz y Cutter, 1961). Sin embargo, hay que mostrar
cautela a la hora de atribuir, según el esquema de causalidad, la pertenencia a clases
bajas, medias o altas la agresividad de las personas, ya que las estadísticas no muestran
que la causa del hombre violento sea el pertenecer a una clase social, y es muy probable
que se deba además a otras variables más específicas ( Pastor, 1994c). Las ciencias que
analizan lo social, recalcan con sus estudios que la conducta agresiva es el resultado de
experiencias tempranas o de aprendizaje social, debido a motivaciones externas como la
frustración, la aversión o la amenaza de un peligro bien físico o psicológico,
defendiendo exclusivamente la influencia de factores sociales como causa. Sin embargo,
desde una perspectiva más realista y científica, se concluye que las reacciones del
hombre violento se deben a una mosaico de distintas variables. Según el modelo de
Berkowitz, existe una interacción dinámica entre la biología ( que puede afectar a la
conducta) y las condiciones ambientales ( que favorecen o inhiben la expresión de dichas
tendencias), pudiendo influirse ambas variables mutuamente ( Martín Ramírez, 2000a).
Factores biológicos
Los enfoques biológicos tienden a explicar la agresión como algo
inherente a nuestra naturaleza, en vez de adquirido a través de las experiencias vividas
y el aprendizaje. Así, Desmond Morris ( 1969) describe nuestras ciudades como jaulas
donde prevalece la violencia anónima, o Alexandre Mitscherlich ( 1969), que considera al
hombre como una marioneta que debe someterse a todos sus instintos inconscientes. No
obstante, la mayoría de los autores que apoyan la predominancia biológica de la
agresión, suelen defender la plasticidad de los instintos, exponiendo que solo algunas
personas se muestran como pautas de acción fija, explicando de esta forma por qué en
determinadas situaciones algunos hombres, y no todos, actúan de forma violenta.
Según parece, las hormonas sexuales tienen un efecto directo sobre
comportamientos específicos de cada sexo ( Martín Ramírez, 2000b): los andrógenos
producen un aumento en el enfado y en la tendencia hacia la agresividad. Por el contrario,
la administración de estrógenos tiene efectos opuestos ( Van Goozen, Cohen
Kettenis, Gooren, Frijda y Van de Poll, 1995). No obstante, no existen datos evidentes,
sino sólo meras concurrencias correlacionales sobre el eventual efecto causal de la
testosterona en muchas de las diferencias observadas del comportamiento violento de
algunos hombres. La testosterona fomentaría la agresividad a través de distintos
mecanismos diferentes: a) una vía sensitiva a los andrógenos, b) una vía sensitiva a
los estrógenos y c) una combinación de ambas, donde la vía funcional estará
determinada por el genotipo ( Sussman, Worrak, Murowchick, Frobose y Schwab, 1996). Por
último, añadir que la experiencia social también influye en el nivel hormonal, por
ejemplo, el estrés puede disminuir en nivel de andrógenos en los hombres, mientras que
un estado de ánimo positivo y el éxito pueden aumentarlo.
Dicho todo esto, desde la perspectiva biológica se concluye que,
aunque tras la existencia de datos experimentales disponibles que convencen sobre las
relaciones funcionales entre bioquímica y conducta, todavía hoy resulta difícil separar
causas y efectos: aún quedan importantes lagunas sobre cómo se modularían
bilateralmente hormonas y agresión en el hombre violento ( Martín Ramírez, 2000c).
Factores psicosociales
Teniendo en cuenta las explicaciones dadas hasta ahora sobre el
comportamiento agresivo de los hombres en la violencia de género, está claro que no son
defendibles las posturas extremas que hablan de este comportamiento perturbado como
determinado exclusivamente por mecanismos genéticos o ambientales. Se considera necesario
reflexionar de manera personal acerca de las creencias y principios que existen y
mantienen la clase de relación en la que se sustenta la pareja. Solo así, se puede
llegar a comprender las ideas erróneas que los agresores tienen al basarse exclusivamente
en el principio de desigualdad que se les ha sido transmitido a través de la cultura, de
que el hombre es quien manda y el que decide usando la violencia física, psicológica y/o
sexual para reforzarse en este tipo de creencias; siendo así hombres tradicionalistas y
que creen en roles sexuales estereotipados. De esta forma, mantienen una actitud
totalmente negativa y discriminatoria que se basa en su creencia de desigualdad de las
mujeres, que para Glick y Fiske ( 1996) gira en torno a: a) Paternalismo dominador,
suponiendo que la mujer es inferior y más débil que el hombre y por tanto realza la
figura dominante masculina; b) Competitividad en la diferenciación de género,
considerando que las mujeres no tienen las características ni habilidades imprescindibles
como para desenvolverse en el medio público; y c) Hostilidad heterosexual, atribuyendo a
las mujeres un poder sexual que les hace manipuladoras para con los hombres. Desde este
enfoque psicosocial, existen distintos estudios ( Coleman, 1980; Fernández
Montalvo y Echeburúa, 1997; Defensor del Pueblo, 1998) que sugieren que las actitudes y
creencias misóginas podrían ser un elemento común y diferenciador de los maltratadores
( Ferrer y Bosch, 2000). Según Eriksson ( 1997) la violencia doméstica refleja las
desigualdades relacionales de poder entre los distintos sexos; la mujer es víctima de la
violencia debido a su sexo, y el hombre la utiliza para ejercer su poder.
Factores psicopatológicos
Existen otros factores que también pueden, y de hecho la realidad así
nos lo demuestra, desencadenar los comportamientos violentos, como el alcoholismo, los
graves problemas económicos, el desempleo prolongado, la drogadicción, antecedentes de
rechazos afectivos o trastornos psicopatológicos. Todos estos actúan como generadores de
estrés, que si no se aprende a afrontar de una forma positiva y sana, pueden tener esta
fatal consecuencia, aunque ninguno pueda tomarse como causa que por sí misma lo explique.
Es importante señalar ( Espada y Torres, 1996d) que algunos estudios, tanto de la
Comunidad Europea como de Estados Unidos, indican que una de las causas más importantes
de los malos tratos en el hogar está en la personalidad del maltratador. Corroboran que,
frecuentemente, los hombres violentos que maltratan a sus mujeres muestran ciertos rasgos
patológicos como pueden ser impulsividad, paranoia ( delirios celotípicos), inseguridad,
personalidad depresiva, así como tendencia a culpar a los demás de sus fallos como
intento de reforzar su baja autoestima. Desde esta perspectiva se considera que el hombre
actúa de esta manera desadaptada, por tener un problema psicológico o psiquiátrico, y
al sufrir una disfunción se sienten vulnerables e inseguros, por lo que tienden a
sobrecompensar su autoestima a través de la violencia.
Bajo este enfoque psicopatológico, el hombre maltratador podría tener
rasgos con los que encajaría en el tipo de " personalidad sádica" ( Lelord y
André, 1998). Este trastorno de personalidad se caracteriza por un conjunto de
comportamientos cuyo fin es hacer sufrir o " simplemente" dominar a la otra
persona. Buscan el sufrimiento y sumisión del otro exclusivamente por placer personal, y
no como medio para alcanzar cualquier otra meta. Son capaces de llegar a arreglárselas
para no infringir la ley, y no obstante seguir haciendo sufrir a la otra persona por un
medio jurídicamente legal humillar a alguien en público, aterrorizar a través de
amenazas, regodearse con el sufrimiento del otro, forzar a la otra persona a que realice
actos humillantes o degradantes, ... -. Este trastorno de personalidad se suele asociar,
aproximadamente una de cada dos ocasiones, a otro trastorno de personalidad, siendo los
más frecuentes el paranoide, narcisista y antisocial.
INTERVENCIÓN PSICOLÓGICA CON EL AGRESOR
La rehabilitación del agresor no sólo es posible en muchos casos,
sino necesaria para poder romper el ciclo de la violencia -ya sea física o
psicológica- y evitar su reincidencia. Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología
Clínica de la Universidad del País Vasco, asegura que el éxito de la rehabilitación se
basa en dos puntos: que el maltratador tenga conciencia de serlo y que tenga una
motivación para cambiar. En España, las primeras terapias de rehabilitación de
maltratadores se pusieron en marcha en 1995, bajo la coordinación de Echeburúa, con el
apoyo del Instituto Vasco de la Mujer y el gobierno local. El programa, según explica el
propio catedrático, nació tras varios años de prestar asistencia a mujeres maltratadas
y comprobar que muchas de ellas seguían conviviendo con su agresor y que además
no tenían ninguna intención de abandonarle. Tratar a los agresores e intentar que
abandonaran sus conductas violentas era una manera más de ayudar a las mujeres que
sufrían malos tratos. Pero las terapias resultan igualmente necesarias cuando la víctima
se separa y se aleja de su agresor, e incluso cuando éste cumple condena en la cárcel.
Los expertos tienen claro que cuando una persona ya ha establecido relaciones violentas
con una pareja vuelve a repetirlas con otra, ya que lo repite porque obtiene un claro
beneficio: la sumisión de la mujer. Estos programas se topan, sin embargo, con el rechazo
de sectores que defienden la necesidad de que los escasos medios públicos que existen
para combatir la violencia doméstica se inviertan en asistir a las víctimas. Pero hay
algo en lo que sí coinciden tanto los partidarios como los detractores de los
tratamientos de rehabilitación: que las terapias no deben sustituir a las penas de
cárcel.
Las terapias -para empezar, 15 o 20 sesiones a lo largo de 4 meses, con
una periodicidad semanal- abordan los estereotipos de la superioridad masculina, roles
sexuales, control de los impulsos, los celos
Se persigue que el agresor tome
conciencia que cuando degrada a su pareja se degrada a él mismo, y de que abandonar las
conductas violentas es beneficioso para los dos. El objetivo del tratamiento ( Boletín
Criminológico, 1999), debe orientarse al control de la violencia, al margen de la posible
reconciliación conyugal, y no puede limitarse a la detención de la agresión física con
alguna técnica de control de la ira. Lo que es más difícil de controlar es el maltrato
psicológico, que puede continuar aun después de haber cesado la violencia física. Las
perspectivas actuales se centran en la aplicación de un tratamiento individual
cognitivo-conductual, ajustado a las necesidades específicas de cada persona, intercalado
con sesiones grupales de hombres violentos, en el marco global de un programa de violencia
familiar y con un tratamiento psicofarmacológico de control de la conducta violenta, a
modo de apoyo complementario, en algunos casos de sujetos especialmente impulsivos o con
trastornos del estado de ánimo. El programa terapéutico debe ser prolongado (al menos,
de 4 meses) y con unos controles de seguimiento regulares y próximos que cubran un
período de 1 o 2 años. Las sesiones grupales, que pueden estar dirigidas por terapeutas
junto con algún ex-maltratador que actúe como modelo, tienen como objetivo neutralizar
los mecanismos habituales de negación, minimización y atribución causal externa de las
conductas violentas. Se trata asimismo de generar conciencia del problema y de ayudar a
asumir la responsabilidad del mismo, así como de hacer ver que el cambio es posible y de
desarrollar estrategias de afrontamiento efectivas para abordar las dificultades
cotidianas. De este modo, expresar la necesidad del cambio - asumida como decisión propia
y no como resultado de las presiones externas - e interrumpir la cadena de la violencia
son los objetivos fundamentales de estos grupos terapéuticos y el requisito
imprescindible para abordar otras metas de mayor alcance. Por este motivo, un tratamiento
integral del maltrato doméstico debe incluir la atención psicológica del agresor. El
enfoque judicial del maltratador suele ser insuficiente porque se castiga como delito o
falta en el nuevo Código Penal y suele ser penado con multas, arresto de fin de semana o,
menos frecuentemente, con prisión. Estas medidas penales no han mostrado ser lo
suficientemente disuasorias -y en algunos casos han resultado ser contraproducentes- para
detener el maltrato (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 1997). En cambio, el tratamiento
psicológico del maltratador, siempre que sea asumido voluntariamente, parece ser la
intervención más adecuada en la actualidad. De hecho, ha resultado ser un instrumento
útil en aquellos casos en los que el agresor es consciente de su problema y se muestra
motivado para modificar su comportamiento agresivo. Por el contrario, las tasas de éxito
en pacientes derivados del juzgado y sometidos obligatoriamente a tratamiento son muy
bajas ya que en estos casos el agresor no tiene una motivación genuina para que se
produzca un cambio sustancial en su comportamiento. La negación -total o parcial- del
problema dificulta la búsqueda de ayuda terapéutica. No es, por ello, infrecuente que no
se acuda a la consulta o se haga en condiciones de presión (amenazas de divorcio por
parte de la pareja, denuncias, etc.), con el autoengaño de que " esta situación de
violencia nunca más se va a volver a repetir", siendo esta actitud el reflejo de la
resistencia al cambio. A causa de lo dicho, resulta prioritario evaluar en estas primeras
fases del tratamiento el grado de peligrosidad actual del paciente y el nivel de
motivación para el cambio. Reconocer la existencia del problema es el paso previo para la
terapia, y sólo desde esta perspectiva se puede iniciar un programa para el cambio. Las
intervenciones terapéuticas con maltratadores han tenido como objetivo enseñar técnicas
de suspensión temporal, abordar el problema de los celos, controlar los hábitos de
bebida, reevaluar los sesgos cognitivos, diseñar estrategias de solución de problemas,
entrenar en relajación y habilidades de comunicación y enseñar técnicas de
afrontamiento de la ira y de control de los impulsos. Con estas terapias utilizadas para
un estudio, se ha obtenido al terminar el tratamiento, una tasa de éxitos del 81% de los
casos tratados, que se ha reducido al 69% en el seguimiento de los 3 meses. No deja de ser
significativo que la tasa de rechazos y de abandonos prematuros de la terapia afecte a
casi el 50% de los sujetos (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 1997). La heterogeneidad de
los programas y la variedad de las técnicas utilizadas hasta la fecha impiden obtener
conclusiones definitivas. Quizá convenga en un futuro depurar los protocolos de
tratamiento en función de las diversas variables implicadas (modalidades terapéuticas,
número de sesiones, formato individual o grupal, etc.) y de los distintos tipos de
maltratadores. No obstante, lo que si queda claramente demostrado es que el mero hecho de
recibir un tratamiento reduce considerablemente la tasa de reincidencia. Desde una
perspectiva predictiva, los factores asociados al éxito terapéutico son los siguientes:
la edad del maltratador, una situación económica desahogada, el comienzo tardío de la
violencia y la realización de un mayor número de sesiones de pareja. Desde un punto de
vista general, habría que optar por la reeducación y la resocialización en función de
esa falta de habilidades o habilidades no adaptativas, así como una reestructuración de
las distorsiones cognitivas que tienen respecto a la mujer; considerando las que siguen
como variables alteradas ( Gómez, 1999):
- Deficientes habilidades en la relación con otras personas; tanto
en las habilidades de comunicación como a la hora de mantener relaciones sanas
con los demás. La intervención en la modificación de estas conductas, se basaría
en un entrenamiento exhaustivo y prolongado en el tiempo de habilidades
sociales, haciendo hincapié en la necesidad de mantener una comunicación
eficaz con otras personas, así como adquirir la capacidad de expresarse de
forma asertiva, evitando de este modo, futuros conflictos y malos entendidos
expresando en todo momento sus opiniones, sentimientos y emociones sin vulnerar
los derechos humanos básicos de los demás y sintiéndose así capaces hasta
cierto punto de controlar sus impulsos agresivos.
- No asumen las responsabilidad de sus actos ( no identificando las
situaciones peligrosas, no asumen el impacto recibido por parte de sus víctimas,
no desarrollan estrategias para la prevención de reincidencia). Para paliar
esto, se deben llevar a cabo campañas de información sobre los impactos
psicológicos recibidos por las víctimas y de sensibilización hacia
estas mujeres, mostrando casos reales y las consecuencias fatales producidas
por estos.
- Pobre control emocional, lo que conlleva a una incapacidad para
controlar sus impulsos violentos. Se trataría de eliminar la ejecución de
la conducta impulsiva de agredir, y una posible técnica, junto con las intervenciones
antes expuestas, sería la prevención de la respuesta ( del acto violento),
con el fin de que el malestar y la ansiedad producidos por su ira y sus distorsiones
cognitivas fueran disminuyendo de forma progresiva hasta su desaparición.
La prevención de respuesta se llevaría a cabo mediante la ejecución de respuestas
incompatibles con la agresión. Esta técnica se utilizaría combinada con las
técnicas del control de activación ( Labrador, Cruzado y Muñoz, 1997):
la relajación y la respiración.
- Bajo nivel de autoestima. Reestructuración cognitiva de sus
distorsiones a cerca de las capacidades, derechos básicos y valores que tiene
tanto la mujer como el resto de las personas; causas de las ideas irracionales,
parada de pensamiento ( ayudada con las técnicas del control de activación
antes mencionadas); y autorregistros donde anotan sentimientos, conductas
y consecuencias de las mismas, analizándolo todo en las sesiones, conjuntamente
con el terapeuta.
Además de todo esto, hay que tener en cuenta que como las conductas
habituales de maltrato se desarrollan y mantienen por razones muy variadas, las técnicas
concretas de tratamiento propuestas en este programa de intervención no pueden ser
homogéneas. Quiere decirse que en determinados pacientes es necesario resaltar, por
ejemplo, como objetivo terapéutico la eliminación de los estereotipos machistas o el
control de la conducta de celos y pueden pasarse por alto las técnicas encaminadas al
abuso del alcohol, que pueden no resultar necesarias. En otros casos, sin embargo, resulta
imprescindible establecer un programa adecuado de bebida controlada o derivar al
paciente a un centro específico de tratamiento del alcoholismo- y no es preciso atender a
otros aspectos, como la educación para la sexualidad dentro de la pareja o la mejora de
la autoestima.
CONCLUSIONES
Después de vistas las distintas perspectivas y diferentes enfoques que
intentan averiguar las causas más probables o al menos más comunes de la violencia de
genero, si algo nos queda claro es que no existe una sola causa que determine la violencia
del hombre contra la mujer, sino que lo más probable es que se trate de un conjunto de
factores que se interrelacionan en cada individuo de una manera diferente, generando así
distintas conductas de maltrato. Además, al no ser causa única ninguna de las vistas,
influye también en la intervención terapéutica para con el agresor, pudiendo llevarse a
cabo diferentes técnicas psicológicas para la prevención de este " mal" en un
futuro, y posible rehabilitación y evitación de recaídas siempre pensando en las
víctimas, que al fin y al cabo son quienes sufren los efectos directos por parte de estos
casos de violencia, que en nuestros días por desgracia, se están convirtiendo en algo
casi cotidiano; y por lo tanto cada vez es mayor la urgencia de solucionar este problema
abordándolo desde todos los campos posibles, siendo siempre insuficientes todas las
estrategias que se están llevando a cabo, tanto en la atención a las víctimas, la
rehabilitación y prevención de recaídas del maltratador, como en una falta de control,
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