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PAPELES DEL PSICÓLOGO
  • Director: Serafín Lemos Giráldez
  • Difusión: (Noviembre 2013)
         Media de difusión: 57.900 ejemplares
  • Periodicidad: Enero-Abril | Mayo-Agosto | Septiembre-Diciembre
  • ISSN: 0214 - 7823
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Papeles del Psicólogo, 1984. Vol. (15).




ESTUDIOS SOBRE PSICOLOGIA DEL TESTIMONIO

José Joaquín Mira Solves

El artículo que a continuación se desarrolla tiene su origen en el trabajo de investigación titulado "Memoria en la vida diaria: Un estudio experimental sobre testimonio": tal investigación constituye el tema de la tesis de licenciatura del autor. Es su intención al elaborarlo ofrecer al lector la posibilidad de conocer -en la medida que yo sea capaz- e interesar -o, al menos no aburrir- en esta área de investigación y del trabajo (desconocida y nueva para muchos) con la seguridad de que en breve, este tipo de intervención psicológica será demandada por la sociedad, especialmente por policías juristas, como ya ocurre en otros países.

Estoy muy agradecido a la Junta Rectora de la Delegación de Madrid del Colegio pro considerar oportuno premiar mi trabajo en el II Premio Memorias de Licenciatura, así como por la oportunidad de dirigirme a vosotros en Papeles del Colegio. De igual forma, y muy particularmente, quiero agradecer a Marga Diges, Ada Palazón y Alfonso Sanz su inestimable colaboración en mi Memoria de Licenciatura.

Realmente creo que en tan breve espacio no es posible informar extensamente de las investigaciones y sus resultados en los diverso campos de trabajo que conforman la Psicología del Testimonio. Espero, al menos, que el lector interesado encuentre en la bibliografía las fuentes -más indicadas que yo mismo- para permitirle el ejercicio de la profesión en este campo adecuadamente.

Pero, ¿qué es la Psicología del Testimonio? Como ya veremos, un intento de definición comprensiva del término, debería abarcar el estudio de cómo atiende, percibe y codifica la información un testigo, cómo identifica a alguien y cuáles son las influencias sociales bajo las que actúa (Mira, 1983). Si bien los primeros trabajos sobre esta área aparecen a finales del siglo XIX y principios de éste (Parker, 1980) centrados sobre todo en el estudio de la exactitud de la memoria de los testigos, considerando como hallazgo fundamental el efecto que la sugestión -por el tipo de preguntas formuladas, por la forma gramatical de las preguntas, por la actitud hacia los testigos, etc...- podía tener ene el testimonio, y formulándose ya la necesidad de una reforma legal basada en la experimentación científica (Münstenberg, 1908), actualmente se entiende que el testimonio no supone sólo el relato de un suceso pasado y/o la identificación de las personas involucradas en él, sino que se añade un nuevo sentido en la investigación e interpretación de resultados al considerar que el testimonio necesariamente se refiere a un evento social pasado por el que se pregunta y que, además, se da en un contexto social determinado que ejerce una enorme presión sobre los individuos.

Hemos de tener presente, por otro lado, que el testimonio no es ni un caso especial ni aplicado de la memoria, sino que su estudio puede ser realizado a partir de los resultados obtenidos en la investigación sobre el funcionamiento de procesos psicológicos tales como: atención percepción y memoria, siendo este caso un ejemplo más de la actuación de la memoria en la vida real. Esto es, los mecanismos psicológicos que se ponen en funcionamiento cuando un testigo presencia un accidente o un delito no son muy diferentes de los que actúan cuando no podemos reconocer al camarero que nos sirve la mesa, o lo que pasó el día anterior (Diges y Mira, 1983).

Bajo el epígrafe Psicología del Testimonio cabría diferenciar cuatro áreas de trabajo (Mira, 1983).

El estudio acerca del funcionamiento de la memoria

Entendiéndose aquí que atención, percepción y memoria serían los tres momentos de un proceso continuo. Lo que se pretende es llegar a conocer y poder explicar cómo se producen los errores de omisión y comisión típicos de la actuación de los testigos. En este sentido, se acepta que la memoria no funciona como un vídeo reproduciendo escenas e imágenes en los sujetos, sino que, más bien, reconstruye los sucesos cada vez que el sujeto precisa de su recuperación (Barttlet, 1932). Normalmente se entiende que atención, percepción y memoria constituyen procesos limitados y selectivos (Broadbent, 1971; Ruiz-Vargas, 1982) que obligan a los individuos a codificar sólo los aspectos más representativos (y léase representativos para él mismo), o abstraer información en conceptos más amplios con una notable pérdida de información (Wyer y Carlston, 1979). Por lo tanto, bien mediante los mecanismos de nivelación, agudización o asimilación postulados por Allport y Postman (1958), o mediante modelos de procesamiento de información social como el formulado por Wyer y Srull (1980), donde se hipotetiza la existencia de almacenes localizables de memorias en donde se depositarían los item procesados por la "memoria de trabajo" como significativos, o mediante la teoría del conocimiento social de Nisbett y Ross (1980) en cuyo caso serían los heurísticos de representatividad, disponibilidad y vivacidad de la información los mecanismos aducidos de elaboración del conocimiento, o mediante cualquier otro modelo de procesamiento de información se logra explicar la ocurrencia de estos errores.

Estudios sobre cómo se identifica a personas

Diferenciándose los procedimientos que implican la búsqueda y recuperación de la información que se tiene almacenada (tareas de recuerdo) de aquellos que se refieren a situaciones donde el testigo debe decidir si un item determinado se le ha presentado antes o no (tareas de reconocimiento) (Clifford y Bull, 1978).

Los procedimientos al uso en el primer caso tienen en común que la cara es descompuesta en sus diferentes elementos que luego al ir combinándose adecuadamente irán pareciéndose al original. Ejemplos de tales procedimientos son los retratos-robots, las fotografías-robots, los sintetizadores de imágenes con ayuda de ordenadores, las caricaturas y los sistemas de rompecabezas (Davies, 1981; Laughery y cols., 1981). El estudio de su utilidad y eficacia (Davies, 1982), la colaboración y valoración de los diferentes sistemas entre si (Laughery y Fowler, 1980; Christie y Ellis, 1981; Laughery y Smith, 1978), la facilidad vs. dificultad con que se recuerdan los diferentes rasgos faciales (ojos, boca, nariz, etc...) (Fisher y cox, 1975; Patterson, 1978; Shepherd, Davies y Ellis, 1981), el efecto del atractivo vs, no atractivo (Shepherd y Ellis, 1973), del parecido (Davies, Sheperd y Ellis, 1979) o del intervalo de tiempo (Sheperd, 1983), la elaboración de nuevos sistemas (Laughery, Smith y Yount, 1982), el empleo de sofisticados sistemas por ordenados para configurar rostros (Laughery y cols., 10981), el efecto de una primera tarea recuerdo en futuros reconocimientos (Gorenstein y Ellsworth, 1980; Loftus, 1976), el rango y representatividad de las características faciales -en el caso del retrato-robot se emplean 381 frente a las 562 del sistema de fotografía-robot- (Davies, 1981), el problema de que tales procedimientos parten de la hipótesis de que se puede componer una cara partiendo de sus elementos, hipótesis que no aparece del todo clara ya que aquí el todo es más que la suma de las partes (Mira y Diges, 1984) y, en definitiva, que las caras son a la vez estímulos físicos y sociales que hacen que no sólo nos fijemos en ellas, sino que además las interpretemos (Davies, 1978) han sido los aspectos que más han interesado a los autores.

En cuanto al segundo caso, el procedimiento más usual es la rueda de presos o la búsqueda de un sospechoso entre fotografías de delincuentes habituales. El tipo de experimentos realizados sobre estos procedimientos son idénticos a los anteriores (Goldstein y Chance, 1981) aunque, se aprecie en este caso, una notable preocupación por encontrar sistemas o técnicas de entrenamiento que mejoren las habilidades de los testigos para poder reconocer con seguridad a los sospechosos, sin duda por el hecho de que la identificación en un juicio del reo como autor de los incidentes no constituye una prueba importante y necesaria para demostrar su culpabilidad. Es el caso de los trabajos de Malpass (1981) y Malpass y Devine (1981a. 1981b. 1981c), que -aunque sus resultados no son muy alentadores- demuestran claramente que reconocer a un sospechoso en una rueda de presos depende, entre otras cosas, del tipo de instrucciones y duración de la condena que pueda corresponder al sospechoso.

En cuanto a los resultados obtenidos al valorar la seguridad con que se reconoce a otros H. Ellis (1982) es muy optimista ya que parece que entre una emana y cuatro meses los individuos son normalmente capaces de reconocer a una persona. Ahora bien, la posibilidad de que el testigo de un delito, equivocadamente, identifique como en otro lugar (Loftus, 1976; Buckhout, 1974), o que quienes recuerdan detalles "periféricos" de lo sucedido no identifiquen con seguridad a las personas (Wells y Leippe, 1982), llaman la atención sobre el problema de la imparcialidad en la composición de las ruedas de presos (Mira y Diges, 1983). Y así, en base a la experiencia empírica y experimental, se han elaborado diversas recomendaciones que, de ser tenidas en cuenta, propician que nadie sea acusado salvo en base a la propia evidencia de los testigos (Deffenbacher y Horney, 1981), sugiriéndose al mismo tiempo diversas medidas de imparcialidad (Malpass y Devine, 1983) que, en esencia, pretenden controlar los factores psicológicos que afectan al reconocimiento.

En resumen, la valoración de los distintos procedimientos para identificar personas, su utilidad, eficacia, certeza e imparcialidad ha sido el objeto de estudio de los autores citados aquí.

Aspectos sociales en el testimonio

Al hacer mención de este punto estamos considerando que las situaciones de testimonio son también "hechos sociales", en los que las investigaciones en Psicología Social juegan un destacado papel. Principalmente ha sido estudiado el efecto que sobre los testigos tienen las ideas estereotipadas, la conformidad a la opinión de la mayoría y la forma en que se interroga a los testigos. Así, por ejemplo, se ha encontrado que las personas confían en poder atribuir intenciones a uno en función de su fisonomía (Hochberg y Galper, 1974) comprobándose como para ciertos delitos -asalto, robo a mano armada, de vehículos, tráfico ilegal de drogas, estafa, abusos y atentado contra la moral- algunas personas son más susceptibles de ser asociada a ellos que otras. Es importante señalar aquí, que en los experimentos realizados los resultados obtenidos con muestras, y aunque su generalización presenta problemas metodológicos, todo hace suponer que su actuación no es significativamente diferente (Bull y Green, 1980). El atractivo físico ha sido considerado como una de las variables que más poderosamente influyen en la formación de juicios sobre los otros (Bull 1979). La creencia de "lo que es hermoso es bueno" y su opuesta, una fisonomía anormal como prueba de una conducta también anormal ha sido sistemáticamente analizada (Dion, Berscheid y Walster, 1972; Efran, 1974; Sigall y Ostrove, 1974; Bull, 1979), encontrándose que cuando un testigo no está convencido de la culpabilidad de un sospechoso al que debe identificar, si éste es "bien parecido" es más probable que le favorezca el beneficio de la duda. Por otra parte, de la misma forma que una persona puede ser persuadida a adoptar la opinión de una mayoría, los testigos de un delito pueden al comentar entre ellos los hechos estar, sin querer, distorsionando su testimonio en función de lo que se oye a los otros (Buckhout, 1974: Alper, 1976). Por último, parece existir un acuerdo entre los investigadores de que para conocer los detalles de los incidentes el recuerdo libre es más seguro, pero menos completo, que contestar a preguntas concretas (Hilgard y Loftus, 1979) y de que la forma gramatical con que se formulan las preguntas puede afectar poderosamente a las respuestas (Loftus y Palmer, 1974). En este sentido, se entiende que el lenguaje en un proceso legal juega su papel en dos campos diferentes: por un lado en la conceptualización y resolución de las disputas verbales, ya que hay pruebas de que los "hechos se negocian" entre los participantes del proceso legal y, en segundo lugar, la dificultad que para los profanos del derecho representa el lenguaje legal (Danet, 1978). Además, hemos de ser conscientes -y llamar la atención sobre ello- de que las expectativas del interrogador tienen un poderoso efecto deletéreo sobre los testigos y así, al dejar pasar por alto alguna foto, preguntando ¿está usted seguro?, con ciertas insinuaciones, uhm..., o mostrando interés por alguna respuesta puede, inconscientemente, guiarse al testigo hacia algunas sospechas previas (Smith, Plebam y Shaffer, 1982; Buckhout, 1974)., Es más, parece que los testigos que han sido interrogados con estas preguntas sesgadas codifican la información no original en el recuerdo que tienen de lo sucedido, de tal forma que en sucesivos interrogatorios no podrán diferenciar sus recuerdos originales de los sugeridos (Loftus, 1974; Clifford y Bull, 1978; Thorson y Hochhaus, 1977).

Estudio de cómo las diferencias entre individuos afectan a la calidad del testimonio

Esta área es, sin duda, la que menos atención ha recibido de los diferentes autores, siendo sistematizadas únicamente las diferencias en cuanto a sexo y edad.

En el caso de las diferencias en cuanto al sexo pueden distinguirse dos planos en los resultados de las investigaciones: por un lado la determinación de la fiabilidad del testimonio de hombrees y mujeres, y por otro, las diferencias al reconocer personas. En el primer caso, los resultados son contradictorios, encontrándose que el delito, la tarea y el contexto afectan a la calidad del testimonio (Clifford y Scott, 1978); ahora bien, cuando se trata de reconocer personas parece, en cambio, haber más pruebas de que las mujeres son más eficaces que los hombres en este tipo de tareas (Mckelvie, 1978; Yarmey, 1979; y Jones, 1983) y que además, las caras que más fácilmente se reconocen son las de las mujeres en vez de las de los hombres (Yarmey, 1979).

Las diferencias individuales en el testimonio en función de la edad no parecen ser tan importantes a no ser que el testigo tenga menos de diez o más de sesenta años (Blaney y Winograd, 1978; Smith y Winograd, 1978). El efecto de otras dimensiones como extraversión vs. introversión (Deffenbacher, Brown y Sturgill, 1978; Clifford y Scott, 1978); neuroticismo vs. estabilidad emocional (Zanni y Offermann, 1978); alta necesidad de aprobación (Schill, 1966); alta necesidad de afiliación (Atkinson y Walker, 1966); alta necesidad de afiliación (Atkinson y Walker, 1955); nivel intelectual (Braunshausen, 1930); incidencia de las diferentes habilidades de memoria de los sujetos (Mira, 1983); nivel de confianza en si mismo de los testigos (Christiaansen, Ochalek y Sweeney, 1984); profesión o entrenamiento como testigo (Clifford y Bull, 1978; Wells, Lindsay y Tousignant, 1980) precisan de mayor estudio e investigación para poder valorarse.

En conclusión podemos resumir los estudios empíricos y experimentales sobre el testimonio de los testigos en torno a dos ejes fundamentales: el primero de ellos se refiere a la exactitud o fiabilidad del testimonio y el segundo, que alude a la credibilidad del testigo y su testimonio (Mira, 1983). Es decir, es mediante la implicación de aspectos cognitivos y sociales como se consigue dar cuenta de la actuación de los testigos. Actuación que -como sugiere Gary Wells (1978)- puede ser afectada de acuerdo a dos tipos de variables:

(a) v. propias del sistema que se está empleando para interrogar a los testigos. Son aquellas variables que la policía o los tribunales pueden manipular para optimizar el testimonio (instrucciones, intervalo de tiempo, modo de presentación, tipo de composición, dinámica social, empleo de ruedas paralelas o no, etc...).

(b) v. a estimar, de las cuales únicamente podemos hipotetizar su efecto pero sin que podamos actuar sobre ellas, y que afectan a la ejecución de los testigos (estarían por un lado una serie de factores situacionales tales como: condiciones físicas, tipo de delito, información extraña, duración del incidente, actividad interpolada, etc... y, por otro, factores propios de los testigos como: raza, sexo, edad, personalidad, inteligencia, etc...).

Existen por tanto, en una primera aproximación tres, posibilidades de intervención para los psicólogos del testimonio: en primer lugar aconsejar -en base a la evidencia acumulada- qué tipo de interrogatorio o procedimiento de recuerdo/reconocimiento de personas es más adecuado según el caso para salvaguardar los derechos de los individuos (víctimas y sospechosos) y en qué forma deben ser llevados a cabo; en segundo lugar, desarrollar procedimientos de identificación de personas más acordes con el funcionamiento de la memoria humana; y en tercer lugar, delimitar el efecto que sobre el testimonio tendrán los factores situacionales y personales ya citados, de cara a verificar la fiabilidad/credibilidad de los testigos, teniendo siempre presente aquí, que la relación confianza/seguridad del testigo en su testimonio no es siempre positiva y es, sin lugar a dudas, el principal factor de error (Deffenbbacher, 1980).

Cabe, por último, decir que pese al enorme número de publicaciones y horas dedicadas por los autores a esta área de la psicología, aún quedan dos importantes problemas por abordar; me refiero a:

(a) la ausencia de una teoría que integre los resultados experimentales y que guíe la investigación (Yuille, 1980; Diges y Mira, 1983), y

(b) la ausencia de un paradigma estándar de investigación, que acerque la realidad de los hechos cotidianos a los estudios de laboratorio (Malpass y Devine, 1981c; Mira y Diges, 1984), eliminando así el recelo que por parte de policías y juristas hacia la investigación en psicología, y obteniendo, a la vez, una mayor "validez ecológica" que potencie la generalización de los resultados obtenidos.

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